La caída del neoliberalismo (I)

¿Quién hubiera pensado que los mitos recogidos en el Antiguo Testamento y en la Torah hebrea pudieran resurgir ahora con nuevos disfraces?. El mito del Leviatán, aquel dragón o monstruo del mar al que Yahvé sometió y que se narra en el Libro de Job, ha tenido sus diferentes expresiones en la mitología antigua y las está teniendo en la moderna.

Leviatán era también un mito de los babilonios en el que se describía la lucha mantenida entre el dios Marduk y el monstruo Tiamat. También era el dragón Illuyankas de los hititas y el sinónimo de otros monstruos fenicios, ugaritas, canaaneos, etc. Para el profeta Isaias, en su Apocalipsis, el Leviatán representa el poder pagano que en sus revelaciones nos dice que deberá quedar sometido a Dios y derrotado y abatido por el Mesías.

Este poder pagano y alejado del más puro sentimiento piadoso fue analizado en el siglo XVII por un gran pensador como lo fue Thomas Hobbes que se rebeló contra las ideas imperantes de la época donde la corrupción y los privilegios de unos cuantos se ejercían a costa del sacrificio y de las penalidades de la mayoría.

El absolutismo imperante en la época era el sistema que se había transformado en un monstruo de injusticias y de iniquidades. Se había convertido en un sistema que atentaba incluso a la dignidad de los seres humanos en un etapa importante del desarrollo de la humanidad.

Por entonces, el Leviatán se identificaba con un Estado totalitario sujeto a una gran burocracia. Para Thomas Hobbes el hombre era un lobo para otro hombre: ‘homo homini lupus’. A su juicio, el hombre, por su propia naturaleza, se mueve por la fuerza de sus deseos. Son los deseos y las ambiciones de los hombres quienes crean el Leviatán que caracteriza el Poder al que, a veces, se le llamaba Estado o República.

Hobbes sostiene que los hombres luchan entre sí porque los deseos de unos se enfrentan a los de los otros. Para él, el estado natural sería el de la guerra o el de la anarquía. Sin embargo, también sostiene los hombres tienen miedo y son egoistas. Saben que no pueden mantenerse en guerra todo el tiempo pues todos perderían. Por eso, abdican de su soberanía y se someten a alguien que les garantice la paz y el progreso, a través del contrato social que impone para ejercer su arbitraje todopoderoso.

En nuestros tiempos, hace unos años también surgió un nuevo paradigma que, poco a poco, nos ha ido descubriendo su verdadero rostro de iniquidad. Se trata del nuevo Leviatán que, esta vez, se presentó a la humanidad disfrazado de neoliberalismo. Durante más de dos décadas, nadie, ningún Estado siquiera, por poderoso que éste fuera, osó oponerse ante su poder y sus leyes. El neoliberalismo surgió con fuerza en los años de crisis prolongada que padecimos allá por los años 1980.

Surgió como la verdadera solución a nuestros males económicos y sociales de aquellos años. Consolidó la explotación del hombre en los países en vías de desarrollo. Hizo que el rico fuera más rico y el pobre cada vez más pobre. Consagró las desigualdades entre los países y en el interior de cada país.

Fue déspota y cruel pero ni tan siquiera los gobiernos de los grandes países se atrevieron a hacerle frente. Este nuevo Leviatán reinó a su placer y como quiso y extendió su poder a todo el mundo globalizado. Sin embargo, este monstruo del neoliberalismo hoy cae derrotado sufriendo la gangrena de la corrupción política y las úlceras que le deja la avaricia. Una grave  enfermedad social legitimada por  la desregularización progresiva del sistema financiero que hoy estamos pagando con creces.

Desde hace años, este nuevo Leviatán se muestra incapaz de seguir reinando en la economía de un mundo económico que se desmorona víctima del creciente consumismo que necesita para poder alimentar su propio crecimiento. El constante incremento de la población mundial, el desaforado apalancamiento de su economía y las limitaciones que le imponen unos recursos naturales escasos, donde el agotamiento progresivo del petróleo es su principal exponente, están profundizando la crisis hasta el punto de hacernos entrar en una profunda y duradera depresión económica. Desgraciadamente, el neoliberalismo es una bestia que morirá matando. (Continuará)

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