El resurgir de una nueva era de la energía

La presentación que la Agencia Internacional de la Energía, AIE, hizo ayer, en Londres, del informe anual de prospectiva, ‘World Energy Outlook 2008’, lo dejó bien claro: El sistema mundial de la energía se encuentra ante una encrucijada. Las actuales tendencias mundiales en lo referente al suministro y al consumo de energía son claramente insostenibles —tanto ambiental como económica y socialmente.

Por ello, si se quiere seguir avanzando hacia el futuro, en clave de progreso y prosperidad, y no tener que sufrirlo dramáticamente, el actual paradigma energético, puede y debe ser modificado, cuanto antes. La AIE ya lo ha dicho y no es la primera vez que lo hace. El país que siga haciendo más de lo mismo y no sustituya las energías fósiles como el petróleo por las energías renovables y el ahorro y la eficiencia energética es un país irresponsable; por no decir suicida.

Aunque se acostumbre afirmar que aún hay tiempo para tomar el camino correcto donde quiera que nos encontremos, no siempre es algo que podamos considerar factible. En realidad, esta afirmación no es tan cierta como nos suelen decir, pues es algo relativo y depende de la situación en la que cada país se encuentre. En la medida que se es más dependiente de los hidrocarburos fósiles, y se consuma más por unidad de PIB o ‘per capita’, las dificultades para alcanzar una economía de bajo consumo de hidrocarburos fósiles son mayores.

Además, una fuerte dependencia del petróleo, del gas natural y del carbón, como es el caso de muchos países de nuestro entorno próximo, también significa que tengamos que pagar facturas energéticas del orden del 8-10% del PIB. Lo que hace una mella tremenda en nuestra competitividad económica. Es obvio que, teniendo en cuenta la grave crisis en la que estamos metidos, seguir como hasta ahora sería suicida.

En estas circunstancias, no sería ninguna exageración afirmar que nuestro futuro —y con él, nuestra prosperidad y progreso— dependerá de si somos capaces de abordar —por supuesto, que con éxito— los dos retos principales que nos plantea la energía y que son retos a los que nos hemos de enfrentar, ineludiblemente, hoy en día.

Por un lado, nos encontramos con el primero de los retos que consiste en asegurar el suministro de energía, de manera que éste sea fiable y económico. Dada nuestra actual dependencia del petróleo y demás hidrocarburos fósiles, no hace falta decir que puede haber planes ambiguos —depende de las capacidades de influencia que tengan los rentistas del sistema en los diferentes gobiernos— en lo que se refiere a la obligada sustitución de los combustibles fósiles por otras fuentes de energía renovables.

Por el otro lado, nos encontramos con el segundo reto que consiste en efectuar una rápida transición de nuestro actual modelo energético hacia un nuevo modelo que se caracterice por sus niveles bajos de emisiones de carbono y por su baja intensidad energética. De igual modo, se trata también de que el suministro de energía sea, a su vez, un sistema eficiente y ambientalmente benigno.

La Agencia Internacional de la Energía subraya el hecho de que, para hacer frente al futuro, se necesita nada menos que realizar toda una revolución en el área de la energía. El Informe ‘World Energy Outlook 2008’ plantea la forma en que esta revolución debiera darse mediante una actuación política comprometida, de modo que los gobiernos liderasen los cambios radicales a introducir. Naturalmente, nada será gratuito y tendrá un costo que habrá que calcular de antemano. La AIE en su informe también describe las consecuencias del fracaso.

De cualquier modo, el Informe WEO 2008 también concluye en que el petróleo es la fuente de energía del mundo que, hoy en día, resulta más vital y que lo seguirá siendo por muchos años, incluso bajo la más optimista de las hipótesis sobre el ritmo de desarrollo y difusión de las tecnologías sobre las que se basan las fuentes de energía alternativas. Sin embargo, los flujos de petróleo para satisfacer la creciente demanda, los costes de producción y los precios que los consumidores tendrán que pagar por ello es algo que guarda enormes dosis de incertidumbre, quizás más que nunca.

