La clave: socializar el sector financiero, en lugar de sólo sus pérdidas

Ahora que hemos entrado en una profunda recesión económica, aunque las manipuladas estadísticas lo nieguen, necesitamos reflexionar, más que nunca, sobre cuál es el futuro que queremos construir. Sin embargo, para contemplar nuestras acciones del presente y poder criticarlas con acierto y justicia, se necesita dotarse de un buen punto de observación. Sin duda, la mejor posición es aquel punto ascendente que se situa en el horizonte elevado del futuro. Desde allí, desde la distancia de los tiempos en que se encuentran esas realidades prematuras que conforman las utopías, la visión es más nítida y más clara y está dotada, además, de una gran profundidad de campo.

Esta nueva perspectiva nos permite analizar, con mayor rigor, los obstáculos estructurales que dificultan nuestra marcha correcta hacia un futuro sostenible que coincidiría con el lugar donde la mayoría de los seres humanos aspirásemos a estar: en el punto donde mejor se colmen nuestros deseos de felicidad. De este modo, veremos con claridad quiénes son los rentistas del sistema que nos impiden avanzar hacia la sostenibilidad, hacia un lugar donde la especulación y la avaricia sean tan prohibidas como innecesarias. Adelantaré ahora que la solución a la grave crisis económica actual pasa por socializar —nacionalizar— el sector financiero, en lugar de sólo sus pérdidas.

Señalaré, previamente, que, si uno es de espíritu generoso, no le será muy difícil situarse en un futuro que sea sostenible. Con ello, tampoco quiero decir que sea una tarea fácil, pero, considero que es bueno reconocer que se trata de una empresa que con cierto esfuerzo resulta, no sólo realizable, sino también algo muy provechoso y de donde podemos extraer innumerables enseñanzas para corregir nuestros errores, en el presente.

De este modo, es como podremos acometer, con menores dosis de riesgo e incertidumbre, las apuestas que nos depara el futuro. También es como podremos acometerlas con mayores probabilidades de éxito, al permitir que sea el conocimiento el que ilumine las acciones de los seres humanos y les dote, a su vez, de un elevado nivel de confianza en ellos mismos. La crisis de liquidez del sistema financiero, que ha dado lugar a la actual crisis de confianza, puede conducirnos a una grave y fatal crisis de solvencia que originaria un desplome de la economía sin precedentes.

En primer lugar, para situarse en ese futuro sostenible que nos aguarda, será necesario ponerse en disposición de poder hacerlo. Es necesario romper, mentalmente, con los lastres y las inercias del pasado que tanto daño nos están originando en el presente. En segundo lugar, esta ruptura con el pasado es fundamental ya que el mirar hacia atrás, además de no conducirnos a ninguna parte, nos obliga a llenar de nuevo nuestras vidas con el mismo número de errores, despilfarros y de pérdidas de tiempo de siempre. Finalmente, y en tercer lugar, nos hace retomar nuestras experiencias recientes cargadas de corrupción, egoísmos e intereses creados. Nos hace regresar a los lugares más estúpidos de la humanidad, rodeados de fracasos, de injusticias y de amarguras.

Para evitar caer en los errores del pasado, donde la especulación, la corrupción, la insolidaridad, la mentira, la apariencia, la avaricia y la estupidez de los seres humanos fueron sus grandes exponentes, en principio, se trata de asumir, con todas sus consecuencias, el precepto de la duda que nos señalara Descartes en su “Discurso del Método”. Se trata también de asumir, con decisión y valentía, que si las cosas no nos están saliendo bien, hasta ahora, es porque todavía nos obcecamos en seguir aplicando muchas reglas de juego, que si bien resultaron muy útiles en el pasado, ya no tiene ningún sentido que se sigan aplicando.

Sin embargo, lo hacemos. Mejor dicho: ¡Nos obligan a hacerlo!. ¿Y quiénes son los que nos obligan a ello?. La respuesta es clara y evidente: aquellos dirigentes que teniendo la legitimidad, la responsabilidad y la obligación de modificar las reglas de juego obsoletas —nuestros actuales dirigentes económicos, políticos y sociales— contrariamente a lo que deberían hacer, se empecinan en que el ‘status’ no varíe para que los rentistas del sistema permanezcan gozando de sus privilegios.

