El final de una era

Nos encontramos ante el inminente fin de la era del petróleo barato y ello tendrá sus consecuencias para la economía. Más allá de las burbujas especulativas que hemos estado y seguimos padeciendo estos últimos años, las previsiones sobre los precios de los productos básicos señalan que éstos irán en constante aumento y lo mismo pasará con la degradación de bosques, acuíferos, mares, lagos y suelos. De igual modo, se agravará tanto la miseria de un tercio de la población como el hecho de que las regiones polares se vayan deshelando y debido a ello asciendan las aguas de los mares de manera apreciable, afectando seriamente a las poblaciones costeras.

El apalancamiento de la economía tendrá que desaparecer. A su vez, aumentarán los conflictos por los recursos naturales, por el uso del suelo, por la calidad del agua, por los derechos de pesca. El reto trascendental que supone reducir las emisiones de CO2, al objeto de estabilizar las concentraciones de carbono en la atmósfera, se asumirá cuando quizá sea ya demasiado tarde y el agravamiento del calentamiento global haga irreversible un brusco cambio climático.

Pero lo que agrava aún más los problemas a los que nos enfrentamos es el hecho de que, en veinte años, la población mundial representará 8.000 millones de habitantes. Además, lo más probable es que, durante muchos años, la economía continúe estando tocada de ala, lo que hará cada vez más evidente una desesperada necesidad de renovar el modelo socioeconómico actual. Por ello, necesitamos prepararnos cuanto antes para la nueva era emergente basada en la economía sostenible. Innovar se habrá convertido en algo totalmente imprescindible para poder salir adelante.

Sin embargo, y para nuestra desgracia, muchos economistas, y la mayoría de nuestros políticos,  consideran que tan sólo estamos viviendo una crisis pasajera. Desgraciadamente, los datos hacen que sea muy evidente que la vuelta o el regreso a la normalidad de antes sea tan sólo una mera ilusión alejada de la economía real. Apostar por regresar a épocas pasadas no es ninguna opción ya que la economía del despilfarro tiene unos límites cada vez menores.

Tampoco podemos anhelar una prosperidad donde el bien vivir de unos pocos se basa en la continuada destrucción ecológica y en la persistente  injusticia social, lo que no es propio ni deseable para una sociedad que se considere civilizada.

La recuperación económica es vital para nosotros pero la de todos. También lo es el mantenimiento del mayor número de puestos de trabajo que sea posible y la creación de otros muchos que sean aptos en una economía sostenible. El trabajo es algo que es absolutamente esencial para conservar la dignidad y el bienestar de la mayoría de la gente.

Pero también tenemos una necesidad urgente de darle un renovado sentido a lo que entendemos por prosperidad, de manera que ésta sea compartida por todos. Necesitamos un compromiso con la equidad social y la prosperidad económica en un mundo finito.

El cumplimiento de estos objetivos puede parecernos una tarea un tanto insólita o, incluso, incongruente con las políticas económicas que hasta ahora se han aplicado. El papel de los gobiernos ha estado excesivamente supeditado a la consecución de objetivos materiales. De este modo,  nuestra sociedad se ha ofuscado por una visión equivocada de lo que se entiende por una libertad de consumo que no entiende de límites. El concepto de gobernanza demanda una urgente necesidad de renovación.

De cualquier modo, y a pesar de lo mal que estamos, la crisis económica actual nos presenta una gran oportunidad para iniciar el cambio hacia una economía sostenible sin que existan más alternativas. Es una ocasión única que tenemos para acabar con el cortoplacismo, con ese pensamiento estrecho y miope que tanto ha asolado a nuestra sociedad desde hace décadas. Es el momento de cambiar las políticas actuales por otras que sean capaces de hacer frente al enorme desafío que representa lograr que la prosperidad sea duradera y extensible al conjunto de la población, a nivel planetario.

Hemos de comprender que la prosperidad va más allá de lo que son los placeres materiales. Trasciende a las preocupaciones físicas. Reside en la calidad de nuestras vidas, en la salud y en la felicidad de nuestras familias. Se encuentra presente en la fortaleza de nuestras relaciones y en nuestra confianza en la comunidad humana donde vivimos. Se muestra evidente en nuestra satisfacción en el trabajo y en nuestros sentimientos llenos de significados y de propósitos compartidos. Depende de nuestras posibilidades reales de participar plenamente en la vida social.

La prosperidad que alcancemos también se deberá a nuestra capacidad de avanzar como seres humanos dentro de los límites ecológicos que nos establece el hecho de vivir en un planeta finito. El reto para nuestra sociedad no es otro que el de crear aquellas condiciones que lo harían posible. Ésta es la tarea más urgente de nuestro tiempo y,  si queremos un cambio que no sea doloroso y traumático, debemos planificar la transición desde ahora. La prospectiva estratégica es la mejor herramienta que tenemos para planificar nuestro futuro de manera anticipativa.

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2 Responses to El final de una era

  1. Don Luca dice:

    Yo también creo que estamos al final de una era. Pero no estoy seguro de que nuestros dirigentes crean lo mismo.

    Un cordial saludo a todos ustedes

  2. dochanlu dice:

    Una serie de problemas tienen alcance planetario.
    Es necesario decisiones adecuada y oportunas.
    La carta a los indecisos puede ayudar en parte, pra contrarrestar esta situación.
    Las eras se suceden unas tras otras,
    Lo del calentamiento global puede tornarse en enfriamiento global.Ver teoría del dedo.
    Es necesario que dejemos de pelearnos como perro y gato,para caminar paso a paso en pos de la Inmensidad que nos rodea.

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