La Agencia Internacional de la Energía plantea un escenario de Referencia que es irreal y chirría estrepitosamente con el resto de sus tesis. Cualquier observador no alertado se daría cuenta de lo casi imposible que resultará cubrir las nuevas necesidades de producción de petróleo, estimadas en unos 64 mb/d. Parece como si la prospectiva energética más bien fuera una cuestión de fe. El gráfico relativo a la producción de petróleo que se recoge más arriba muestra lo absurdo de las previsiones que realiza ya que para cubrir, nunca mejor dicho, el expediente se aprovecha de que el papel lo aguanta todo y establece como categorías de producción: ‘yacimientos de petróleo que todavía hay que desarrollar’ y ‘yacimientos de petróleo que todavía hay que encontrar’.

En el primero de los casos, sabemos que no se están realizando las inversiones necesarias en un 20-30% de los casos y, en un 40%, se están produciendo serios retrasos por diferentes causas. En el segundo de los casos, la cosa todavía es más graciosa y contradictoria porque el propio informe lo considera poco factible. En conclusión, que si el escenario de Referencia no es una tomadura de pelo, se trata de una manera un tanto retorcida de decirnos que nos pongamos las pilas y que apostemos a tope por las energías renovables y el ahorro y la eficiencia energética porque las energías fósiles no dan más de sí. En otras palabras, el escenario de Referencia es un brindis al sol.

El agotamiento progresivo del modelo energético actual

El aumento de los precios en los últimos años, que culminó con el precio máximo que se produjo en julio de 2008 —junto con la mayor volatilidad de los precios, a corto plazo— pusieron de relieve hasta qué punto los desequilibrios son sensibles a los precios de mercado, a corto plazo. Asimismo, y en última instancia, han alertado a las personas y a las empresas sobre la naturaleza finita de los recursos de petróleo y de gas natural.

De hecho, el inmediato riesgo que tiene el suministro no es la falta de recursos, a nivel mundial, sino más bien la falta de inversiones que se necesitan. Las inversiones en actividades situadas ‘upstream’ han aumentado rápidamente, en términos nominales, pero, gran parte de este aumento se ha debido al aumento de los costes y a la necesidad de luchar contra el aumento de las tasas de disminución o declive —en especial, en las zonas geográficas, fuera de la OPEP, donde la extracción de petróleo tiene mayores costes.

Hoy en día, podemos decir que se destina más capital a la exploración y desarrollo de las reservas de alto coste que antes. Pero, en gran parte, ello es debido a las limitaciones que sufren las compañías multinacionales privadas en el acceso a los recursos petroleros más baratos. La ampliación de la producción en aquellos países —en general, países integrantes de la OPEP— cuya extracción de petróleo represente menores costes será fundamental para satisfacer las necesidades mundiales de petróleo, a unos costes razonables. Sobre todo, a la vista de la disminución de los recursos petrolíferos en la mayor parte de las regiones del mundo y de la aceleración de las tasas de declive o disminución de la producción de petróleo que se están dando en la inmensa mayoría de los yacimientos maduros.

Por otro lado, y desde otro ángulo de enfoque, la prevención de catástrofes y de daños irreversibles para el clima mundial exige, en última instancia, una mayor descarbonización de las fuentes de energía, a nivel global. Sobre las tendencias actuales, en lo que respecta a las emisiones de dióxido de carbono, CO2, y otros gases de efecto invernadero relacionados con la energía, se puede afirmar que éstas aumentarán, inexorablemente, elevando la temperatura media global promedio unos 6 °C, en el largo plazo.

En consecuencia, se necesita tomar fuertes medidas —y además, urgentes— para frenar estas tendencias. La 15ª Conferencia de las Partes Contratantes, COP9, que se celebrará en Copenhague, en noviembre de 2009, nos proporciona una gran oportunidad para poder negociar un nuevo pacto mundial sobre el cambio climático, para aquellas políticas que vayan más allá del 2012 —el último año que cubre este primer período de compromiso del Protocolo de Kyoto.

