El consumo sostenible como salida a la crisis

Ahora que la economía está a punto de caramelo para que se produzca un crac mundial. Ahora que los líderes mundiales parecen preocupados y, para lavar la cara, —que no las manos— se van a juntar a deliberar sobre el nuevo orden económico mundial —se habla ya hasta de una reedición de los famosos Acuerdos de Bretton Woods— y que plantean establecer, incluso, unas nuevas reglas para las relaciones comerciales y financieras, entre todos los países del mundo, es cuando resulta conveniente recordar la importancia y trascendencia de apostar también por el consumo sostenible. Aunque mucho me temo que esta nueva Cumbre del G-20, será un fiasco que terminará tan sólo con buenas palabras, pero que nadie espere nada más.

Recordaré aquí, que uno de los pocos indicadores positivos que surgieron en la Cumbre Mundial sobre el Plan de Implementación del Desarrollo Sostenible, era el que se refería a los programas de apoyo a iniciativas regionales que perseguían el consumo sostenible. Se trataba de acelerar el cambio hacia el consumo y la producción sostenibles y así, promover el desarrollo social y económico, en función de la capacidad de carga de los diferentes ecosistemas. En fin, algo que ya, para muchos, todo les sonará a chino pues, con la que va a caer, bastante tendrán con salvar parte de los muebles.

Por otra parte, soy consciente de que el discurso por la sostenibilidad ha estado excesivamente viciado con ‘cantinelas medioambientalistas’ que no han hecho sino corromper y/o adulterar el propio concepto de desarrollo sostenible. Un concepto, mucho más amplio, que también tiene su pata económica y su pata social, además de la pata ambiental. El consumo sostenible es un objetivo más a perseguir dentro del desarrollo sostenible. Es un objetivo que, en el sur de Europa, no tuvo nadie que lo apoyara y, de ello, doy fe.

En efecto, hace tan sólo unos años, cuando la economía crecía boyante en pleno disparate de la ‘economía del ladrillo’, el consumo sostenible no tenía casi ningún atractivo que fuera destacado para los políticos. Ahora, cuando estamos inmersos en una de las peores crisis desde que comenzó la revolución industrial, este concepto importa mucho menos pero…, y esto es lo grandioso del caso, hemos de tener en cuenta la importancia del consumo sostenible porque cada vez somos más pobres, y porque no está la vida como para andar derrochando el dinero en consumo.

Sería bueno que los políticos se comprometieran, aunque sea por dolor de atrición, con la causa, pero, ni por esas, los políticos de ahora se caracterizan por no comprometerse con ninguna causa justa. Para comprometerse con alguien ya tienen a sus amigos, los banqueros, los constructores, los promotores, los petroleros, etc. De cualquier modo, cuando las cosas iban bien, tampoco se mojaron alguna vez, defendiendo el consumo sostenible.

Eran unos hipócritas. Preferían decir algo pero sin comprometerse en nada, utilizando frases como la siguiente: “Nuestras políticas persiguen un consumo de bienes que sea más responsable y, a su vez, que los productos que se compren sean más sostenibles”. Sobre el papel, todo suena muy bien pero la triste constatación de lo ocurrido, a lo largo de los últimos años, nos demuestra que necesitamos profundizar algo más sobre el tema porque si las cosas no salen o no han salido es porque lo hemos estado planteando mal.

Ahora, con la agudización de la crisis económica, el consumo sostenible va a ser mucho fácil porque no hay otra salida. Por ello, lo primero que tenemos que hacer es crear las bases sólidas que lo mantengan a lo largo de unos cuantos años, de modo que el consumo sostenible se convierta en un hábito más que, con el paso del tiempo, podrá pasar a ser una parte integrante de nuestra propia cultura e idiosincrasia.

Recordaré también algo que era válido hasta hace unos años, pero ahora no, pues era válido cuando éramos o vivíamos como si fuéramos ricos. Entonces, muchos ecologistas radicales planteaban que la gente de los países desarrollados no solamente debía consumir de un modo más responsable, también debía estar convencida de la necesidad de consumir menos. Para lograr este objetivo, la hipótesis que se utilizaba defendía el hecho de que la gente que hubiera alcanzado un cierto nivel de confort y de seguridad material se convirtiera en un luchador en contra del consumismo

Una vez alcanzado este nivel, debería poder y, a su vez, estar convencida de que su futura calidad de vida residiría, tanto en la capacidad que tuviera para liberarse de las trampas del consumismo, como en el hecho de que optara por productos que requirieran un bajo nivel de mantenimiento —aunque su rendimiento fuera más bajo— un trabajo que no fuera estresante y que le permitiera gozar del ocio y disfrutar de la vida con la familia y los amigos.

Este nuevo concepto de vivir una vida que ofrece unos mejores niveles de calidad y que coincide con la práctica que cada uno hace para simplificar más sus esquemas de vida, alejarse del consumismo y volverse menos materialista, se conoce como ‘downshifting’. Actualmente, se está detectando un número creciente de personas que, silenciosamente, han organizado su trabajo de manera que puedan pasar más tiempo en casa, con su pareja y sus hijos, y haciendo otras cosas más sencillas pero mucho más reconfortantes.

Esta forma de vida entraña unos ingresos económicos inferiores, pero también una mejor calidad de vida. El hecho de que este modo de vida, que concilia el trabajo con la vida familiar, sea un fenómeno predominantemente de la clase media, no invalida su importancia, pero, inevitablemente, despierta preguntas sobre su utilidad, en términos políticos. Sin embargo, las cosas han cambiado. Con un porcentaje de desempleo que pronto podrá llegar al 17%, plantear el ‘downshifting’ como solución al consumismo suena a una broma de mal gusto.

