Cuando los parlamentos se convierten en mercados

Los políticos se obsesionan con el hecho de que un sistema de comercio de emisiones pudiera ocasionar un aumento significativo de los precios de la energía. También temen que las subvenciones para ayudar a las energías renovables representen un coste importante para los presupuestos públicos o que ambas políticas destruyan puestos de trabajo o lleguen a frenar el crecimiento económico.

Sin embargo, poco temen a la ira de la gente cuando está se sienta traicionada al ver cómo muchas leyes que persiguen la lucha contra el cambio climático, se aprueban de manera que éstas queden supeditadas al servicio e intereses de los más poderosos y en contra del interés general.

La Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos — Congressional Budget Office — estima que una reducción del 15% de las emisiones de CO2 costaría a cada familia estadounidense un promedio de 1.600 dólares al año. Sin embargo, la clase política siempre lo negará como ahora lo hace que las escandalosas ay multimillonarias ayudas que reciben los bancos financiadas con el dinero de los contribuyentes de hoy y de mañana.

Si, verdaderamente, los políticos pretenden que se puede salvar el planeta, sin incurrir en coste alguno y encima lo dicen, corren el riesgo de que, cuando la gente se dé cuenta de que están mintiendo descaradamente, ésta reaccione en contra y se le eche encima.

Afortunadamente, algo hay de que alegrarse pues parece que la apuesta por una economía sostenible cada está más de moda. En Efecto, sobre el papel todos los Estados y todas las grandes empresas quieren jactarse de que realizan esfuerzos para evitar el cambio climático, aunque estos esfuerzos representen muy poco. Lo importante es aparentar como si se hace.

Al mismo tiempo, muchas iniciativas que se toman para combatir el calentamiento global y que representan grandes inversiones permanecen en grado de espera porque nadie sabe con qué tipo de incentivos y ayudas llegarán a contar y, sobre todo, ignoran cuando podrán recibir los incentivos que el gobierno de turno ha prometido poner en marcha.

En Estados Unidos, este año, el paquete de medidas aprobado para estimular la economía comprende 65.000 millones de dólares que se han destinado a subsidios y desgravaciones fiscales a la industria de la energía, siendo la mayoría de los proyectos aquellos que van relacionados con las energías sostenibles.

Sin embargo, las grandes reformas están aún por venir. La primera y más importante reforma es el comercio de emisiones de CO2. El presupuesto que Barack Obama presentó al Congreso de Estados Unidos, en febrero pasado, se da por supuesto que impulsará un sistema de ayudas que estará listo y funcionando en 2012. Los permisos negociables para emitir una determinada cantidad de CO2 se subastarán al mejor postor.

En principio se dijo que el presupuesto aumentará en 80.000 millones de dólares al año gracias al comercio de emisiones. Del total de estos 80.000 millones de dólares, 15.000 millones de dólares irían destinados a subvencionar las energías renovables, y el resto a pagar un crédito fiscal para todos los ciudadanos excepto para ese 5% que representan a los estadounidenses más ricos.

Pero muchos opinan que con ello aumentarán los precios de las energía. Pero para aquellos ciudadanos que viven en los Estados donde bien se extraen o bien se queman grandes cantidades de carbón en las centrales térmicas lo más probable es que sus ingresos no aumenten.

¿Quién se quedará entonces con el dinero de las eventuales subidas del precio de la energía? Cómo siempre se beneficiarán las compañías energéticas y los integrantes al ‘lobby’. Pero, por si acaso, la consigna es descafeinar los que ha prometido Obama a los ciudadanos.

Aquí es donde comienzan los verdaderos problemas. El plan de Obama debe pasar por el Congreso, que está haciendo todo lo posible para que este plan sea turbio y confuso a la vez, mucho más complejo y, sobre todo, menos eficaz. Tanto Estados como empresas reclaman vacíos legales o subvenciones a fondo perdido.

El 15 de mayo pasado, Henry Waxman, un demócrata que dirige la Comisión de Energía de la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos se cargó un proyecto de ley de 932 páginas que trataba sobre el comercio de emisiones —‘cap and trade’— permitiendo que se suavizaran los niveles de exigencia y con ello, que disminuyeran los objetivos en cuanto a emisiones de CO2 se refiere.

La Comisión de Energía también consiguió que se regalaran el 85% de los permisos de emisión de CO2 —para que las empresas siguieran contaminado gratis— y de modo que tan sólo un 15% es lo que debería llegar ser subastado.

Los delegados demócratas de la Cámara de Representantes dicen que este descafeinado proyecto de ley es el mejor compromiso posible. Los ecologistas opinan que el proyecto de ley contribuye en muy poco a la reducción de emisiones de CO2. Los halcones fiscales que se están encargando de desgastar y desordenar el presupuesto original que presentara en su día el presidente Obama, se frotan las manos de lo bien que están estropeando el proyecto original que quedara como un bodrio.

Así, debido a tanta interferencia introducida en la redacción final del proyecto de ley se espera que quede tan desnaturalizado que incluso llegue a producir consecuencias imprevistas en su aplicación. Así fue como ocurrió en un caso parecido con las subvenciones a los biocombustibles que, en su estricta aplicación, subvencionaron hasta el uso de un abono que desprendía óxido nitroso —también conocido como gas de la risa (N2O) que es un gas incoloro con un olor dulce, ligeramente tóxico y que tiene propiedades narcóticas.

Nadie sabe qué ocurrirá con este proyecto de ley sobre el comercio de emisiones a su paso por el Senado. Pero todo tiene los visos que lo que salga será un esperpento de lo que se presentó inicialmente en la Cámara de Representantes. Mientras tanto, y mostrando grandes dosis de cinismo, la mayoría de las empresas consideran que prefieren esta ley salga como salga, que una rígida y acerada normativa que regule las emisiones de gases de efecto invernadero y que su control dependa de la Agencia de Protección Ambiental. El Parlamento no está ya con el pueblo sino con los lobbies. Se ha convertido en un mercado donde se negocien intereses creados. El interés general, aquel que predicara en su día Jean-Jacques Rousseau, ha muerto.

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3 Responses to Cuando los parlamentos se convierten en mercados

  1. Sirenita dice:

    Deberíamos centrar nuestros esfuerzos en los problemas que plantea la aplicación de las leyes y el desarrollo de estrategias y tácticas de éxito para inhibir e investigar la corrupción oficial. Ya que su alcance ha crecido tan rápidamente deberíamos reunir a todo el espectro de partes interesadas en el esfuerzo por combatir la corrupción y el fraude en todo el mundo.

    Sl2 🙂

  2. Snk dice:

    Pierdes el tiempo Juanjo. La mayoría de los parlamentarios tienen un precio. Los que se corrompen son los típicos imbéciles y cretinos con corbata que todos conocemos. Lo fueron los de ayer, los de hoy y los de mañana. Está en la condición humana ser imbécil. Es imposible hacer cambiar a un imbécil que es lo que parece que pretendes…

    • Manuvi dice:

      Lamentablemente aunque la cultura de estos personajes (paralamentarios, cretinos con corbata) nunca cambiará, pero alguien o tenemos que poner un stop a esta realidad… ¿formemos una organización internacional, cuantos se apuntan?

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