La conferencia tendrá que poner en marcha un marco que sustente la acción cooperativa, a largo plazo, para llevar al conjunto de países del mundo hacia una política que esté bien definida y que señale objetivos globales claros y cuantificados. El objetivo fundamental de esta política será acordar y poner en marcha, entre todos los países, un plan que persiga la estabilización de los gases de efecto invernadero en la atmósfera. Para ello, se necesitará también contar con una amplia participación de los países, así como poner en marcha aquellos mecanismos políticos que mejor permiten alcanzar los objetivos acordados.

Cada vez más, el sector de la energía tendrá que desempeñar un mayor papel en la reducción de las emisiones de GEIs. Ello implicará importantes mejoras en ahorro y eficiencia energética y una rápida transición desde las energías fósiles hacia las energías renovables y otras tecnologías que permitan también unas emisiones bajas de CO2, tales como la nuclear de fisión y la captura y almacenamiento/secuestro de carbono, CAC. El ahorro y la eficiencia energética tendrá que ser por fuerza la piedra angular en cualquiera las políticas energéticas que se apliquen.

En definitiva, se trata de asegurar el suministro de energía, por una parte, pero, por la otra, también de acelerar la transición a un modelo de energía donde las emisiones de CO2 sean bajas, así como los consumos energéticos. Este esfuerzo no será gratuito ya que exigirá una actuación comprometida y radical por parte de los gobiernos —a nivel estatal, regional y local— mediante la participación en los mecanismos de coordinación internacionales. Las familias, las empresas y los usuarios de los coches tendrán que cambiar la forma en que cómo usan la energía.

A su vez, los suministradores de energía tendrán que invertir en desarrollo y comercialización de tecnologías de  bajos niveles de emisión de carbono. Para que esto suceda, los gobiernos han de poner en marcha incentivos económicos adecuados y los marcos normativos de apoyo tanto a la seguridad energética como a los objetivos de la política sobre el clima, de una manera integrada.

La eliminación de subvenciones sobre consumos energéticos, que, en 2007, ascendieron a un montante de 310.000 millones de dólares, en los veinte principales países no pertenecientes a la OCDE en 2007, podría aportar una importante contribución a la reducción de la demanda y de las emisiones.

De igual modo, unos altos precios internacionales del petróleo, permitirían disuadir el consumo y estimular, de una manera más eficaz, la demanda de tecnologías limpias. Pero nada será posible si los lobbies petroleros influyen en las decisiones estratégicas de los gobiernos, hasta el punto de obstaculizar todas aquellas actividades que persiguen, directa o indirectamente, una menor dependencia del petróleo. La dependencia del petróleo, de gas natural y del carbón está minando, cada vez más, el desarrollo y la competitividad de muchos países que se ven obligados a realizar cuantiosas importaciones de estas materias primas.

En el caso del estado español, estas importaciones llegan a representar casi el 6% del PIB.  Este déficit energético supone un gasto total de unos 56.000 millones de €, al año, que se podría evitar si hubiera una política energética radical y coherente con el nuevo paradigma emergente. Tan sólo una apuesta por la electrificación del transporte, el ahorro y la eficiencia energética y  las energías renovables conllevaría reducir en un 60% esta factura energética, al tiempo que se podrían crear más de 2.000.000 de puestos de trabajo.

Además, no hemos de olvidar tampoco que la amenaza del Cambio Climático continúa. Para la Agencia Internacional de la Energía, un nuevo acuerdo internacional sobre el clima no es sino un primer paso esencial, en el camino hacia un sistema energético sostenible. Considera que su aplicación efectiva es enormemente crucial para el futuro de la humanidad. Y concluye diciendo que una demora, en hacer las cosas bien, aumentaría los costes de lo que, económicamente,  supondría pretender cumplir más tarde con cualquier objetivo global acerca del clima. La lucha contra el Cambio Climático —reducción de emisiones de CO2— y el nuevo modelo energético emergente basado, fundamentalmente, en las energías renovables y una baja intensidad energética son las dos caras de una misma moneda.

 


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