El control oligopólico de las tecnologías

Una pregunta clave: ¿Si queremos que nuestro mundo progrese tanto económica como social y ambientalmente, porqué no incorporamos en nuestras vidas aquellas tecnologías alternativas que son mejores y más apropiadas?. Son tecnologías que ya existen pero que no las dejan crecer como debieran hacerlo ya que, además, son las que podrían permitirnos alcanzar un futuro sostenible donde todos viviéramos más felices. Por consiguiente, ésta es una pregunta que muchos nos hemos hecho y seguiremos haciéndonos porque no es fácil de entender porqué no se aplican aquellas tecnologías que más contribuirían a dotarnos de un mejor futuro.

Sabemos —porque es ya una constatación— que no todas las opciones y alternativas tecnológicas se desarrollan de la misma manera. Lo que quizá no sepamos todavía, es que son los rentistas del sistema —de naturaleza oligopolista— los que controlan las tecnologías que se necesitan y las que no se necesitan. Lo hacen exclusivamente en base a sus propios intereses, sin que los demás les importemos un bledo. Lo hacen gracias a su poder económico y a su capacidad de ‘influencia’ sobre la clase política. Una ‘influencia’ que, con frecuencia, viene cargada de grandes dosis de mezquindad y de corrupción.

A veces, estas tecnologías alternativas no se desarrollan porque son más caras o resultan menos económicas. Pero también ocurre que —con mucha mayor frecuencia de la que nos pensamos— el rechazo se deba a que existen otras razones ocultas, tan importantes como oscuras y torcidas. Son razones que para algunos actores minoritarios —y a su vez, muy poderosos— tienen mucha importancia pero que, sin embargo, quedan ocultas a los ojos de la mayoría de la gente porque se deben a la defensa de intereses creados que conllevan actuaciones espurias y perversas, cuando no delictivas y corruptas.

De hecho, hoy en día, muchas empresas no aplican tecnologías destinadas a la reducción y minimización de residuos, a pesar de que son tecnologías completamente disponibles y garantizan un constatado ahorro de costes. Con ello, no niego que el rechazo de muchos ingenieros a aceptar las tecnologías alternativas, a veces, no se hace por otros motivos que los que se relacionan con el hecho de ser tecnologías que forman parte o no, de lo que se conoce como paradigmas tecnológicos.

Al fin y al cabo, es cierto y lo reconozco, que la ciencia avanza a través de períodos de ciencia normalizados —que operan dentro de un determinado paradigma científico— intercalados con otros períodos donde se producen revoluciones científicas. Es entonces cuando se introducen la tecnologías rupturistas. Las guerras, las grandes catástrofes y las crisis profundas, como la que actualmente padecemos, son los mejores momentos para los cambios tecnológicos más radicales. Sólo hace falta que haya liderazgo y voluntad política

En general, la rutina de trabajo de los ingenieros y técnicos suele ser la que establece el grado de difusión, de articulación o de desarrollo incremental de las tecnologías existentes. Por consiguiente, podríamos concluir diciendo que, en cierta medida, todo paradigma tecnológico viene referenciado por los ingenieros y técnicos que comparten una formación y unas experiencias laborales parecidas.

Desde otro punto de vista, un paradigma tecnológico también podría definirse como un conjunto de procedimientos, donde se definen una serie de problemas pertinentes y se establecen las disciplinas y conocimientos específicos relacionados con su solución. Naturalmente, se trata de un paradigma tecnológico cargado de recetas y de recomendaciones prácticas y que dejan poco lugar a la aplicación de otras opciones tecnológicas. Este paradigma tecnológico es el que al técnico le definirá, más tarde, todo lo que es y todo lo que no es factible hacer o, en su caso, todo lo que vale y todo lo que no vale la pena intentar hacer.

