El disparate avaricioso del sistema financiero

La crisis económica actual, es una consecuencia más de la crisis financiera que padecemos y que considero que es imposible de curar, debido al colosal agujero que se estima que representa —se habla de 450 billones de dólares; algo así como unas seis veces el PIB mundial. Esta crisis está ya afectando a la economía real. Sin tener ninguna culpa, millones de empresas y ciudadanos de todo el mundo han comenzado a padecer sus graves efectos, mientras la crisis amenaza con destruir gran número de empleos, de bienestar y de riqueza. Esta crisis se ha convertido en el principal problema de los muchos que contiene la agenda de los diferentes gobiernos de los países del mundo.

En los últimos meses, hemos visto como los principales bancos de inversión y algunas instituciones financieras han sido absorbidos por otras instituciones financieras. La mayoría de ellas, para sobrevivir, han de recibir ayudas o rescates por parte de los gobiernos y bancos centrales, y, en caso contrario, se van a la quiebra. El dilema que ahora se nos plantea es el hecho de que, para salvar a la economía real, tenemos que dejar que se hunda la economía financiera especulativa y dotarnos, así, de un sistema financiero renovado y sano, sin desviaciones ludópatas, codiciosas y enfermizas. ¿Los gobiernos estarán por la labor o lo impedirá la corrupción imperante?.

Hasta ahora, todas las ayudas destinadas al sector financiero, por parte de los gobiernos y bancos centrales, han sido, o han pretendido ser, para salvar a la economía real. Sin embargo, mucho me temo que sólo estemos ayudando a los bancos culpables de todo este desaguisado. Unos bancos en los que, todavía, percibo que sólo les preocupa maximizar beneficios de dos dígitos, a pesar de la crisis en la que nos han metido por su despreciable avaricia. En nuestro caso, la prueba palpable de ello es que las ayudas que reciben bancos y cajas de ahorro siguen sin trasladarse a la mejora de las vías crediticias que demanda la economía real.

Muy al contrario, estas ayudas están siendo utilizadas para sostener, absurdamente, los activos inmobiliarios para mejorar sus balances y, así, mantener, artificialmente, altos dividendos para los accionistas. Para ello también han de mantener los precios de las viviendas pues la banca y las cajas de ahorro han convertido las deudas de los constructores y promotores en activos inmobiliarios. Lo han hecho al objeto de mejorar los dividendos para sus accionistas y, al mismo tiempo, obtener balances positivos, a partir de balances tóxicos contaminados por el ladrillo y la morosidad. De esta manera, es cómo con el dinero público muchos políticos colaboran en que se impida que los precios de las viviendas adquieran unos valores de compra asequibles por aquella gente que los necesita para vivir.

A su vez, las cajas de ahorro, que apenas pagan el impuesto de sociedades, ya amenazan con rebajar al mínimo los gastos en obras sociales. Mi opinión es que a esos bancos y cajas de ahorro se les deberían cortar todas las ayudas públicas y dejarlos quebrar, salvando tan sólo los depósitos. Cuando se escribe el futuro en clave de sostenibilidad, no podemos pretender apoyarnos —y muchos menos confiar— en instituciones financieras que sean codiciosas.

Sin embargo, lo peor está por venir y será más grave en la medida que no dejemos que se hundan todos los bancos y cajas de ahorro contaminados por la economía financiera y especulativa. Son un lastre envenenado que la nueva era emergente no necesita y nosotros, ahora, tampoco podemos soportar porque nos hundiríamos y no podríamos salir del fango de la crisis. En nuestro caso, es más urgente por cuanto al sostener artificialmente los precios de las viviendas están estrangulando el mercado del crédito que necesita la economía real para poder funcionar y no caer asfixiada.

La crisis financiera de 2008 está siendo algo así como la tormenta perfecta que se ha ido gestando durante años y, finalmente, ha llegado a su punto de colapsamiento, afectando seriamente al resto de la economía real. El modelo neoliberal del capitalismo —hasta hace pocos años, boyante y, aparentemente, exitoso— ya no da más de sí. Se impone, por tanto, un nuevo orden mundial.

La reciente inestabilidad de los mercados fue causada por muchos factores. Entre ellos, destacaré que el principal factor fue debido a la capacidad ficticia de crear nuevas líneas de crédito, impulsando apalancamientos hasta valores del todo irresponsables. Todo iba bien hasta que el truco de la ‘pirámide’ ya no dio más de sí. De este modo, se secó el flujo de dinero y los nuevos crecimientos económicos se hicieron más lentos, así como la compra-venta de activos. Los daños colaterales, rápidamente, empezaron a afectar a los particulares, a las empresas, a los bancos y cajas de ahorro y  a las instituciones financieras más duras.

De este modo, muchas instituciones financieras se quedaron soportando hipotecas de bienes que habían perdido, precipitadamente, su valor y que pertenecían a clientes morosos que no contaban con la cantidad de dinero necesario como para pagar los préstamos, a promotores que no pudieron venderlos o a constructores que iniciaron las obras pero no pudieron culminarlas por falta de dinero. Estos hechos también contribuyeron poderosamente a que se secaran sus reservas de dineros en efectivo, lo que obligó a que las entidades financieras tuvieran que restringir el crédito. Su capacidad para conceder nuevos préstamos se redujo a la mínima expresión.