Gracias a nuestra ingenua complicidad y a nuestra innegable cobardía, la sociedad civil —aquella que tras la revolución burguesa estaba llamada a ser guía de los destinos de toda la sociedad, a nivel mundial— ha sido la gran engañada y, por el momento, está siendo la gran perdedora. ¡Y eso que, en teoría, es la más culta y desarrollada de toda la historia de la humanidad!.

Junto a la mundialización creciente de la economía y al amplio ritmo de progreso tecnológico que, actualmente, conocemos, la sociedad mundial asiste a dos movimientos de signo contrario y de intereses antagónicos. Por una parte, no expandimos, cada vez más, todos en todo. Es la expansión del comercio, de la ciencia y la tecnología, de los hábitos y comportamientos, del turismo, de las telecomunicaciones, de las relaciones humanas, etc.

Por la otra, ante el desarrollo tan potentoso y revolucionario de las estructuras en red como la multimedia e internet que ponen en cuestión las jerarquías, los rentistas del sistema, mediante la corrupción de la política, lograron hacerse con todo el poder para ahogarse en su avaricia, en crecimientos exponenciales sin límite, en irresponsables maximizaciones de beneficios, en apalancamientos financieros fraudulentos hasta crear burbujas que, cuando estallaron, demostraron el disparate que había sido apostar por la economía del ladrillo y los retorcidos vehículos de especulación financiera.

La salida a esta gran depresión económica deberá protegernos de los grupos de presión o ‘lobbies’ y demás castas detentadoras del poder para evitar que la riqueza y el poder queden bajo el control de unas pocas manos. Hasta ahora, se buscaba el control de la economía a través de su globalización y su correspondiente concentración decisoria en Wall Street. Desde el neoliberalismo —tan hipócrita como cobarde, implorando ahora que los gobiernos intervengan para salvar la economía— se buscaba la concentración del poder político mediante la profesionalización excesiva de la política y la dejación irresponsable de las obligaciones que ha de cumplir la política en el área económica.

Ahora, cuando lo peor de la crisis está todavía por llegar, necesitamos quemar etapas y recuperar tiempos perdidos para establecer otro nuevo modelo económico que sea más acorde con nuestras apuestas de futuro sostenible. Necesitamos verdaderos líderes políticos y no los mediocres que hemos conocido y vamos conociendo, durante lo que va de esta década. Resulta patético pensar que inmensa mayoría de los políticos que hemos conocido pasarán a la historia nada más que por ser eso: políticos. Serán reconocidos como los que mataron el arte de la política para dar a luz la de profesión de funcionario en política —un chupotero como otro cualquiera, que quiere pasarse la vida sin trabajar, ni pegar ni golpe.

Este fenómeno progresivo, que caracteriza a los políticos mediocres y sin ideas que tanto pululan, hoy en día, está llegando a ser letal para la humanidad entera. La mediocridad en la política ya no sólo amenaza a la democracia, sino que también hace que la corrupción sea la enfermedad crónica, por excelencia, de esta nueva profesión emergente de político profesional, funcionario en política o chupotero político que, sin tener ni pajolera idea sobre el qué hacer, tiene el ‘morro’ de presentarse a las elecciones en las opacas listas cerradas que permiten las partitocracias, como la del Estado español.

Por otra parte, mediante la concentración de poder también se persigue el control abusivo de los medios de comunicación. En realidad, la libertad de expresión se ha convertido en una burda caricatura de la realidad. Ya no existe mayor libertad que la del que detenta los medios de comunicación. Los derechos de propiedad y la usura se imponen por doquier. Ni tan siquiera se defienden ya las ideologías sino los intereses de grupos de presión o ‘lobbies‘. Se defiende el poder del dinero frente a cualquier otro concepto. La sociedad ha caido en la trampa de la exigencia de los derechos individuales, trampa que siempre beneficia al que más posee, y ha olvidado las responsabilidades sociales y colectivas que todos tenemos contraidas para con los más débiles.