De este modo, el alcance del potencial  y de las aún inexplotadas oportunidades, así como el sentido de las barreras y limitaciones —implícitas en un paradigma tecnológico que centra la atención de los ingenieros y técnicos en sólo algunas direcciones en las que el progreso se ‘considera’ posible— nos ofrece una sólida orientación en cuanto a las tácticas que pueden ser provechosas, siempre y cuando avancen en la dirección que el paradigma tecnológico ‘considera’ como la correcta. Tanto hablar del método científico cartesiano para, al final, dejarlo en ‘cuarentenacomo está ocurriendo con el coche eléctrico por las presiones del lobby del petróleo.

Como resultado de ello, el desarrollo tecnológico tiende a seguir ciertas instrucciones, o trayectorias, que no necesariamente son determinadas por los ingenieros y demás técnicos. Se desarrollan aquellas ideas que encajan bien con el paradigma tecnológico, de lo contrario, tienden a ser ignoradas por la gran mayoría de los técnicos. Un ejemplo de ello es el desarrollo de nuevas técnicas para la limpieza del alcantarillado. El tratamiento de aguas residuales se ve limitado por culpa del paradigma tecnológico que se tiene acerca del tratamiento de las aguas residuales, y que está, actualmente, en vigor. Según este paradigma, se supone que las aguas residuales deben evacuarse a conductos centralizados que discurren junto a las vías navegables.

El tratamiento se clasifica según las tres fases siguientes: tratamiento primario, tratamiento secundario y tratamiento terciario, de modo que cada fase parte de la fase anterior. La primera fase, o tratamiento primario, consiste en reducir aceites, grasas, arenas y sólidos gruesos. Esta fase se realiza enteramente mediante el uso de maquinaria, de ahí que también sea conocida como tratamiento mecánico. La segunda fase, o tratamiento secundario, se ocupa de descomponer las aguas residuales.

El tratamiento secundario persigue degradar, substancialmente, el contenido biológico de las aguas residuales que se derivan de la basura humana, basura de comida, jabones y detergentes. Por último, la tercera fase, o tratamiento terciario, proporciona una etapa final para aumentar la calidad del efluente, de manera que se ajuste a los estándares requeridos, antes de que el efluente que resulta de este tratamiento sea descargado al ambiente receptor —mar, río, lago, campo, canal, etc.

Así pues, en lo referente al tratamiento de aguas residuales, confirmamos que toda nueva tecnología que se pretenda introducir, sólo será admitida si encaja bien dentro de este sistema. Este es el motivo de porqué se rechaza un sistema tan apropiado como es aquel formado por una red  doble para el suministro de aguas —llevaría el suministro de aguas grises y el de agua potable por separado— para el consumo de las viviendas y locales comerciales y de servicios y que, si se aplicara, podría reducir en más de un 40% los consumos actuales de agua potable. Si aplicáramos este sistema dejaríamos de utilizar agua potable para su uso en el inodoro, para lavar la ropa, para el riego de calles, para el lavado de coches, etc., y el consumo de agua se reduciría en más de un 40%, lo que beneficiaría a poblaciones que sufrieran escasez de agua.

En general, los cambios tecnológicos suelen ser graduales y se producen a partir de los paradigmas tecnológicos que estén vigentes. Además, la innovación tecnológica radical es rechazada, a menudo, por las empresas, debido a los cambios sociales que acompañan a la introducción de tal innovación tecnológica. Por ejemplo, pueden requerir cambios en los métodos de trabajo y en las competencias de los empleados e, incluso, variaciones importantes en la organización de la producción y en las relaciones que la empresa mantiene con sus clientes y proveedores. Según diferentes expertos,  un cambio tecnológico radical sólo puede darse si el contexto social de su entorno también cambia. Por eso, las épocas de crisis, como la que actualmente conocemos, suelen ser los momentos mejores para introducir cambios radicales.

