La corrupción, los jóvenes y la tragedia griega

A finales del mes de octubre de este mismo año, 2008, se celebraba en Atenas, Grecia, uno de los países considerados más corruptos de la UE, la Conferencia Mundial Contra la Corrupción (IACC), que atribuye a la elevada ‘corrupción’ y a la falta de ‘moralidad y ética’ que imperan en los medios político-económico-financieros el desencadenamiento de la crisis que, actualmente, padecemos.

Recuerdo que, por aquel entonces, Barry O’Keefe, presidente del Consejo de la IACC, declaraba que todas las partes involucradas en el problema lo sabían y que los altos índices de corrupción con que se acostumbraban a manejar los negocios, en realidad, tarde o temprano, serían como una bomba de relojería, que estallaría con el tiempo, afectando a todos los países del mundo y poniendo en grave riesgo la continuidad de todo el sistema económico-financiero mundial. Una vez más, la codicia se había apoderado de las almas de los dirigentes que, en su locura, habían ayudado a que todo se redujera a una quiebra universal. La respuesta violenta de los jóvenes griegos tampoco tardaría en producirse.

Tan sólo, un mes y unos días más tarde, precisamente en Atenas, en el juvenil ambiente griego, repleto de falta de ilusión y de esperanza y que también caracteriza la vida cotidiana de la mayoría de los jóvenes de muchos países europeos, estalló la chispa. Fue el grito de los jóvenes condenados a ser mileuristas de por vida, a carecer de una vivienda para vivir y, por tanto, a renunciar a crear una familia y/o a su propia vida independiente. Fue la rebelión de aquellos que, para ocultar su humillante situación de pobreza crónica, han de seguir viviendo dependiendo de sus padres. Pero la chispa que desencadenó tantas oleadas de violencia fueron fuegos alimentados por los soplos de la corrupción política, responsable de tantas frustraciones sociales, al supeditar el gobierno a los codiciosos deseos de los rentistas del sistema.

Así es como lo relataba el pasado domingo, Maria Paz López. enviada especial de la Vanguardia, cuando comentaba que ‘en el rincón del barrio ateniense de Exarchia donde hace una semana cayó muerto un adolescente por disparos de la policía se levanta ahora un pequeño altar laico, sembrado de flores, peluches y notitas garabateadas por jóvenes estudiantes compungidos. Su pesadumbre trasciende la muerte de Alexandros Grigoropulos, el infortunado muchacho fallecido, para encarnar la angustia de la juventud de este país, consciente de su porvenir incierto’.

Las manifestaciones y disturbios que hemos conocido durante esta última semana quieren expresar también el descontento de muchísimos jóvenes griegos por la política económica y social que ha ido llevando a cabo el, tantas veces acusado de corrupto, gobierno de Kostas Karamanlis. Las pedradas, rotura de escaparates, lanzamiento de cócteles molotov y quema de vehículos en Atenas, Salónica, Ioanina y Patras y otras ciudades griegas no pueden ser atribuidos, sin más, a las actuaciones propias de los movimientos pseudo-anarquistas antisistema. Existe un caldo de cultivo que motiva la radicalización y la frustración de los estudiantes, tanto universitarios como de secundaria.

Se trata de una juventud que tiene grandes problemas para encontrar trabajo y que, cuando lo encuentra, sabe que éste será un trabajo en precario y, además, muy mal retribuido. En Grecia, el desempleo juvenil tiene una tasa del 22,7%; y la inversión en educación está a la cola de Europa, 3,98% del PIB. Además, los jóvenes licenciados que trabajan forman la llamada generación de los 700 euros, el sueldo medio que cobran y con el que, en la Grecia actual, es imposible que un joven se independice de los padres.

La conocida ‘Generación 700’ griega — estudiantes o jóvenes de la generación que cobran sueldos de 700 euros, casi de por vida, y que en otros países se denominan milieuristas— es un caso digno de estudio. Hace unos seis meses, se intentó prohibir el documental ‘Generación 700’ de la serie ‘Reportage xoris synora’reportaje sin fronteras— de la televisión pública griega. Aquel reportaje fue también una cruda denuncia de la injusta e insolidaria situación que padecen los jóvenes griegos.

Un joven griego, si es que ha logrado obtener un título universitario, tiene más posibilidades de estar en paro que otro que no haya estudiado ninguna carrera universitaria. La universidad se ha convertido en una fábrica de parados. La tasa de desempleo es superior al 18% para aquellos jóvenes que son licenciados y tan sólo el 15% para aquellos jóvenes que no tiene estudios universitarios.

Por otra parte, el coste de la vida ha crecido enormemente abriendo más la brecha no sólo entre ricos y pobres sino también entre ricos y la clase media. Según la asociación de consumo Kepka, actualmente, el coste de la vida en Atenas es el más alto de Europa.

Las empresas públicas que se privatizaron en  años anteriores, siguiendo los impulsos neoliberales, en realidad han dado origen a fuertes oligopolios privados que controlan todo su mercado y que persiguen la maximización del beneficio a costa de todo. Los precios y tarifas suben escandalosamente —al mismo ritmo que los niveles de corrupción— al tiempo que se pagan sueldos miseria, de unos 700 euros al mes.

