Prosperar dentro de unos límites que sean sostenibles

Si queremos salir de la crisis necesitamos realizar la transición del modelo macroeconómico actual al nuevo paradigma sostenible. Sin embargo, se trata de una tarea muy problemática y cargada de grandes dificultades. El hecho de lograr que encaje la macroeconomía con los objetivos que persigue la sostenibilidad —y que se concreta en el abandono del consumismo— es tan sólo una parte del problema, tal como lo señala Tim Jackson de la comisión británica sobre el desarrollo sostenible. Por ello, abordar la lógica social del consumismo es algo que también nos resulta de vital importancia. Pero, a su vez, esta tarea que, en principio, parece sencilla de realizar está muy lejos de ser simple. Hemos de tener muy en cuenta que la posesión de bienes materiales está profundamente arraigada dentro del tejido social que hilan nuestras vidas.

Pero realizar este cambio que conlleva la eliminación del consumismo es del todo esencial para poder efectuar la transición al nuevo modelo sostenible. Por ahora, se están ya produciendo algunas evoluciones sociales que apoyarían el que este cambio se realizara. Por ejemplo, existe un incipiente descontento con el consumismo así como una creciente preocupación por la ‘recesión social’.

Ambos fenómenos están propiciando diferentes iniciativas destinadas a mejorar los niveles de bienestar social, así como la consecución de un ‘hedonismo alternativo’ —como fuente de identidad, de creatividad y de sentido. Todas ellas son demandas que se encuentran fuera del ámbito del mercado.

Contra el aumento del consumismo ya hay quienes han aprendido a controlar el impulso de ‘salir de compras’ y prefieren ahora dedicar su tiempo libre a actividades que sean menos materialistas, como es el hecho de prestar una mayor atención a la familia y a los amigos o de ocuparse del cuidado de los demás.

A pequeña escala y a nivel mundial, contamos con más de 2.350 comunidades intencionales —intentional communities— de las cuales, más de la mitad, 1.741, son de Estados Unidos. En la Unión Europea, contamos con casi 300 comunidades intencionales cuyos ejemplos más representativos con la comunidad de Findhorn de Escocia y la comunidad de Plum Village de Francia.

Estas comunidades están explorando el arte de lo posible. Ampliar los movimientos sociales es lo que plantea el movimiento ‘transition town’. Con ello se pretende movilizar los deseos que tiene la gente de vivir de una manera más sostenible. Naturalmente, estas iniciativas nunca suelen atraer a todos. Sin embargo, sí proporcionan un terreno de aprendizaje que puede ser muy valioso ya que nos da pistas sobre el potencial de los principales cambios sociales que son necesarios efectuar.

El análisis de las fortalezas y limitaciones es también muy importante. Es necesario analizar por qué la gente puede llegar a ser más feliz —y, al mismo tiempo, vivir de manera más sostenible— si alcanza aquellos objetivos intrínsecos que les integran en la familia y la comunidad que si alcanza aquellos objetivos extrínsecos que les atan a la pantalla de televisión  y a la posición social. De acuerdo con estos hechos, la prosperidad se convierte en una posibilidad real cuando se mantiene dentro de sus límites.

Por otra parte, los que se sitúan en la vanguardia del cambio social suelen sentirse acosados por el mero hecho de querer vivir de manera sostenible en un entorno insostenible. Es el conflicto que les proporciona el hecho de tratar de vivir en un entorno hostil. Obviamente, ellos buscan un modelo de vida que se opone a las estructuras y a los valores dominantes de la sociedad. Estas estructuras representan la cultura del consumismo que envía a la sociedad todas las señales equivocadas para así poder perpetuarse.

De hecho, en nuestra sociedad, se penalizan todas aquellas opciones —que, desde un punto de vista sostenible, son las más correctas— hasta al punto de hacerlas casi inviables. Suelen ser opciones que las presiones del entorno hacen que sean casi imposibles de ser puestas en práctica. Lo son para aquellas personas que se encuentran altamente motivadas para vivir de manera sostenible. Incluso, aunque esta manera de vivir no les suponga ningún sacrificio personal, también pueden llegar a ser opciones de difícil viabilidad.

En este contexto social, todas las recomendaciones, peticiones, exhortaciones o ruegos simplistas para que la gente se resista el consumismo están destinadas al fracaso. El hecho de instar a la gente para que se aisle en sus casas, cierre el grifo de la ducha mientras se jabona, baje el termostato de la calefacción, se ponga un jersey, conduzca un poco menos, camine un poco más, se quede de vacaciones en su casa, separe las basuras por tipos, compre alimentos producidos localmente y así sucesivamente…, apenas tendrá resultados positivos si no se ponen señales de precios.

La mayoría de la gente hará caso omiso de todas estas recomendaciones por la manipulación a favor del consumismo que existe en la calle, en la medida que todos los mensajes con respecto al consumo van en la otra dirección. Es necesario crear un marco legal donde vivir de manera insostenible salga muy caro.

Por esta razón, el cambio estructural debería estar en el centro de cualquier estrategia para hacer frente a la lógica social del consumismo. Este cambio se compone de dos partes principales. La primera parte consiste en desmontar los incentivos perversos ligados a la competencia que permiten el desarrollo de un estatus que resulta tan improductivo. La segunda parte se refiere al establecimiento de nuevas estructuras fiscales —incentivos y penalizaciones— que proporcionen mayores capacidades a las personas para prosperar de una manera menos materialista y, en particular, para participar de manera significativa y creativa en la vida de la sociedad. La fiscalidad sostenible es básica.

Las ventajas que se obtendrían en términos de prosperidad pueden llegar a ser sustanciales. Una sociedad menos materialista mejorará el grado de satisfacción de vida. Una sociedad más igualitaria disminuiría la importancia de la posesión de bienes para alcanzar un mayor estatus social. Una economía de menor crecimiento económico mejorará el equilibrio familia-trabajo de las personas. La mejora de las inversiones en bienes públicos proporcionará retornos duraderos para la prosperidad de los países. En definitiva, habremos mejorado nuestro niveles de prosperidad y viviremos mejor aunque lo más probable es que no hayamos conocido ningún crecimiento económico.

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