Sin lucha por la sostenibilidad no hay futuro deseable

Cuando me detengo a analizar la evolución del contenido de los artículos publicados en este blog, no puedo más que quedarme perplejo ante lo poco y lo extremadamente tortuoso y complicado que resulta avanzar por el camino correcto. Construir el futuro es una tarea muy difícil porque muchas veces se trata de transformar los vicios adquiridos en virtudes por adquirir. Construir el futuro, requiere modificar muchas de las inercias perversas del pasado, tarea para la cual, a decir verdad, no se consiguen muchos apoyos. Construir el futuro requiere liderazgo, algo de lo que desgraciadamente carecemos por la mediocridad de nuestros dirigentes, empecinados en regresar a un pasado que nunca más conoceremos.

Cada artículo que he escrito, si bien alguno ha podido tener un destinatario muy concreto y específico, la mayoría, en general, es un artículo que ha ido dirigido al conjunto de la humanidad, con el objetivo de crear una conciencia colectiva acerca de las amenazas que nos acechan y de las oportunidades que se nos abren. También he pretendido dejar claro de que, a pesar de la grave crisis que estamos padeciendo por culpa de los sectores financiero e inmobiliario —y la irresponsabilidad de los gobierno y agencias de control— son muchos los futuros los que nos aguardan —algunos buenos y otros malos— y, en consecuencia, debemos reaccionar a tiempo para alcanzar, de entre estos futuribles o futuros posibles, alguno de los que sean realizables y también se encuentren entre los más deseados.

Como lo dije ya en el prologo del libro que escribí hace 12 años, ‘El conspirador del futuro’, no me resigno a que los seres humanos, con todos los miles de años de historia que llevamos sobre nuestras espaldas, tengamos que sufrir nuestro futuro irremediablemente. Todo esto lo digo con una mezcla de humildad y de orgullo derivada del hecho de confiar en la especie humana y en su capacidad de resolver todos los problemas que se le planteen por muy graves que éstos sean.

Desde que era joven siempre me apasionó la idea de construir un mundo donde conseguir la felicidad del prójimo fuese la mayor ambición de todos los hombres. Sé que es una tarea de muchos, pero, en todo caso, alguien tiene que señalar el camino y predicar con el ejemplo. Por eso suelo repetir en mi madurez, tantas veces, esa frase que dice: ‘Si no vives como piensas al final terminarás pensando como vives‘.

Dentro de ocho años, los habitantes de este planeta, celebraremos el 500 aniversario de la “Utopía” de Thomas More o Tomás Moro como muchos le conocerán mejor. ¿Cuál será el estado y la situación de nuestro loco y desigual mundo entonces?, ¿Cuál será la situación que conoceremos a nivel de la UE, de Estados Unidos, de los países emergentes como Rusia, China e India, de Oriente Medio, de Latinoamérica, de África, etc. Los prospectivistas nunca hemos pretendido predecir el futuro. Lo único que hemos pretendido siempre ha sido intentar anticiparnos a las consecuencias posibles y más probables que se derivan de las contradicciones existentes y que caracterizan la situación actual.

Asistimos al fin de una Era. Adelante nos aguarda un nuevo paradigma donde las energías renovables serán las energías convencionales. En lo económico, se requiere un nuevo orden mundial, donde ya no tenga cabida la usura, ni la especulación incontrolada y se pongan límites a la acumulación de capital, supeditando este factor al resto de factores de índole económica, social y ambiental.

En lo ambiental, el calentamiento global asociado al Cambio Climático se nos presenta de manera irreversible. Prefiero no comentar más sobre lo que me temo o presiento que ocurrirá, pero no es nada bueno. Lo que sí diré es que nuestra única salida será la de acelerar, cuanto antes, nuestra adaptación al Cambio Climático ya iniciado. No nos queda mucho tiempo. Tenemos grandes probabilidades de sufrir en unas pocas décadas una situación dramática. No creo en el determinismo pero quien mal anda, mal acaba.

Sin embargo, en lo social nunca habíamos conocido un futuro que se nos presentase de una manera tan increíblemente abierta. En lo social, puede ocurrirnos de todo. En pocos años, llegaremos a ser 7.000 millones de habitantes. La crisis que hemos empezado a sufrir —algunos de una manera más lacerante que otros— no terminará de superarse hasta que no nos hagamos con unas nuevas reglas de juego que muy poco tendrán que ver con el pasado.