Los jóvenes griegos viven un situación angustiosa y desesperación como personas. Son víctimas de la avaricia más extrema del sistema y de la corrupción de su gobierno que no les deja realizarse. Asfixiados por los bajos sueldos que se les ofrece, asfixiados por los altos precios de las viviendas, se ven obligados a permanecer viviendo en el domicilio de sus padres para no tener que vivir en la pobreza. Saben que no tiene ningún futuro y, por si fuera poco, conocen que este mundo que heredan cada vez se encuentra más deteriorado, debido a un pésima utilización de los recursos que beneficia tan sólo a los oligarcas rentistas del sistema.

Lo que está aconteciendo en Grecia, no es más que el comienzo de una gran contestación social que, de manera larvada, se ha ido fabricando a lo largo de los años en muchos países de Occidente. Corrupción, codicia y falta de ética han sido los valores viciosos sobre los que se han asentado nuestros sistemas democráticos, poniéndolos al borde de la quiebra social, económica y ambiental. Según la OCDE, Italia, España y Grecia tienen un modelo bastante parecido de explotación e insolidaridad con los más jóvenes.

Sus economías trabajan con los mismos perversos incentivos como para que los jóvenes no puedan aspirar a ningún futuro, al tiempo que complican la viabilidad de sus propias familias. En estas condiciones, pensar que no iba a haber contestaciones sociales, más o menos violentas, por parte de la sociedad más joven, y con el apoyo del conjunto de la sociedad, es de estúpidos.

Además, en Grecia, existe una gran desconfianza hacía los políticos. Se considera que los políticos son una pandilla de ladrones y ello puede resultar muy crítico —cuando no, pernicioso— para una democracia. Incluso, la idea de desobediencia civil, está bien vista. Los griegos nunca sintieron que los gobiernos o que la administración pública, en su conjunto, estuvieran al servicio de los ciudadanos. Son las empresas oligopolistas las rentistas del sistema. Estas empresas son las que mandan sobre los gobiernos y, para ello, los corrompen.

En general, los griegos piensan que sus gobernantes les roban, que la corrupción es inmensa, que el dinero de los impuestos se malgasta y que no se emplea correctamente. También piensan que los políticos son un puñado de gangsters que gobiernan Grecia de modo perverso y cicatero. Es innegable que el hecho de que los ciudadanos piensen eso de sus dirigentes es muy peligroso para el futuro de la democracia griega.

Pero, lo ocurrido en Grecia, podría no ser más que el comienzo de algo que también se espera que ocurra en otros países del sur del Mediterráneo y del resto de Europa como Irlanda y Reino Unido. Los griegos han sido los primeros en estallar pero todo podría extenderse a otros países. El polvorín juvenil podrá ser distinto según cada país pero sus raíces son muy parecidas. A nivel de España, la tasa de desempleo es similar a la de Grecia, el 21,5% —frente al 5,5% de Holanda— y la inversión en educación es tan sólo el 4,23% del PIB —frente a 8,28% de Dinamarca. En Italia, la tasa de desempleo es también parecida a la de España y Grecia, el 20,8%, y la inversión en educación es también baja, el 4,43% del PIB.

Cada vez más, cada día que pasa —y así seguirá siéndolo si no se cambian las prioridades en la dedicación de presupuestos— el futuro de los jóvenes de los países del sur del Mediterráneo va a ser más sombrío. Pero ello no será gratuito para nadie ya que la crisis y la corrupción imperante están desencadenando entre los jóvenes unos fuertes sentimientos de rebeldía. No es difícil vaticinar que tampoco los jóvenes de España e Italia se resignarán a sufrir su negro destino sin expresar su rabia y su frustración contenidas de alguna manera, violencia incluida.

La codicia enfermiza de los rentistas del sistema —en especial la banca y cajas de ahorro y el sector inmobiliario y las empresas de servicios público o ‘utilities’— y la corrupción política han contribuido enormemente el expolio al que están siendo sometidas las clases bajas e, incluso, las clases medias. La explotación de los jóvenes es una componente más. Esta situación de expolio está creando una situación que, con la llegada del rigor de la crisis económico-financiera, ya no puede aguantar callada. Es como un grito de dolor que pretende liberar tanta impotencia contenida.

Son un clamor de gritos, lanzados al unísono, que no sólo proceden de las gargantas de los jóvenes. Son también los gritos de sus familias —abuelos, padres y hermanos—  y amigos que, durante años, han observado con dolor la falta de futuro que se cernía sobre ellos, humillados a seguir viviendo un futuro incierto y sin esperanza. Esperando inútilmente, día tras día, un rayo de esperanza o una racha de suerte que, estando así las cosas, cada vez son más conscientes de que nunca les llegará. Todo va bien hasta que, en su desesperación, ya no aguantan  más. Este modelo socioeconómico que heredan no sólo es insostenible, también es inaguantable.

 


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