Sarkozy y sus razonables miedos

En días pasados, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, propuso una idea totalmente innovadora. Propuso que la Unión Europea creara sus propios fondos soberanos y que los diferentes países los coordinaran, entre sí, para invertir en las empresas comunitarias y evitar, así, que pudieran caer en manos del capital extranjero —como los fondos soberanos de los países islamistas— en un momento en el que la cotización bursátil de las empresas se encuentra en mínimos históricos, a causa de la crisis financiera, y, además, se teme que todo pueda ir a peor.

Para Sarkozy, las bolsas de valores ya se encuentran en un nivel que es históricamente bajo. También es de los que teme que puedan bajar muchísimo más. Personalmente, confesó, en un discurso que dio recientemente, ante el pleno del Parlamento Europeo, que no le gustaría que los ciudadanos europeos dentro de unos meses, un día, se despertaran con la noticia de que las mejores y más emblemáticas empresas europeas pertenecían ya a países que no eran europeos. Las empresas habían sido compradas por fondos soberanos de algunos países de la OPEP, por ejemplo, aprovechando que, en las bolsas de valores de los mercados europeos, el precio de las acciones era excesivamente bajo.

Por ello, solicitó que se reflexionara sobre la oportunidad de que los países de la UE crearan también fondos soberanos a fin de coordinar una respuesta industrial a la crisis y defender los intereses nacionales y europeos. Los fondos europeos comprarían los activos estratégicos que quedaran devaluados para que no los comprasen otros fondos soberanos. Una vez que pasara la crisis, cuando las bolsas de valores volvieran a subir, los diferentes países que integran la UE venderían de nuevo estas acciones.

La idea de Sarkozy me parece muy interesante e ingeniosa y, totalmente, contraintuitiva. Sin embargo, también reconozco que esta idea responde a un temor larvado desde que el príncipe saudí, Alwaleed bin Talal, cuyo cheque de 10 millones de dólares fue rechazado por el que fuera alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, durante el atentado a las Torres Gemelas —Alwaleed había comentado, por entonces, que los ataques ocurridos el 11-S fueron el resultado de las políticas de Estados Unidos, en Oriente Medio— tiene ahora el 5,46% de la cadena de televisión Fox, la empresa matriz de “News Corp”.

Hace dos años, el príncipe se jactó de que había llamado personalmente al presidente de “News Corp”, Rupert Murdoch, quejándose de la cobertura que la cadena Fox había dado a los disturbios ocurridos en Francia. La queja se refería al hecho de que los disturbios, que habían sido llevados a cabo por musulmanes, fueran etiquetados como “disturbios musulmanes”.

Alwaleed manifestó que había cogido el teléfono para llamar a Murdoch y decirle que no se trataba de ‘disturbios musulmanes’, sino que se trataba de disturbios debidos a la pobreza. En tan sólo 30 minutos, la cadena Fox cambió el titular “disturbios musulmanes” por “disturbios civiles”. Los problemas financieros por los que atraviesen los medios de comunicación internacionales prometen que estas cosas pueden pasar más a menudo de lo que nos pensamos.

El año pasado, con la presentación de informes que mostraban la caída de los ingresos financieros de las principales cadenas de noticias de Estados Unidos, ministros de información, magnates y otros funcionarios de los 57 países de la Organización de la Conferencia Islámica, OCI, se reunieron en Arabia Saudita, donde se instó a comprar participaciones en medios de comunicación occidentales con el propósito de ‘ayudar’ a cambiar las actitudes anti-musulmanas que se han desatado, en todo el mundo, con ocasión del surgimiento del terrorismo islamista.

La progresiva penetración de la sharia —ley islámica—en el mundo empresarial occidental es otro de los signos de nuestro tiempo que preocupan. Los países islámicos que desenvuelven su vida en base al cumplimiento de la sharia, tienen directrices estrictas sobre qué tipo de conducta económica deben llevar. De acuerdo con ello, los bancos y oficinas de inversión que controlan están contratando a una nueva generación de ejecutivos cuyo trabajo también consiste en velar por el cumplimiento de la ley islámica y, por ende, atraer más negocios provenientes de inversionistas musulmanes.