Pero, sobre todo, cuando se trata de innovaciones radicales, deberíamos reflexionar sobre el hecho de que las grandes empresas multinacionales también tienen intereses creados que defender, en particular, los sistemas tecnológicos que utilizan. La razón de que Estados Unidos sea el país que más contamina del mundo tiene muy poco que ver con que tenga una carencia de conocimientos acerca de las tecnologías que son energéticamente eficientes o porque desconozca métodos de producción de electricidad, a partir de las fuentes de energía renovables. Sin embargo, sí tiene mucho que ver con el tamaño y poderío de las industrias petroleras, de las industrias del carbón y de las industrias del sector del automóvil, principalmente, y de la ‘influencia‘ que estas grandes empresas tengan sobre la clase política.

En el Reino Unido, el sistema de transporte público —en especial, el transporte ferroviario— es caro, poco fiable y, si uno se aparta de los lugares más concurridos, muy poco frecuente, tanto que, a veces, tiene que esperar el próximo tren, hasta el día siguiente. Y esto ocurre no porque el Gobierno británico, los gobiernos autónomos de Gales y de Escocia, los condados o las mismas ciudades no puedan permitirse el lujo de mejorar el sistema de transporte o porque no sepan cómo hacerlo, sino porque los intereses creados que están detrás de los transportes públicos tienen un poder insignificante en comparación con lo que representan los ‘lobbies’ o grupos de presión que tienen intereses en que el transporte por carretera —en base al consumo de hidrocarburos fósiles— siga siendo dominante. Lo mismo podríamos decir de algunos países del sur de Europa, pero, esta vez, elevado a la enésima potencia.

Por otra parte, debido a la dejación que suelen hacer los diferentes gobiernos, a la hora de actuar en contra de los intereses de las empresas rentistas del sistema, es difícil que la legislación y los instrumentos económicos que se aprueban valgan para algo. En realidad, son papel mojado ya que, raras veces, son lo suficientemente exigentes como para tengan éxito, a la hora de fomentar el cambio tecnológico que sería necesario para impulsar el desarrollo sostenible.

Y cuando la legislación que provoca el cambio tecnológico, por fin, es exigente, los empresarios rentistas del sistema contraatacan argumentando que se trata de una fuerte intervención del gobierno sobre el área de las tecnologías a aplicar y que ello es como una violación de la propia libertad de empresa. La misma libertad que nos ha metido en un buen lío al construir centrales térmicas a gas de ciclo combinado que carecen de la más mínima rentabilidad económica. Como ocurre con la crisis financiera actual, son los mismos rentistas aprovechados que entienden que los gobiernos deben intervenir cuando hay pérdidas porque, cuando hay beneficios, ya se encargan ellos de acapararlos.

Algunos expertos sostienen que los empresarios rentistas se apoyan en la libertad de empresa como argumento para que el gobierno no intervenga en las decisiones que determinan aquello que se ha de producir, así como tampoco intervengan sobre el cómo se ha de producir. Para estos empresarios, toda decisión que se tome sobre los recursos tecnológicos a utilizar en fabricación debería quedar, exclusivamente, en manos de las empresas. Salvo que se entraran en pérdidas que entonces, como hacen ahora el sector de la banca y el sector del automóvil, ya acudirían a donde los gobiernos a pedir ayudas y lo que haga falta para socializar sus deudas.

La mayoría de la gente que apuesta por unas mejores tecnologías se suele despreocupar de cómo conseguir que quienes ya se encuentren comprometidos con las tecnologías tradicionales lleguen a aceptar aquellas nuevas tecnologías que son ampliamente más apropiadas. Creen, ingenuamente, que si existen tecnologías que son mejores —no sólo en términos de beneficios para el resto de la economía, la sociedad y el medio ambiente, sino también en términos de avances en ingeniería, de ahorro y de rentabilidad— que serán aceptadas.

