Sin energía sostenible no hay solución económica que valga

Cuanto más recapacitamos sobre la grave situación económica que estamos viviendo, más conscientes somos de que lo que se nos cuenta por capítulos, cada vez tiene menos que ver con lo que, en realidad, está sucediendo. A partir de entonces, nuestra permanente duda será debida al hecho de no ser apenas capaces de discernir entre los dirigentes que mienten más que hablan, y están pringados de corruptelas hasta las cejas, y los que no tienen ni pajolera idea de lo que verdaderamente está ocurriendo pero, para nuestra desgracia, no sólo hablan sino que también actúan, como ciegos topos, intentando dar con la piedra filosofal que sirva para hacernos salir del agujero negro de la recesión económica, sin éxito alguno y malgastando tiempo y dinero que no nos sobran. Con todo, algo ya hemos aprendido: la energía sostenible es la clave para salir de la crisis.

Como ambos tipos de dirigentes coinciden en que, en la práctica, no saben y/o no quieren saber que es lo que pasa y, además, están mal asesorados, tampoco son conscientes —ni les interesa serlo— de que nunca podrán encontrar la solución, mientras sigan pretendiendo hacer más de lo mismo. Así se explica que impulsen, con el dinero de todos, una serie de inmaduras improvisaciones convertidas en planes de rescate de lo más absurdo y avaricioso del sistema. Así se explica que contribuyan al despilfarro de miles de millones de euros ya que con sus acciones hipotecan, cuando no arruinan, nuestras posibilidades de salir airosos de la actual crisis económica.

En este sentido, cuando estamos viviendo un periodo grave e intenso de crisis financiera y económica singular, con notables incertidumbres respeto a su evolución futura. Ahora que los precios del crudo de petróleo han disminuido tanto —se han reducido en dos tercios con respecto a los precios de julio de 2008— debido a la caída de la demanda y al hecho de que la economía retrocede más y más e, incluso, se teme que esté quebrada, debido al agujero que han dejado los derivados financieros —se habla de más de 400 billones de dólares. Ahora es, precisamente, cuando cobran mayor fuerza las palabras de John Kenneth Galbraith, cuando afirmaba que los economistas se dividían entre los que no tenían ni idea y los que todavía no habían llegado a saber que no tenían ni idea.

En este contexto —y en la medida de que no se tiene ni idea sobre lo que pasa y de que ‘en el país de los ciegos, el tuerto es rey’— el control de la energía se ha convertido en uno de los principales factores estratégicos para el control del futuro. Naturalmente, a medida de que se es menos dependiente de las importaciones de energía, se adquiere una mayor fortaleza para salir airoso de la grave prueba que nos plantea la salida a la crisis.

Actualmente, y debido a los ajustes de la crisis económico-financiera, además de sufrir una importante pérdida de riqueza y de puestos de trabajo, se está produciendo una fuerte disminución del precio del crudo de petróleo, principalmente, como consecuencia de una reducción de la demanda energética mundial debido a la extensa recesión económica que estamos padeciendo muchos países desarrollados, a nivel mundial. En estas circunstancias, hace falta destacar también el hecho de que la situación socioeconómica actual se caracteriza, cada vez más, tanto por sus niveles de incertidumbre como por su posible extrema gravedad para muchos países, sectores económicos y, sobre todo, para la población menos rica, en general. De cualquier modo, sabemos que la clave de la solución a la crisis generalizada actual pasa por nuestra apuesta sincera por la economía sostenible.

Sin embargo, son tantos los factores que condicionan nuestro futuro sostenible que no resulta trivial, ni fácil, ni inmediato representar un escenario final para el desenlace de este periodo de recesión económica, sobre el que, incluso, los diferentes gobiernos amenazan con que lo peor está todavía por venir. Así pues, teniendo presente que se desconocen las consecuencias que una situación de crisis económica financiera como la actual puede traer asociadas, a medio y largo plazo, debido a ese necio empeño en seguir haciendo más de lo mismo, protegiendo a los rentistas del sistema como son, entre otros, los funcionarios y asimilados, los bancos y cajas de ahorros, las empresas energéticas y las empresas caracterizadas por su gran consumo energético.

Desde otro punto de vista complementario, y realizando un análisis etimológico del vocablo ‘energía’, encontramos que energía proviene del griego ‘energuéo’, que quiere decir ‘actuar’ y, a su vez, éste último proviene de ‘ergon’, que significa ‘trabajo’. La energía es el trabajo en oposición al reposo; la actividad en oposición a la inactividad y a la pasividad, Su semántica se refiere, por tanto, a la capacidad de realizar trabajo. Es decir, la energía es aquello que actúa y produce trabajo.

Igualmente, la energía es el motor que mueve al universo. Según el físico Max Planck, la materia no existe, todo es energía. Y, de acuerdo con lo expresado por Albert Einstein, la materia es la energía condensada. Por otra parte, más allá de consideraciones científicas, la energía es el motor de nuestro mundo. Gracias a la energía se mueven nuestros cuerpos, se calientan nuestras casas, funcionan nuestros electrodomésticos, se iluminan nuestras calles, se alimentan las máquinas que hacen que funcionen nuestras empresas, se impulsan nuestros vehículos y, en definitiva, gracias a la energía es como logramos que funcione cualquier actividad que se lleve a cabo en nuestro entorno.

La energía puede considerarse también como el motor que mueve las actividades económicas ya que contribuye a generar riqueza por encima de nuestras posibilidades como seres humanos. Así, cada litro de petróleo que consumimos equivale a 140 horas-hombre de trabajo. Para todo historiador —bien se refiera a la economía, a la tecnología, a las guerras, a las infraestructuras y equipamientos, al arte, a la civilización misma, etc.— la evolución y el progreso del hombre han estado siempre ligados al consumo de energía.

