El caballo de Troya islámico

Desde otro enfoque más complementario, también hemos de destacar que la aparición de los fondos soberanos se ha producido con fuerza, en los últimos tiempos, y que su comportamiento ha sido muy parecido al que protagonizan los corredores de bolsa en los mercados de valores internacionales. Sabemos que los fondos soberanos son controlados por los gobiernos de aquellos países que son dueños de estos fondos de inversión. Estos países invierten miles de millones en fondos de inversión libre y fondos de cobertura o ‘hedge funds‘, fondos de capital privado, bienes raíces, recursos naturales, medios de comunicación y otros activos de la economía de los países desarrollados.

Gran parte de la actividad económica que desarrollan estos fondos soberanos, es generada por los llamados fondos de inversión islámicos —correspondientes a cinco países del Golfo Pérsico: Abu Dhabi, Dubai, Qatar, Kuwait y Arabia Saudita— y que suponen casi la mitad del total que representan los fondos soberanos activos en los mercados de valores mundiales. Arabia Saudita ha sido el último país islámico en entrar a pertenecer a este club tan exclusivo de los países que manejan grandes sumas de petrodolares inversores.

En efecto, a comienzos del este año, Arabia Saudita, el mayor productor de petróleo mundial, lanzó la noticia de que se sumaba a los países con fondos soberanos. Para ello planeaba lanzar un fondo soberano con un capital inicial de 6.000 millones de dólares al objeto de canalizar las ganancias excedentes que está recibiendo por la venta del crudo. La idea de este país islámico era invertir principalmente en acciones de empresas extranjeras.

Impulsados por el récord alcanzado de los precios del crudo de petróleo y las crecientes reservas en moneda internacional, los activos soberanos podrían crecer cuatro veces, pasando de 2 billones de euros a 10 billones de euros en tan sólo una década, De este modo, podrían igualar la capitalización del S&P 500 de la bolsa de valores de Nueva York. Según las estimaciones de algunos expertos, estos fondos soberanos crecerían tanto que, para el año 2023, contarían con unos activos por valor de unos 20 billones de euros.

Como muestra del potencial poderío de estos fondos, un rápido repaso de la lista de adquisiciones realizadas por estos países, durante los últimos meses, nos podría dar una idea de lo que, presumiblemente, nos vendrá. Así, antes de la inyección de 7.500 millones de dólares a Citigroup, aprovechando que este holding financiero se encontraba, no hace mucho tiempo, en dificultades, los fondos sobreranos de Abu Dhabi, cuya cuantía es de 900.000 millones de dólares, compraron una fuerte participación de 622 millones en acciones de AMD —el segundo mayor fabricante mundial de chips— y el 7,5 % del grupo Carlyle.

Dubai, un emirato de tan sólo un millón de habitantes, compró el 22% de la bolsa de valores de Londres —otro 24% adicional de la bolsa de valores fue comprado por Qatar. También compró el 20% de Nasdaq, así como participaciones de Deutsche Bank, del banco británico HSBC, de la bolsa de valores de Euronext, del enorme fondo de cobertura Och-Ziff Capital Management, de la empresa fabricante de automóviles, Daimler, de Sony Corp, de MGM Mirage y de la cadena de tiendas de lujo, Barneys. A su vez, los fondos soberanos kuwaitís, ‘Kuwait’s Investment Authority’, inyectaron miles de millones de dólares a Citigroup y a Merrill Lynch.

Algunos expertos rechazan que se tenga miedo a que los países islámicos inviertan, cada vez más, en las empresas más emblemáticas de los países de Occidente. Ven absurdo que, por el mero hecho de que los árabes, gastándose grandes sumas de dinero, adquieran participaciones de empresas líderes en las economías occidentales, se desaten temores del todo infundados. Consideran que quien se opone a ello, en realidad, está adoptando una nueva forma de patriotería —patriotismo exagerado y mal entendido. En consecuencia, se burlan de estas timoratas y demagógicas posturas a las que las comparan con aquellas que, tan errónea como equivocadamente, fomentaron el temor a los japoneses, durante la década de 1980, cuando comenzaron a invertir en Estados Unidos y en Europa.

Pero estos expertos, nunca dan razones de por qué piensan así. Son bienintencionados o bien interesados, sin más. Algunos de ellos, tiene un carácter parecido al de personajes animados como Mickye Mouse —son los eternos ‘optimistas’ de los que me fío muy poco. Para ellos, los fondos soberanos representan una bendición para la economía, ya que proporcionan el capital necesario que requieren aquellas grandes empresas que se encuentran en dificultades y, de paso, apoyan a que el dólar y el euro mantengan su poderío. Sin la inyección de dinero en efectivo a los grandes bancos, se podría producir un colapso financiero de proporciones gigantescas. Los fondos soberanos invierten y también corren riesgos, como hemos visto tras la quiebra de los grandes bancos de inversión estadounidenses y los bancos europeos como Northern Rock, Bradford & Bingley, HBOS, Fortis y, últimamente, Dexia e Hypo Real Estate.