Algunos expertos sostienen que las tecnologías más apropiadas, en general, se pueden considerar como palancas que permiten efectuar los cambios, sin necesidad de cuestionar la estructura de poder establecida,  propia de las sociedades occidentales. Este hecho permite que aflore un cierto optimismo entre aquellos que están descontentos con la dirección y los valores que se han asumido en las sociedades donde viven. Piensan erróneamente que, en la medida que las nuevas tecnologías se impongan, también lo hará el cambio social.

A medida que se difunden con éxito las tecnologías, los que participan en proyectos similares esperan que permaneciendo en contacto unos con otros y comiencen a formarse pequeñas comunidades, se reestructurará lentamente la sociedad, gracias al creciente proceso de agregación social, que se realiza a pequeña escala, y gracias a las transformaciones técnicas. Para ellos, el cambio social radical podría imponerse, al igual que lo hicieron los pañales desechables o algún otro artículo de consumo que, hoy en día, sea popular.

Sin embargo, no todos los defensores de las tecnologías alternativas ignoran las dimensiones sociales y políticas inherentes a todo proceso de introducción de innovaciones. Los que así piensan reconocen las dificultades a las que se enfrentan todos aquellos que proponen diferentes tipos de tecnología que demandan cambios radicales en la sociedad. Es, en este momento, cuando pretendemos introducir los cambios radicales, cuando nos enfrentamos a los intereses creados de los rentistas del sistema.

A estas tecnologías rupturistas, aún siendo muy válidas, algunos las consideran como tecnologías utópicas. El adjetivo de utópicas les viene porque se considera que toda tecnología alternativa sólo podría ser aplicada con éxito y a gran escala, si también —y al mismo tiempo— se logra crear un modelo alternativo de sociedad que pueda ser defendido desde el liderazgo político.

A pesar de ello, muchos que defienden la introducción de aquellas tecnologías que sean las más apropiadas, no hacen ningún intento por comprender que no es tan fácil. Son gente bienintencionada que no conoce las respuestas a muchas preguntas del todo pertinentes: cómo se han podido desarrollar las tecnologías modernas, por qué algunas han sido aceptadas y por qué otras alternativas han sido descartadas. Por lo general, la mayoría de los ingenieros —palabra que debería provenir de ingenio y no de ingenuo— que intervienen en el área de las innovaciones actúan como si, simplemente, las realidades tecnológicas dominantes y los ‘lobbies’ o grupos de presión no importaran casi nada.

No podemos ser tan ingenuos, es importante no menospreciar los intereses creados de los rentistas que tanto han penetrado a la clase política. Por ello, no es aconsejable poner demasiado énfasis en los factores tecnológicos sin tener en cuenta los aspectos sociales, los factores políticos y económicos que pueden ser cruciales en la elaboración y aplicación de tecnologías. Debemos de dejar de creer que las tecnologías son neutras y en que depositando las esperanzas en aquellas tecnologías que nos permitan alcanzar un futuro sostenible, será como lograremos introducirlas para hacer las cosas mejor.

No nos olvidemos nunca de que existen rentistas del sistema que son muy influyentes y poderosos y que si,  con la introducción de unas determinadas tecnologías, presienten que se lesionan sus privilegios, lucharán para que dichas tecnologías nunca se apliquen, Así ocurrió, en Estados Unidos, con el coche eléctrico que, hace unos veinte años, se empezó a fabricar con éxito, y que debido a las presiones que las empresas automovilistas sufrieron por parte de las compañías petroleras, pronto dejaron de fabricarlos. Naturalmente, contando con el apoyo del propio Gobierno de Reagan.

El hecho de que contemos con medios y recursos tecnológicos suficientes como para eliminar el consumo de petróleo, reducir la contaminación y proteger el medio ambiente no significa que estos medios y recursos vayan a ser utilizados. En nuestras sociedades, hoy por hoy, predominan otros intereses poderosos que lo impedirán si es que no contamos con gobiernos honrados y valientes que lideren los cambios necesarios hacia una economía de bajo consumo de hidrocarburos fósiles, cuando antes, y en bien de la sociedad y su futuro.


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