A más progreso, se demandaba más producción y mayor consumo de energía, tanto a nivel general como a nivel personal. Este hecho ha caracterizado el signo de la historia. Al principio, los primeros seres humanos apenas consumían energía más que para completar su dieta alimenticia. Sin embargo, con el paso del tiempo y según van aumentando sus necesidades, el trabajo se va dividiendo hasta el punto que comienza a necesitar, de manera creciente, otras formas de energía. Inicialmente, consigue la energía bajo la forma del fuego —para calefacción, iluminación, cocción, forjado de metales, etc.— y luego como tracción, utilizando la tracción animal. Sin embargo, todo cambiaría radicalmente con la invención de la máquina de vapor y, sobre todo, con la invención de los motores térmicos de gasolina y de gasóleo y, posteriormente, del motor eléctrico.

La disponibilidad de energía barata, durante casi 150 años —y en especial, gracias a los hidrocarburos fósiles— nos ha permitido alcanzar estos prodigiosos y elevados niveles de riqueza y de calidad de vida. Sin embargo, el tiempo del petróleo fácil ha pasado. En realidad, nos encontramos ante el fin de una era caracterizada por el petróleo fácil y barato. Así, durante los últimos años, antes de que estallasen las burbujas inmobiliaria y financiera y se iniciase la crisis económico-financiera que ha dado origen a la actual recesión económica, comprendimos que, poco a poco, los albores del siglo XXI nos iban haciendo despertar de un sueño que todos nosotros habíamos disfrutado y que pensábamos que sería para siempre.

Pensábamos que contábamos con un recurso ilimitado y barato como era la energía. También creíamos que nuestro planeta sería capaz de suministrarnos todos los recursos que necesitáramos a lo largo de los siglos y que los ecosistemas que sustentan la vida en la Tierra, a pesar de los residuos, vertidos y emisiones contaminantes debidas a nuestras actividades, eran capaces de auto-regenerarse por sí solos. El hombre era el centro de la creación y la naturaleza y todo lo que representa estaban a nuestro entero servicio para satisfacer nuestras necesidades de progreso y de bienestar.

Pero no sólo fue un sueño nuestro, también lo fue para nuestros padres y nuestros abuelos. El grave problema que tenemos nosotros ahora es qué hacer cuando sabemos que ése ya no será un sueño para nuestros hijos y quizás se convierta en una pesadilla para nuestros nietos si no reaccionamos a tiempo y realizamos la transición hacia un nuevo modelo socioeconómico soportado por un nuevo mix energético basado fundamentalmente en las energías renovables.

Sin embargo, las empresas rentistas del sistemas son las grandes enemigas y tiene una gran capacidad de influencia en las esferas de poder. Es por ello, por lo que surgen dudas sobre el hecho de que algo que es posible y deseable, en realidad, llegue a realizarse, a tiempo, evitando de ese modo tener que sufrir el futuro como acostumbramos.

La situación económica actual, el verdadero alcance que llegará a tener la crisis económico-financiera actual, su verdadera magnitud, sus implicaciones y consecuencias, etc., es algo que vamos descubriendo poco a poco, pero que estamos muy lejos de saber a ciencia cierta, porque las cosas se están haciendo mal,  al no nacionalizar la banca especulativa, una vez que ésta haya quebrado. En consecuencia, el futuro cada vez se nos presenta más incierto para nosotros. Todo ello resulta clave para poder ubicar, dentro del contexto pertinente oportuno, las opciones estratégicas y acciones básicas a impulsar en el marco de una política energética responsable. Hegemonía de las energías renovables, generación eléctrica distribuida, redes inteligentes o ‘smart grids’ y electrificación del transporte son aspectos que condicionan nuestro futuro sostenible y al que se oponen los rentistas del sistema que desean mantener sus privilegios a costa de nosotros.

La lógica de las empresas eléctricas, además de ser cortoplacista, busca la maximización de beneficios frente a la lógica de los poderes públicos que busca o debería buscar la preparación del futuro sostenible, la eliminación de gastos de importación de energía y la optimización del uso de las energías renovables y el ahorro y la eficiencia energética. Se impone por tanto la nacionalización de las redes y líneas de transporte y distribución de todo tipo de energía. Se impone, por tanto, la nacionalización o recuperación de un servicio público de manos privadas. En caso contrario, dudo mucho que logremos eliminar las importaciones de petróleo. La generación eléctrica distribuida, redes inteligentes o ‘smart grids’ y electrificación del transporte, no serán más que innovaciones imposibles de introducir, por culpa del sometimiento corrupto  de los poderes públicos a los intereses creados y opacos de los oligopolios energéticos, condicionando así nuestro futuro sostenible.

Desgraciadamente, los posibles escenarios de desarrollo de las políticas económicas, financieras y sociales, tanto a escala global como local, son muy abiertos y variados y dependen de innumerables factores, de diferente índole. Destacaré tres de estos factores. Son aquello que considero los más básicos e importantes. La elaboración de un proyecto de futuro sostenible, la voluntad política por alcanzar dicho futuro sostenible y la eliminación de obstáculos estructurales que utilicen los rentistas del sistema para frenar nuestro progreso hacia la economía sostenible. Si se cuenta con el desarrollo positivo de esos tres factores es cuando podremos hablar, justificar y valorar la adopción de acciones y estrategias que nos permitan la consecución de los objetivos de toda política energética diseñada, en clave de sostenibilidad.


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