Con el tiempo, ese cumplimiento podría presionar a las empresas europeas y americanas que se compraran con los fondos soberanos y que se considerara que su actuación concordaba poco con los principios islámicos. Las exigencias para que estas empresas europeas o norteamericanas recién compradas actuaran, de manera más estricta y según la moral del Islam, serían el siguiente paso. Lo que permitiría frenar la aprobación de cualquier negocio que tratara, directa o indirectamente, con empresas pertenecientes a países que se mostraran críticos con algunas enseñanzas del Islam porque consideraran que pudieran ir contra la igualdad de género y los derechos humanos.

Las primeras señales de este conflicto han podido manifestarse en China. En el país del extremo Oriente, la carne de cerdo representa un componente central de la cocina china. Sin embargo, su consumo resulta ofensivo para los musulmanes. Siguiendo los principios de la sharia, y aprovechando el hecho de que se invirtieran fondos soberanos de países árabes en la compra de la propiedad de varios inmuebles chinos de reciente construcción, se impuso a la fuerza que, como condición para alquilar los locales comerciales de los edificios, se deberían limitar las ventas de carne de cerdo y de alcohol. Estas medidas también se aplicaron a los inquilinos más antiguos. Todo se hizo bajo la amenaza de revocarles el contrato de alquiler.

Estados Unidos es el único responsable de su difícil situación económica actual y sería una grave injusticia culpar a los chinos o a los árabes de ello, máxime cuando China o los países árabes son lo que acostumbraban a prestar luego el dinero a Estados Unidos para que sus ciudadanos pudieran vivir, desde la época de Reagan, por encima de sus posibilidades. Gracias a la deuda exterior que, año a año, acumulaban los estadounidenses, es como podían seguir despilfarrando el combustible y vivir a crédito, sin conseguir que las tasas de ahorro crecieran alguna vez.

Así es como se ha logrado que el gigante norteamericano alcanzara una deuda exterior neta de 3 billones de dólares anuales y un déficit por cuenta corriente de casi 700.000 millones dólares al año. Con ello, Estados Unidos se ha convertido en el país que mayor deuda tiene del mundo, por lo que es, desesperadamente, dependiente del capital extranjero para poder mantener a flote su economía. Es evidente que Estados Unidos, con la crisis, está provocando que empiece a padecer lo que, durante más veinticinco años, ha sembrado. España y Reino Unido —sobre todo el primero— presentan cuadros también preocupantes debido a su excesiva y disparatada exposición al ladrillo.

La situación creada en Estados Unidos, después de que el Congreso, hace unas semanas, hubiera aprobado un inicial Plan de Rescate financiero de 700.000 millones de dólares, para salvar a su frágil economía, es de un resultado totalmente incierto. No se sabe si es el comienzo de la lucha que tenía que emprender para hacer frente a las graves amenazas que le acechan a Estados Unidos, o el final de una economía, basada en el neoliberalismo usurero, que hace aguas por todas partes.

No olvidemos que todavía quedan muchos asuntos que sanear como, por ejemplo, los contratos CDS que se han convertido en una de las mayores estafas de las historia de la humanidad. Los contratos Credit Default Swaps, CDS, son algo parecidos a los contratos de seguros que no son regulados por nadie pero que pueden ser intercambiados —‘swapped’— entre los inversionistas. Sin ningún tipo de supervisión, el comprador de estos CDS se encuentra desasistido ya que no puede comprobar que el asegurador del contrato tiene los recursos financieros suficientes como para cubrir las pérdidas.

Bear Sterns, Lehman Brothers, American International Group —AIG— y Citigroup fueron las instituciones financieras que más CDS vendieron y, además, no sólo vendían estos contratos de seguros para inversiones de riesgo, inexplicablemente, también aseguraban dichos contratos. Como podemos comprender los CDS son como una bomba de relojería que puede explotar en la mano de quien los posea, en cualquier momento.

El gran problema que tenemos es que se estima que estos contratos, que tienen grandes visos de ser fallidos, representan una cuantía fabulosa, equivalente al PIB mundial. En efecto, los Credit Default Swaps (CDS) representan entre 60 y 70 billones de dólares, que, al incumplirse, podrían abrir una quiebra generalizada de la economía de Estados Unidos, dejando a la Unión Europea y al resto de países tocados de ala. En este caso, la única salida inteligente sería esperar la quiebra generalizada de los bancos y cajas de ahorro, para que, más tarde, los diferentes gobiernos los compren por un euro, garantizando el toral de los depósitos, y así,  empezar de cero pero, esta vez, sin apalancamientos especulativos.