En los tiempos actuales, ha resurgido con fuerza un nuevo tipo de “nobleza”. Se trata de una casta que se disfraza y se esconde tras sus siglas políticas, tras sus siglas comerciales o empresariales, o tras sus siglas sindicales. Por el contario, los integrantes de la sociedad civil nos hemos convertido en los nuevos “villanos“, en los nuevos siervos de la gleba, que, desprovistos del acceso y de la participación en la toma de decisiones estratégicas que tanto nos afecta en nuestras vidas, nos encontramos condenados a sufrir el futuro, en vez de intentar conquistarlo como debiéramos.

Esta “nobleza”, de caracter pro-oligárquico, que se ocupa, eficientemente, de que las reglas de juego obsoletas no varíen, es también la que controla casi el 100% de las decisiones que se toman en el interior de cualquier país, a pesar de que no llegan nunca a representar ni tan siquiera el 1% de su población. Esta nueva “nobleza”, o casta de privilegiados, es la que impide la tan necesaria democratización de la economía, la que se opone a la profundización de la democracia y la que dificulta la liberalización de las relaciones laborales y la solidaridad.

El discurso oficial se ha transformado en una gran mentira. Todo se ha convertido en gestos, en simulacros, en espejismos, en intenciones, en palabras huecas. No se intenta cambiar nada sino favorecer al que más tiene. Al final, se ha impuesto en nuestras vidas la ceremonia de la confusión donde los más perjudicados resultan ser los integrantes de la nueva casta emergente que forman las naciones y las personas de bien que también contienen a los marginados y los excluidos del sistema. La mayoría de los políticos están instalados en el cortoplacismo y son los ‘amiguetes‘ de los más ricos. Preguntarles a Tony Blair, a Felipe González, a Jose Mª Aznar para quienes trabajan ahora. Sus jefes son multimillonarios.

Salvo honrosas excepciones, apenas hay políticos que trabajen en soluciones estructurales que sean rupturistas con el pasado, para hacer frente a  los graves problemas que nos acucian. Infantilmente, lo que quiere la mayoría de los políticos es que vuelva aquel pasado feliz, en el que ellos reinaban cómodamente y apenas tenían problemas. Desean que este mal momento que arrastramos durante este último año, pase cuanto antes y que en la sociedad se produzca, por generación espontánea, la necesaria renovación. En realidad, lo que, de verdad, desean es que, por fin, llegue el milagro, donde puedan seguir mangoneando a su antojo, donde todo cambie, pero sin cambiar ellos. Donde no haya crisis pero que ellos, junto con sus ‘amiguetes’ puedan quedarse con la mayoría del poder y del dinero. Para ellos, lo importante es ganar; nunca fue participar

Muchos de estos oligarcas y sus gobiernos títeres, incluso, sueñan despiertos en que llegará el día esperado del milagro, a partir del cual se recuperarán esos años de prosperidad que conocimos en el pasado. Poco piensan sobre el hecho de que la historia nunca se repite y sí, por el contrario, la similitud de problemas a los cuales la especie humana ha de enfrentarse a lo largo de la historia. Paradójicamente, aunque sean los que más predican el discurso de que ellos son muy realistas y añaden, frente a sus oponentes, que ellos pisan siempre suelo, en realidad, son los clásicos topos que nunca fueron capaces de imaginarse nada diferente a lo que vivieron. Pretenden que haciendo más de lo mismo y manteniendo sus injustos privilegios podremos —más bien debería decir: podrán— salir de la crisis.

Por eso son muy peligrosos y hacen mucho daño a la sociedad, porque mantienen la ilusión de que podemos volver a los buenos tiempos del pasado, manteniendo las mismas reglas de juego ya caducas. La asunción de esas mentiras, por parte de la sociedad, de manera colectiva, puede ser suicida para ella y, ciertamente, muy poco propicia como para se produzca la emergencia de aquellos otros valores que tanto necesitamos para enfrentarnos solidariamente a la conquista de un futuro donde los seres humanos seamos más felices. En realidad, están frenando, cuando no impidiendo, la emergencia de otros comportamientos más adaptados a los verdaderos desafíos que nos plantean los proximos decenios de años que están por venir y que son, precisamente, los que nos deberían aguardar en este futuro que tanto anhelamos.