A pesar de ello, parece que no escarmentamos ya que apenas se modifican las políticas en curso. Se aparenta que se hace, pero no se hace nada porque nuestro líderes mediocres no quieren afrontar que no podemos seguir haciendo más de lo mismo. ¿Alguien que no sean los rentistas del sistema, puede decir que el seguir como hasta ahora es lo deseable?. Si antes de la crisis, 2.000 millones de habitantes vivían en condiciones extremas. Me temo que, de seguir como hasta ahora —lo de la reunión de Washington es sólo para la foto— dicha situación la llegarán a padecer más la mitad de la población del planeta.

 

 

Lógicamente, podríamos continuar cerrando los ojos como si esta crisis no fuese más que un incidente desagradable en nuestro trayecto hacia el futuro. Podríamos seguir considerándola como un acontecimiento que, una vez pasado nos conduciría, nos permitiría a todos volver a lo de antes. Desgraciadamente, para muchos políticos que están en la nómina de los rentistas del sistema, considero que volver al pasado, no sólo no es posible, sino que ni tan siquiera es deseable y que es urgente, cuanto antes, cesar de hacer esa política del avestruz que no quiere mirar las transformaciones tan importantes que ineluctablemente van a condicionar e intervenir en nuestras vidas y en nuestro desarrollo socioeconómico, durante los próximos años.

Los hombres y mujeres de nuestro mundo tenemos que reaccionar. No podemos resignarnos a sufrir nuestro futuro. Debemos emplear todas nuestras energías en imaginar y en construir un mundo nuevo, un mundo que repleto de innovaciones sostenibles. Nunca, en la historia de la humanidad, habían sido tan grandes, tanto las oportunidades como las amenazas que se nos presentan.

Nos quedan ocho años de aquí al año 2016, quinto centenario de la Utopía de Thomas More. Desde mañana, nuestra dignidad quedará empañada por el tiempo que pasa y que transcurre sin que hagamos nada. Los vertederos de la historia están llenos de tendencias prolongadas. Por tanto, ha comenzado la cuenta atrás. Inexorablemente, el tiempo pasa y absorbe nuestra labor cotidiana, la invade, la reduce a algo tan minúsculo que, a veces, se transforma en una lágrima o en un grito de desesperanza.

Afortunadamente, el tiempo de la esperanza nos espera allí, en el futuro. Un futuro donde triunfe la razón, la sostenibilidad, el respeto, la solidaridad y la libertad. Donde la usura, la falta de equidad y la violencia no tengan sentido. Donde triunfe la felicidad, la tuya y la de prójimo, y no la desigualdad y la exclusión social. Donde vivir las señas de identidad, en plena libertad, de cada pueblo y nación sea tan natural como el sol que amanece todos los días.

Así pues, como si de un amigo íntimo se tratara, todo esta dispuesto para que la suerte nos acompañe, si tenemos la ambición suficiente y trabajamos juntos para conquistar ese futuro deseable que a los seres humanos nos queda por reinventar. ¡Luchemos pues por salir del circulo vicioso del pasado!. Esta es nuestra tarea, la más importante, al fin y al cabo, todos en el futuro será donde pasaremos el resto de nuestros días.

La civilización del futuro nos aguarda en el marco de un planeta equitativo y solidario. Nuestras apuestas estratégicas deberán para ello recuperar la utopía, algo que dé un verdadero sentido a nuestras vidas. Algo que, por desgracia, la humanidad ha ido perdiendo a pasos agigantados y, ahora, con el embate de la crisis, hemos de recuperar para poder emprender nuestro camino hacia la sostenibilidad, el único camino que nos permitirá a toda la humanidad salir airosa de la crisis actual. Algunos de los factores clave ya los conocemos. La generalización del uso de las energías renovables y la electrificación de la carretera es uno. Otro sería la supresión de las actividades económicas especulativas y la nacionalización de la banca y de los servicios públicos básicos como el transporte y distribución de energía eléctrica, a baja, media, y alta tensión.

 


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