Para un observador más alertado sobre lo que representa la estrategia de la paz, podríamos decir que, cara al futuro, lo que realmente importa sobre los fondos soberanos de los países emergentes, es sólo si, en los próximos años, el deterioro actual en las relaciones que se desarrollan entre los países de Occidente y algunos de los países inversores —ahora que nos pueden comprar barato, mediante inversión de sus fondos soberanos— se va a incrementar negativamente o no. Si todos los países se benefician de la inversión que realizan los países islámicos en la compra de acciones y/o empresas de los países desarrollados, habrá muy pocos motivos de preocupación.

En caso contrario, si se benefician sólo los árabes, la cuestión podría ser hasta peligrosa. Hemos de tener en cuenta que existe una diferencia fundamental entre los que representa una inversión que realiza un país soberano y la de un particular y/o empresa privada. Los inversores privados están motivados únicamente por el deseo de maximizar el valor de sus acciones. No ocurre así con las inversiones que realizan los países.

En efecto, el gobierno de un determinado país que invierte en un país desarrollado tiene unos objetivos muchos más amplios que los de obtener beneficios económicos. Principalmente, estos países ricos emergentes buscan poder. Persiguen aprovechar al máximo su influencia geopolítica y, a veces, pueden incluso, hasta perseguir la difusión de ideas o ideologías que podrían ser contrarias a los intereses del país desarrollado.

Mitsubishi Estate, la empresa japonesa que compró el Rockefeller Center, en 1989, no era ninguna empresa competidora de Tokyo y su riqueza le vino, no de la perforación de agujeros en el suelo, para extraer petróleo, sino que le vino de la sagacidad y del trabajo arduo desarrollado por el pueblo japonés. En este caso, lo que es más importante y destacable, es el hecho de que Japón fue —y sigue siendo— un país alineado y amigo de los países occidentales.

Esta afirmación difícilmente se hubiera podido decir acerca de Vladimir Putin, presidente de la Federación rusa. Tampoco se hubiera podido hacer de China o de los once países que ocupan las oficinas de Viena de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP, y en las que algunos de sus países miembros utilizan sus ingresos, los llamados petrodólares, para financiar la proliferación del Islam radical, desarrollar capacidades nucleares y violar, en serie y hasta la saciedad, los derechos humanos.

Como cada vez va siendo mas conocido por todos, durante décadas, el líder de facto de la OPEP, Arabia Saudita, ha participado activamente en la promoción del ‘wahhabismo’ — subsecta religiosa fundamentalista musulmana de la corriente mayoritaria del sunnismo, y, en especial, de la escuela hanbalí, que destaca por su rigor en la aplicación de las leyes islámicas y por un constante deseo de expansión, debido a su fuerte carácter misionero —y sus organizaciones benéficas y otras instituciones gubernamentales y organizaciones no gubernamentales encargadas de invertir en organizaciones terroristas y en el fundamentalismo islámico.

Hasta el día de hoy, se sabe que Arabia Saudita, aprovechándose de la fe musulmana, está financiando un sistema de educación fanatizante e incendiario, en diferentes países del mundo, y que, con su dinero, se alimentan casi todos los conflictos que suceden desde los Balcanes hasta Pakistán. Aunque los sauditas sólo son algo más de un 1% del total de la población musulmana, a nivel mundial, sus petrodólares financian el 90% de los gastos religiosos de las madrazas o escuelas islámicas fundamentalistas donde, entre otras cosas, se enseña que Al-Andalus —no se engañen pensando que hablan de Andalucía, se refieren a toda la Península Ibérica— es parte integrante del Islam que hay que recuperar, al tiempo que se les alienta a los jóvenes desde la niñez, a odiar al mundo occidental.

Arabia Saudita es un país encerrado en su propia trampa. Por un lado, se hace pasar por amigo de Occidente —y los países occidentales se hacen pasar por amigos de sus actuales monarcas sauditas, como lo es la familia Bush, porque saben que si gobernara Bin Laden, derrocando esta corrupta monarquía, sería peor y, sobre todo, porque tiene petróleo. Por otro lado, Arabia Saudita es uno de los países más retrógrados y reaccionarios del mundo, donde las libertades no existen, las mujeres son ciudadanas de tercera clase —por detrás de los hijos— el proselitismo religioso está condenado con la muerte y que vive anclado en plena época feudal, a pesar de sus intentos por modernizarse.