Cuando escribí el libro “El presente desde el futuro”, hace unos quince años, esperaba que la lectura de ese libro contribuyera en dar ánimos a quienes luchaban y no se resignaban a sufrir el futuro pues pretendían hacerse dueños de él. En particular, se lo dedicaba a todas aquellas personas honradas y valientes que ya habían tomado posiciones en su vida frente al neoliberalismo y que habían dicho: ¡Basta!. Recuerdo también con simpatía a las personas que me confesaron —eso fue durante la realización de los diferentes talleres de prospectiva empresarial que celebramos, a comienzos de los años 1990— que sus ideas sobre el futuro de la empresa eran totalmente opuestas a las de sus jefes.

La visión sobre el futuro de la empresa chocaba con la triste realidad de esos jefes atrapados en un pasado al que nunca podría regresar más. Los trabajadores más jóvenes, dotados de nuevos brios y de mejores y más avanzadas competencias, llegaron a considerar a sus jefes como un freno para el desarrollo de la empresa, un cáncer para con la eficacia y la eficiencia de la actividad que desarrollaban. Para ellos, eran jefes que despreciaban la innovación y las nuevas ideas, que defendían a ultranza las jerarquías y normas de conducta y organización que resultaban profundamente absurdas y anacrónicas. Eran jefes que luchaban inútilmente contra el curso de los tiempos por el mero hecho de que no querían que se les escapara el control del poder, a  través de la inteligencia diseminada por su empresa. Pagaban a la gente por trabajar y no por pensar y lo decían en voz muy alta. Ninguno de ellos había utilizado el ordenador alguna vez en su vida.

Muchos trabajadores de entonces fueron muy conscientes de que el principal obstáculo a la adecuación a los nuevos tiempos era, precisamente, tener jefes que desconfiaban de los suyos, que paralizaban la toma de decisiones. A veces, en plena connivencia, me confesaban con estupor que su jefe, en realidad, era un incompetente y un cobarde que, además, no permitía el que los demás emprendieran nuevas iniciativas y, mucho menos, que asumieran responsabilidades por ello. Ahora, están ocurriendo muchas cosas de lo mismo. Quizás, en vez de los jefes de la empresa, tengamos que hablar de nuestros dirigentes políticos, económicos y sociales. Se acercan nuevos tiempos. No podemos seguir como hasta ahora, ya que el tiempo corre en nuestra contra. Por tanto, debemos cambiar de modelo económico cuanto antes.

Sé que hay que ser prudentes, pero también es cierto que debemos ser osados. Curiosamente, la humildad y el amor a nuestro prójimo es la mejor arma con la que contamos. Se trata de ser desprendido y generoso con los que nos rodean. Se trata de crear equipos humanos de cooperación en la emergente sociedad, tan real como virtual que ya trabaja, a escala global. Se trata de decir no a la mediocridad de los políticos que nos asfixia. Se trata de ser valientes, de ser consecuentes con lo que pensamos, de ser osados y emprendores, de saber innovar y de aventurarse en las páginas nuevas y en blanco de nuestro futuro.

En cierto modo, se trata de ser prospectivista, de intentar escudriñar todo aquello que está o que debería estar detrás de tanta farsa y que, hoy en día, nos rodea. Se trata de reflexionar, profundamente, observando las ideas, las tendencias, los hechos portadores de futuro. El futuro no está determinado pero, entre todos los futuribles o futuros posibles que nos aguardan, algunos sí que son dignos de nuestra lucha y de nuestro esfuerzo. Se trata de un futuro donde el desarrollo sostenible cobre todo su esplendor. Pero, para nuestra desgracia, los rentistas del sistema nos lo van a poner muy difícil pues han permeado a nuestro dirigentes, presionándoles, cuando no impidiéndoles, para que no tomen las opciones estratégicas correctas.