Con ello, no estoy negando que las implicaciones macroeconómicas que tiene cualquier modelo económico de bajo consumo sean muy importantes para la construcción de un futuro que sea sostenible. Lo que niego es que soluciones que son buenas, para unos cuantos convencidos de la gravedad del Cambio Climático que se nos avecina, se puedan generalizar al resto de la población. Mi experiencia me dice que no. Y, mucho menos, en los tiempos actuales. Cuando sobre nuestro futuro pesa una incertidumbre horrible.

De igual modo, considero que el ‘downshifting’ no es válido porque, en primer lugar, afecta al crecimiento económico, como consecuencia de que un número importante de personas opten por reducir los niveles de su actividad económica —aunque ello sería bueno para repartir el empleo y así reducir las tasas de paro. Pero, a su vez, ello significaría también que se fueran a generar menores ingresos fiscales que, a su vez, se traducirían en un menor gasto público, en servicios públicos clave como son los de salud, asistencia social, educación, transporte, etc.

El ‘downshifting’ que muchos hemos practicado voluntariamente creo que, en momentos de crisis profunda, es posible que pudiera llegar a tener un mayor eco —sobre todo porque no hay otro remedio. Quizás lo asuman,  como estilo sano de vida, un pequeño número de personas —que viven en los países desarrollados— pero nunca superarán umbrales que vayan más allá del 10% de la población. Aún y todo, sería un gran paso. De este grupo podría salir el voluntariado necesario para impulsar la concienciación acerca de la gran importancia que tiene el consumo sostenible, incluso, para poder salir de la crisis.

Lo que sí será muy poco probable es que el ‘downshifting’ tenga algo de éxito, entre los diferentes gobiernos de los países de la OCDE, a la hora de apoyarlo y/o de llevar la gestión de la pobreza residual que cada país desarrollado tiene dentro de sus propias fronteras. Serán otros gobiernos pero no los que conocemos ahora, que si no reflexionan sobre el futuro en clave de sostenibilidad, difícilmente van a entender algo que sea diferente a la aplicación de medidas paliativas que no nos llevan a ninguna parte.

Mucho menos éxito tendrá el ‘downshifting’ en los países en vías de desarrollo, donde el principal desafío reside en el destino que se les da a los más de 2.000 millones de habitantes, considerados como los más pobres del mundo. Son los seres humanos más miserables de la Tierra, que viven con menos de dos dólares al día y que pasan horribles y fatales hambrunas. Tampoco pensemos que, de alguna manera, estos países están preparados para renunciar a los placeres del consumismo occidental que ellos tanto anhelan, al verlos, pero sin poder nunca disfrutarlos, a través de los programas y de la publicidad de las televisiones por satélite que, hoy en día, llegan hasta los lugares más remotos de los países más pobres.

Finalmente, otra de las cuestiones que debemos superar es lo que entendemos por satisfacer las necesidades cuando hablamos de consumo sostenible. En efecto, el desarrollo sostenible se suele definir como el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades. Eso está muy bien pero, que yo sepa, nunca ha habido consenso alguno sobre lo que entendemos por necesidades. La polémica está servida cuando intentamos distinguir entre lo que es una ‘necesidad’ y lo que es un ‘deseo’ que, si no se limitan, llegan a chocar, inexorablemente.

Este hecho nos deja claro que si dejamos que sea la opción individual de cada uno la que decida cuando algo es necesario y cuando no, no avanzaremos mucho. Además, cada opción que tomamos viene condicionada y obligada por otras opciones que ya hemos tomado anteriormente y, a su vez, la opción que tomemos condicionará otras futuras opciones. Por ejemplo, si dejamos que la opción de viajar en coche fuera sólo una decisión individual, el resultado sería caótico. Las ciudades, en ausencia de criterios sostenibles de planificación, soportarían una mayor congestión de tráfico, se construirían suburbios con una movilidad totalmente dependiente del coche y se permitiría la ubicación de muchos centros comerciales que sólo serían accesibles en coche.

Se produciría todo un desastre urbanístico que luego nadie admitiría que lo quiso, pero donde se tendría que depender del coche para todo. Ninguna persona, que no tuviera coche, podría acceder a lo que quisiera comprar, de manera fácil y segura. Los que no tuvieran coche, como las personas mayores y los niños, serían los más perjudicados. Al mismo tiempo, el consumo excesivo de combustibles fósiles se incorporaría a los modos de vida de una manera tan vital como el aire que respiramos. Todo un verdadero disparate que, desgraciadamente, se ha cometido en muchos países y regiones de nuestro entorno.

En suma, como podemos fácilmente comprobar, no existen opciones individuales neutras. Todas las opciones individuales que se adopten llegarán a excluir a otras personas o, cuando menos, las limitarán en el desarrollo de otras opciones alternativas. Los que tanto cacarean la libertad de utilizar el coche cuando ellos quieran, y circular por todas partes —pero sin pagarse los costes de construcción y mantenimiento de carreteras como debieran— olvidan que con ello congestionan los viales, limitando, así, la libertad de otros que han optado por el transporte colectivo.

De este modo, se lesiona la eficacia del transporte público, que, precisamente es el único modo de transporte que utilizan aquellos que no tienen coche o que no abusan de él. Lo mismo podríamos decir del consumo, en general. La crisis actual es un momento clave para plantearnos una sociedad sin consumismo, una sociedad más lógica racional y que nos permita a todos ser más felices. De seguro que la planificación urbanística debería ser completamente al revés de como la conocemos actualmente. Otro día hablaré de ello. Mientras tanto sería bueno que pensarais en lo que os he dicho.

 


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One Response to El consumo sostenible como salida a la crisis

  1. jonathan dice:

    ezto es muy bueno

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