Además, movido por su religión que practica de manera exclusiva y fanatizante, se sabe que, con sus petrodólares, financia gran parte del terrorismo islámico. De hecho, durante 2002, la sospecha de que varias madrazas o escuelas islámicas de Pakistán podrían resultar, en la práctica, centros de reclutamiento para el terrorismo fundamentalista, llevó al gobierno pakistaní a regular la obligación de registrar la habilitación de estas instituciones educativas. Esta sospecha se ha extendido a otros países donde resurgen grupos terroristas.

Hemos llegado a un punto, que recientemente, el subsecretario del Tesoro de la Administración Bush —que tantos jeques amigos y socios petroleros tiene entre los árabes saudíes— encargado de la lucha contra la financiación del terrorismo, Stuart Levey, manifestó en una entrevista: ‘Si tuviera una varita mágica que me permitiera cortar la financiación de un país, lo haría con Arabia Saudita’.

Y, sin embargo, son ahora los saudíes los que están planeando cómo invertir en Occidente, los que serán los fondos soberanos más importantes del mundo. Mirando hacia el futuro, y dada la dominante posición económica que Arabia Saudita mantiene en el Oriente Medio, el hecho de ser los dueños de una cuarta parte de las reservas mundiales de petróleo y de disfrutar, debido a los altos precios del crudo de petróleo, de un creciente superávit nacional, no podemos sino esperar que, muy pronto, conoceremos un gigantesco tsunami de inversiones procedentes de Arabia Saudita. Un tsunami financiero que, surgiendo de Oriente Medio, se acercará a las costas de los diferentes países desarrollados y que amenazará con anegarlas de petrodólares, para luego hacerse dueño de sus baluartes y perlas más preciadas.

El ascenso de Arabia Saudita y del resto de países petroleros del Golfo a la posición de aquellos países que detentan un supremo poder económico es una consecuencia directa del aumento de los precios del petróleo y sus consiguientes ingresos en divisas. Últimamente, los ingresos correspondientes a la venta del petróleo en los mercados mundiales han permitido a estos países árabes acumular una riqueza sin precedentes. Recordaré ahora, que el precio del petróleo se ha multiplicado por cuatro, en tan sólo seis años, pasando de 25 dólares/barril a 100 dólares/barril.

Debido a ello, y también en sólo seis años, los países ricos en petróleo han multiplicado por cuatro sus ingresos, recogiendo unos 700.000 millones de dólares, en concepto de ingresos por la venta y suministro de petróleo, durante el último año. La transferencia monetaria resultante que ello permite, está creando ya cambios estructurales en la economía mundial y causando a los importadores de petróleo graves problemas económicos tales como fuertes incrementos de los déficit comerciales, pérdida de puestos de trabajo, ralentización del crecimiento económico, incremento de la inflación y, si los precios siguen creciendo, inevitable recesión económica.

El impacto sobre los países en vías desarrollo —muchos de los cuales todavía siguen arrastrando las deudas de la anterior crisis del petróleo que se produjo en la década de 1970— es todavía mucho más grave. Un precio del petróleo que se sitúe por encima de los 100 dólares/barril, no sólo llegará a ralentizar el crecimiento económico de estos países y a tensionar aún más los conflictos sociales internos, sino que también volverá a estos países, económica y políticamente, muy dependientes de algunos de los países más dictatoriales y menos democráticos de la OPEP.

Sin un verdadero ‘fair play’ que permita reinventar unas nuevas bases para las relaciones comerciales, económicas y financieras entre los diferentes países. Una bases que sean más justas y solidarias, donde se ponga cerco a la usura —el capital deberá conocer sus límites— y se institucionalice la cooperación y las ayudas eficaces al desarrollo para con los países del tercer mundo. Es necesario volver a los principios de un keynesianismo adaptado a los nuevos tiempos que erradique la perversión inherente al neoliberalismo.

Si ello no ocurre, el caballo de Troya islámico, o bien funcionará a la perfección y será el declive de Occidente, o bien entraremos en una cruel guerra por el control de los recursos de consecuencias graves e imprevisibles. Por de pronto, ahí están las declaraciones de ayer del analista jefe del Deutsche Bank, Norbert Walter, que ve el futuro económico muy negro, por lo que aconseja que Europa debería pensar en su propio plan de rescate, ya que la recesión planea sobre todo el mundo, es especial, sobre Estados Unidos, Europa y Japón. No nos olvidemos tampoco que muchos de los fondos soberanos saben, perfectamente, lo que nos sobrevendrá y están pensando ya en hacerse con todo aquello que quiebre y que merezca la pena. Los fondos soberanos se aprovecharán de los despojos de la crisis pues muchos de ellos se podrán luego reflotar pero, eso sí, previamente, comprándolos a precios de saldo.