Si queremos dar con la salida a la profunda y grave crisis que padecemos, dada la crisis de confianza en la que nuestras sociedades están inmersas —lo dije y lo volveré a decir mil veces— no hay otra solución que nacionalizar la banca y desapalancar el sistema financiero y, así, poder devaluar los activos inmobiliarios en más de un 60%. Esto es algo racional y lógico —a nada que uno sepa bien cómo funciona la economía capitalista y cuáles son sus debilidades. Por ello y ante la crisis económico-financiera actual, no es de extrañar, que hasta el país que fuera la quintaesencia del neoliberalismo, por excelencia, comience a darse cuenta de por dónde está la salida.

Así, en vista de que todas las medidas que se han tomado para ayudar al sector bancario —tras haber intentado, sin éxito, desbloquear los mercados crediticios congelados— no han valido para nada, lo más razonable sería socializar la economía, empezando por el sector de bancos y cajas de ahorro, en lugar de socializar las pérdidas —tal como los plutócratas, que dice mi amigo Alejo, plantean a los gobiernos.

Actualmente, el propio Departamento del Tesoro de Estados Unidos está estudiando la posibilidad de hacerse dueño de un gran número de bancos clave de Estados Unidos, para tratar de restaurar la confianza en el sistema financiero. Lo que prueba que los llamados expertos y ministros de economía que tenemos son unos verdaderos inútiles que, como ilustres embaucadores que son, se creen que saben algo, pero que no hacen más que llevarnos a la ruina con las ineficaces, pero muy costosas para los ciudadanos, medidas anticrisis que están tomando, pues no valen para nada. Necesitamos soluciones rupturistas con el pasado y los ministros de economía que tenemos ni se enteran, o no quieren enterarse, porque quizá estén en la nómina de algún banco poderoso..

En base a la socialización del sector financiero, también necesitamos dotarnos de un escenario apuesta y de un nuevo modelo de funcionamiento socioeconómico que sea coherente con el futuro sostenible que deseamos. Necesitamos unas nuevas reglas de juego que supediten el factor capital a la consecución del desarrollo sostenible y que sea respetuoso con los límites naturales al crecimiento que imponen las leyes físicas, el agotamiento de los recursos naturales y nuestra obligada adaptación al Cambio Climático, desde la solidaridad y cooperación social e internacional. Ha llegado la hora de la verdad.


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4 Responses to La clave: socializar el sector financiero, en lugar de sólo sus pérdidas

  1. Dalmata 102 dice:

    Has estado muy acertado, Juanjo, la nacionalización es la única salida y este ZP, Solbes e incluso Rajoy sin enterarse. Vaya líderes de tres al cuarto que tenemos!!!

    Ensima, como dice el periódico Expansión, las cajas de ahorro penden de un hilo para no irse a la quiebra. Los bancos se están hundiendo en toda Europa pese a que la economía real está más o menos bien. En España, la situación es la contraria. La economía está en recesión, el desempleo se dispara y el mercado inmobiliario ha estallado. Curiosamente, sin embargo, la salud de los bancos españoles parece estar bien.

    Esta situación se produce gracias a las contracíclicas medidas impuestas por el Banco de España, unas medidas de prudencia que han dado sus frutos. Las dos principales entidades españolas, Santander, el mayor banco de la eurozona por capitalización, y BBVA, el cuarto, muestran una solidez atípica.

    La mitad del sistema financiero español lo componen 45 cajas que no cotizan en bolsa y son propiedad de los gobiernos locales. Están totalmente enfocadas a un negocio a nivel nacional y, por lo tanto, muy expuestas a la propiedad y también -porque no pueden salir a bolsa o ampliar capital- a tener problemas para conseguir liquidez a corto plazo.

    Se estima que el 70% de las cajas combinan 900.000 millones de euros en su cartera en préstamos destinados al sector inmobiliario. Deudas de difícil cobro que el pasado año se duplicaron. Además, Credit Suisse espera que, nuevamente, se dupliquen al 5%, el doble de la media europea.