Desgraciadamente, muchos gobiernos están haciendo todo lo contrario y han apostado por ayudar a los banqueros causantes de este desaguisado, sin que se vea ninguna solución al problema de la crisis de confianza. Al contrario, estas políticas están levantado un fuerte malestar, a nivel social, que podría conducirnos a una gran quiebra de la paz social, a nada que aumentara el desempleo.

La situación actual es, por consiguiente, muy crítica ya que puede llegar a deteriorarse, tanto como para colapsar el sistema económico mundial. En una situación parecida, todo país afectado tendría que hacer una rápida y fuerte devaluación de activos que sería aprovechada por los fondos soberanos de los países emergentes para hacerse con dicho país.

Como defensa contra ello, Estados Unidos, al menos, cuenta con un riguroso mecanismo de salvaguarda contra las posibles reacciones negativas de los inversores extranjeros, el Comité de Inversiones Extranjeras, CFIUS. Este Comité podría proteger la seguridad nacional de los activos en sectores como en el de las telecomunicaciones, medios de comunicación, transporte, energía y minería y demás sectores en los que se considere que existe un claro y evidente peligro potencial para la seguridad nacional de Estados Unidos.

En Europa, en general, donde la protección de su soberanía es mucho más laxa, haríamos bien en establecer mecanismos similares, que vayan en el sentido de la proposición que hizo Nicolas Sarkozy. El principio de reciprocidad podría ser una aplicación importante también ya que, muchos de los países que invierten en la UE y Estados Unidos son conocidos por su hostilidad a que haya inversores extranjeros en sus propios países. Además, son países donde, diariamente, se producen graves violaciones que atentan a los principios de libre comercio y de libre asociación sindical y, sobre todo, de los derechos humanos más elementales.

Así, Arabia Saudita impide el establecimiento de empresas extranjeras en su territorio, mientras tiene la desfachatez de comprar participaciones en empresas en aquellos países a los que veta. Lo menos que se podría hacer, ahora que estamos aún a tiempo, sería exigir que los países extranjeros que no nos trataran de igual modo que nuestros países les tratan a ellos, no pudieran intervenir en la economía de nuestros países.

Desgraciadamente, tanto en Europa como en Estados Unidos, los intereses creados de muchas empresas rentistas del sistema presionan para que sus respectivos gobiernos, mediante corrupción e influencias privilegiadas, para que en sus políticas no se valores estos puntos, de modo que los principios éticos de actuación que se utilicen sean los mínimos posibles. Así, si Estados Unidos hubiera actuado de modo ético, no hubiera apoyado a Arabia Saudita para que este país fuera admitido en la Organización Mundial del Comercio, OMC.

Sarkozy puede tener razón pero considero que lo que propone no es suficiente. También habría que nacionalizar el sector financiero, desapalancarlo, regresar a las reglas de juego que se apoyan en las fuentes keynesianas y apostar por el desarrollo sostenible. En Estados Unidos, dos tercios del petróleo que se consume se hace en el sector del transporte. La mayor parte de los derivados de este pétroleo es consumida por automóviles y camiones. En Europa, el consumo del sector transporte representa un 40% del total. Pero algo se está moviendo en sentido contrario, además de Israel y Dinamarca, ya han empezado otros países como Australia a impulsar el coche eléctrico, con el fin de eliminar el consumo de petróleo. ¿Para cuándo veremos, en nuestro caso, que apostamos por la electrificación de la carretera?

                     

 


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One Response to Sarkozy y sus razonables miedos

  1. Don Luca dice:

    Me gusta el presidente francés Nicolas Sarkozy. Tiene otro estilo de ver las cosas. Es inteligente e innovador y confío en que no se venda a los banqueros como ha hecho el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero. Que sea el propio presidente estadounidense George Bush el que adelante a José Luis Rodríguez Zapatero por la izquierda no tiene más que una explicación que nos catapulta a la antesala de la corrupción. Me da lástima España. Ustedes no se merecen un presidente así, ni tampoco un líder de la posición como Mariano Rajoy. Los dos son nefastos para su futuro. ¿Donde está el ‘Obama’ español?

    Saludos cordiales

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