La caída del neoliberalismo (III)

Los trabajadores no cualificados de los países desarollados se encuentran en competencia directa con los trabajadores de los países en vías de desarrollo que suelen estar, a su vez, superpoblados. En el nuevo Leviatán y en los países desarrollados, los trabajadores no cualificados son los más amenazados por la apertura de los mercados. Un trabajador no cualificado sale de ocho a diez veces más caro que otro que trabaje en un país emergente como, por ejemplo, China.

El Leviatán neoliberal de nuestros tiempos defiende que, por ideología, los mercados nacionales se deben abrir al resto de países del mundo, sin poner ningún tipo de barreras, ni de contraprestaciones. Sostiene que la intensificación de la competencia es la única manera de producir riqueza y que, a su vez, es la única que acelera el desarrollo. En los países desarrollados, su ideología implica además el rechazo del trabajo no cualificado en aquellos sectores productivos que entren en competencia internacional.

El nuevo Leviatán no se responsibiliza de los resultados que ocasiona esta actitud aunque haga muchas trampas con el dumping social. Poco le importa que los problemas sociales que se planteen sean cuantiosamente más graves y más serios. Tampoco le afectan todas las implicaciones negativas que acarrea la competencia desleal si las reglas de juego que se establecen se basan en el egoismo, el cortoplacismo y la avaricia de los seres humanos. Al contrario, cínicamente, el Leviatán impone la ley del más fuerte y las fabricaciones se trasladan a aquellos países donde el coste de la mano de obra y de las materias primas es mucho más barato, aunque para ello, en países en vías de desarrollo, tenga que contratar trabajadores sin libertad sindical y a precio de esclavos, mientras que, en las metrópolis, hayan de ser muchísimos los que queden excluidos del trabajo.

Así, la organización del trabajo consiste en excluir, sin piedad y de manera implacable, todos los eslabones de la cadena de producción que resulten más débiles y en no dejar que la cooperación se extienda a los individuos que no sean competentes. Aunque no se diga, ésta es una de las reglas más importantes del nuevo Leviatán: …a los trabajadores no cualificados hay que desterrarlos, o condenarlos al paro a perpetuidad, puesto que se han convertido en perjudiciales y contraproductivos para el país…. Ni el mismo Platón en su “República” lo hubiera dicho mejor.

Este Leviatán proclama que, en los países ricos, el empleo de los no cualificados proporciona pérdidas para las empresas y defiende que los empresarios no tengan otra opción que despedirlos. De este modo, cuando se agoten las arcas del Estado del Bienestar, llegarán a ser como una especie de parias sociales, excluidos por el mercado explotador y por la falta de iniciativas empresariales. Sin embargo, la falta de cualificación no es un concepto estático. Existe la formación continuada y permanente. Me alegro de que en muchos países se intente superar estas exclusiones por razón de la no cualificación, mejorando, a través de la formación continua, las competencias genéricas de los trabajadores de las empresas y, así, garantizar la empleabilidad.

Pero, en la profunda crisis en la que vivimos, y cuando millones de parados de los países desarrollados se apelotonan en las oficinas de desempleo a la espera de un puesto de trabajo, la cualificación que se pueda adquirir es cierto que ayuda, pero no es suficiente para conseguir un empleo. La inmensa mayoría de los puestos de trabajo que se creen vendrán a partir del emprendizaje, a partir de las nuevas empresas, de las Start-Ups que se creen. Pero, desgraciadamente, al Leviatán no le interesa para nada la economía productiva.

Por culpa de tanto apalancamiento financiero, de tanta economía piramidal —como fue  la construcción masiva de viviendas— y de tanta especulación en los mercados financieros repletos de ludópatas, vivimos en un mundo contradictorio, donde el que tiene ideas no tiene dinero y el que tiene dinero no tiene ideas, ni ganas de prestarlo. Hay países donde las buenas ideas se financian porque hay fondos de capital-riesgo que invierten en Start-Ups y, en cambio, en la mayoría de los países, los bancos saben prestar dinero sólo a quienes tienen activos inmovilizados para dejarlos como aval del préstamo.

En estos países, las ideas no tiene ningún valor para la mayoría de los bancos. Ésta es la fase terminal del Leviatán. El capital no ayuda ya a crear empresas, ni tiene la más mínima intención de salir de esta crisis porque sabe que sería su final, pues entonces tendría que apostar por una economía sostenible. El Leviatán prefiere la agonía aunque ésta sea lenta. Al fin y al cabo, a los más ricos y poderosos de este planeta, por las edades que ya tienen, sólo les queda una media de quince o veinte años de vida. Eso es lo que han durado las dos depresiones económicas que hemos conocido a lo largo de la historia. Ese mismo tiempo es el que estos viejos plutócratas esperan aguantar y luego, el que venga por detrás que arree. Eso de la solidaridad intergeneracional es sólo bueno para los cuentos.

El nuevo Leviatán será mal recordado por las próximas generaciones. Lo mismo que hoy se habla mal de la época absolutista, así será recordado. La vieja Europa, la heredera de la Sociedad del Bienestar, como siempre cobarde y timorata, es la que mejores armas debería tener para presentarle batalla. La defensa y la profundización de la democracia y la apuesta por un cambio de modelo económico en base a la sostenibilidad sería la mejor solución. Con el tiempo, se impondría la necesaria democratización de la economía y la financiación de las ideas para convertirlas en actividades empresariales de naturaleza sostenible. Todo esto llegará con el cambio de Era pero, antes de lograrlo, deberemos pagar un fuerte precio. El Leviatán morirá matando a muchos más de lo que nos pensamos, si es que antes no somos capaces de acabar con él.

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