Hubo otros factores que también influyeron y que incluyen a los famosos créditos baratos. En un momento dado, coincidiendo con la abundancia de liquidez de dinero y con una creciente y desorbitada oferta de viviendas sin vender, los bancos se alarmaron y con su reacción hicieron posible que surgieran créditos hipotecarios, de acceso demasiado fácil, para aquellas personas que querían comprar una casa o realizar una serie de inversiones de carácter puramente especulativo, sin que mostraran ningún tipo sólido de respaldo económico que avalara dichos prestamos más que el valor de la vivienda.

De este modo, el crédito barato se convertía en una fuente adicional de dinero dentro del sistema y, además, se facilitaba que la gente que quería gastar ese dinero lo hiciera. Lamentablemente, muchas personas se antojaron en querer comprar la misma cosa, lo que también provocó un aumento de la demanda, causando a su vez, un aumento de la inflación.

Las empresas privadas apalancaron miles de millones de dólares de deuda para comprar otras empresas y crear cientos de miles de millones de dólares o de euros de riqueza aparente, mediante intercambio de papeles, pero sin crear nada de valor. En los últimos meses, la especulación sobre los precios de las materias primas y unas tasas más altas de desempleo contribuyeron, aún más, al aumento de la inflación.

¿Por qué todo salió tan mal? La respuesta es evidente. La codicia humana ha sido la principal causa, sin ninguna duda. Como sabemos, la economía americana y, en menor medida, la europea se basan en el crédito. El crédito es una gran herramienta financiera cuando se usa con prudencia pero, en caso contrario, puede llegar a destruir cualquier economía. Por ejemplo, el crédito se puede utilizar para iniciar o ampliar un negocio, lo que puede crear puestos de trabajo. También puede ser utilizado para aquellas compras que requieren grandes desembolsos de dinero como ocurre con la compra de una casa o de un coche.

Es así, utilizando el crédito con moderación,  como se crean más puestos de trabajo y se satisfacen las necesidades de la población. Pero, desgraciadamente, en la última década, la avaricia del sector financiero especulativo —con la manifiesta complicidad de las instituciones políticas, instituciones de control como los bancos centrales, agencias de cotización o de ‘rating’, aseguradoras, bancos y cajas de ahorro— se hizo dueña de la economía y se cometieron grandes abusos con los créditos ocasionando que el sistema se saliera de madre y los gobiernos perdieran el control como ahora está pasando.

Los agentes hipotecarios —en nuestro caso, bancos y cajas de ahorro— que actúan sólo como intermediarios entre el vendedor y el comprador de la vivienda, determinaban a quienes adjudicar los préstamos y, a continuación, pasaban la responsabilidad de esos préstamos a otros en forma de activos que respaldaban dichas hipotecas —naturalmente, después de quedarse con una comisión por haber sido ellos los agentes hipotecarios que propiciaron los préstamos.

Con el tiempo, las hipotecas de fácil concesión y de alto riesgo se convirtieron en moneda común y los agentes hipotecarios que aprobaban estos préstamos se eximían de su responsabilidad, preparando paquetes de hipotecas que se revendían como si fueran “inversiones” , paquetes de hipotecas —llamados paquetes tóxicos— que estaban mezclados con abundantes hipotecas de difícil, por no decir imposible, cobro.

Miles de personas que adquirieron préstamos mayores de los que, en circunstancias normales, hubieran podido permitirse, con la esperanza de vender algún día la casa y así lucrarse con ello, o de refinanciar más tarde la compra de la vivienda con créditos más baratos de manera que le sirvieran luego como palanca para la compra de otra nueva casa como “inversión”.

Fueron tiempos en los que, a cuenta del negocio del ladrillo, una gran cantidad de personas se enriquecieron rápidamente y, durante mucho tiempo, no tuvieron otra obsesión enfermiza que la de querer enriquecerse más y más. Todo lo que necesitaba era comprar una casa al inicio de su construcción y, si era posible, cuando tan sólo existían los planos. Los bancos y los promotores eran socios en el negocio del ladrillo y estaban interesados en construir y vender cuantas más viviendas y, en menos tiempo, mejor. Bastaba con que a uno le creyeran que podría pagar la hipoteca como para concederle el préstamo para una vivienda que, incluso, podía estar tasada muy por encima de su precio de mercado. Muy pronto, empezaríamos a pagar sus consecuencias. Algunas de carácter irreversible. (continuará)


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3 Responses to El disparate avaricioso del sistema financiero

  1. Alejo Ziordia dice:

    Es un artículo muy fuerte. Como debe ser. Verídico hasta el tuétano Felicidades!

    Saludos cordiales

  2. Sirenita dice:

    Me ha gustado, Si. Ya tengo mas motivos para odiar a unos cuantos,

    Sl2 🙂

  3. Gonzalo dice:

    El análisis es lúcido y preciso. ¿Cual sería la solución? No existe todavía una contestación intelectual, ni ideológica, ni tan siquiera artística a este debacle de nuestra cultura occidental y su desarrollo tecnológico.
    Un saludo
    Gonzalo

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