    Así, la bancarrota de la inmobiliaria Martinsa Fadesa, entre otras compañías de este sector, podría suponer la eliminación de las provisiones de las cajas. Los mercados de deuda, se encuentran, por tanto, cerrados. Y sólo una caja, Caja del Mediterráneo, se ha atrevido a sacar al mercado cuotas sin derecho a voto con el fin de aumentar sus fondos. Aunque el precio de las cuotas está apoyado en el mercado secundario por otras cajas, ha aumentado el riesgo de su deuda.

    No todas las cajas tienen el soporte de La Caixa, con sede en Barcelona, que pueden vender sus multimillonarias participadas en caso de necesitarlo. Los rescates se producen sobre algunos de los más pequeños, la opacidad en los bancos se presenta inevitable. Las participaciones inmobiliarias en la banca española comienzan a quemarse lentamente. La explosión podría ser grande.

  2. Sirenita dice:

    Yo también creo que la nacionalización de la banca es la solución. Sobre ello el periodico, El Mundo, recoge una noticia muy interesante que reproduzco porque va confirmando lo que algunos pensamos que habria que hacer.

    “Bush estudia nacionalizar los bancos de EEUU con un plan similar al de Reino Unido

    La Administración Bush está estudiando un plan para nacionalizar parcialmente los bancos de la primera economía mundial. El plan podría ser relativamente similar al lanzado el miércoles por el Reino Unido, en virtud del cual el Gobierno de ese país inyectará 64.000 millones de euros en las instituciones financieras británicas que necesiten reforzar su capital, según informan los diarios ‘The New York Times’ y ‘Financial Times’.

    La nueva iniciativa se debe al aparente fracaso del plan para nacionalizar 512.000 millones de euros de deuda de las instituciones financieras. Esa iniciativa fue aprobada el viernes pasado por la Cámara de Representantes, tras dos semanas de duras negociaciones, pero no ha logrado interrumpir el desplome de las Bolsas de EEUU.

    La decisión de la Reserva Federal de empezar a prestar dinero directamente a las empresas -una medida sin precedentes- tampoco ha logrado frenar la contracción del crédito de la mayor economía del mundo, que amenaza con paralizar totalmente la actividad productiva del país.

    La nacionalización de la banca estadounidense fue insinuada el miércoles por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, de ese país -paradójicamente, ex presidente del mayor banco de Wall Street, Goldman Sachs- cuando dijo en una rueda de prensa que “utilizaremos todas las herramientas que nos han sido otorgadas con la mayor eficacia, incluyendo el refuerzo de la capitalización de las instituciones financieras de todos los tamaños”.

    De llevarse a cabo, esa medida contaría con el apoyo de gran parte de los economistas independientes, que han subrayado en los últimos días que el plan de rescate de la deuda no resuelve los problemas de los balances de los bancos, y que éstos precisan una recapitalización. La oposición demócrata también apoya una eventual entrada del Estado en el capital de los bancos, dado que, si estos se estabilizan y sus acciones suben, la operación podría beneficiar el largo plazo a las arcas del Estado.

    Sin embargo, todavía quedan serios interrogantes a un eventual plan de este tipo. El más obvio es qué pasaría con la remuneración de los directivos de las entidades que se acojan al programa. Según la Ley aprobada el viernes pasado, el Estado tendría la potestad de recortar los salarios de los máximos responsables de esas entidades, y eso es algo que es anatema en Wall Street, una comunidad donde el ‘bonus’ -la remuneración variable que se recibe a final de año- es intocable.

    Curiosamente, en los años 90, EEUU se opuso frontalmente a que los países con graves problemas bancarios, como Japón, México y Corea, nacionalizaran sus bancos”.

  3. Espartacus dice:

    Te felicito. El artículo es brillante y es una lástima que no llegue a mucha más gente como debiera.

    Por mi parte, procuraré difundirlo entre mis amistades. Es tan didáctico que se los voy a llevar a mis hijos. Ha sido un placer leerlo y te doy la enhorabuena por ello.

    Un cordial saludo Juanjo y hasta otra

  4. Alexis dice:

    Eres en realidad un genio. Veo que tus ilustraciones son necesarias para nosotros. Gracias. Voy a tratar de divulgar tus ideas y ensenanzas. Eres recomendable y espero que los demas hagan algo por igual. Alexis.

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