 


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6 Responses to El caballo de Troya islámico

  1. nombre dice:

    Me asombra la hipocresía que destila este artículo, cuando los americanos (digo los americanos porque son los que tenemos más a mano ahora, pero los europeos no nos hemos portado mejor) han invertido en otros países, han quitado y puesto presidentes han expoliado recursos pagándolos a 2 pts., han impulsado miles a gobiernos que han provocado miles de “desparecidos” no eran ningún caballo de Troya, ahora cuando se intuye qué nos puede pasar si el capital no está controlado por “los nuestros” es un peligro aterrador. Pues eso es lo que le ha pasado a medio mundo y en concreto al pueblo árabe que ha visto cómo se enriquecían sus reyes y sus amigos occidentales y a ellos les ha llegado lo mínimo.

    Yo no soy tan pesimista, opino que los árabes se portarán como cualquier otro capitalista y querrán rendimiento por sus capitales y nosotros nos veremos esclavos de los árabes. ¿Qué más da ser esclavo de árabes, americanos o ricos locales?

    No es un problema de caballos de Troya es un problema de pérdida de influencia, el mundo occidental tienen problemas graves, su modelo se está agotando y su hegemonía se está perdiendo, el centro del mundo se está desplazando desde Nueva York a Shanghai y los árabes intentan que se vaya hacia estas ciudades estrambóticas que construyen en el mar o en el desierto. La historia se repite: este mismo artículo lo podías haber leído al principio de los años 80, entonces se hablaba de los petrodólares y ya ves cómo acabó todo. A los árabes el chollo del petróleo se les acabará y entonces verán su propia decadencia porque hasta ahora han mostrado poco talento para aprovechar la riqueza que les ha dado la Tierra.

  2. jjgabina dice:

    Tengo muy claro, Nombre, que no has sido muy justo en tu crítica. No creo que de mis artículos se desprenda ninguna defensa del capitalismo explotador de países y de clases sociales sino, más bien, todo lo contrario. Mi preocupación se debe a que considero muy peligroso que el poder quede en manos de dirigentes que no son demócratas, ni defensores de las libertades. Se nota que no conoces bien los países y/o partidos árabes y/o islámicos que son fundamentalistas y de lo que para ellos representan las libertades. Con todo, de lo que si me puedes achacar es de que coloco a la libertad de los seres humanos por encima de todo. Pero en eso nunca cambiaré…

    Saludos cordiales

    Juanjo Gabiña

  3. Don Luca dice:

    A mi me da que no entendió el mensaje. Nomás que lo lea otra vez para que lo entienda. Ustedes los españoles también robaron en América pero nos dieron también mucho. Nos civilizaron y nos dieron la cultura y la gran lengua que es el español y que tanto nos une. No se puede comparar con lo que viene porque muchos países árabes viven como en tiempos de los incas. De los musulmanes solo espero una teocracia y una sumisión a la sharia o ley coránica que tienen. Tan salvaje y cruel no? Me da miedo ver lo que rezan los nombres de sus partidos políticos. Hizbolá significa el partido de Dios y Hamás significa sumisión a Dios.

    No se preocupe usted, Juanjo y siga con sus articulos que cada día son mejores.

  4. Sirenita dice:

    Estoy contigo Don Luca, ese Nombre se ha pasado pueblos…no hay leido nada y le recuerdo algo que sí me ha agradado mucho:
    “….Una bases que sean más justas y solidarias, donde se ponga cerco a la usura —el capital deberá conocer sus límites— y se institucionalice la cooperación y las ayudas eficaces al desarrollo para con los países del tercer mundo—”

    Sl2 🙂

  5. Nombre dice:

    Parece que he herido susceptibilidades y no hay nada más lejos de mi intención: sólo aspiro a poner de manifiesto que no se pueden poner dos varas de medir una para “nuestros” capitalistas que son buenos y otra para los moros que son malos. O dicho de otra manera el caballo de Troya lo hemos tenido siempre llámese banquero americano o fondo soberano árabe.

    Los países árabes, aunque no lo parezca tienen un problema, tienen un montón de dinero y han de hacer algo con él para no perder, lo más sensato es invertirlo allí donde piensen que les va a dar mejor rendimiento. Desde luego que poseer importantes participaciones en grandes compañías les va a dar poder, igual que tienen poder los fondos de pensiones, los fondos de inversión etc que compran participaciones importantes en empresas vitales de países extranjeros.

    La preocupación de si con estas inversiones van a financiar terrorismo está fuera de lugar, el dinero ya lo tienen y si quieren financiar terrorismo o fábricas de armas sólo tienen que hacerlo, no necesitan invertir en bancos extranjeros, ricos ya lo son y mucho. Creo que el argumento es el opuesto al del caballo de Troya, el sólo hecho de que inviertan quiere decir que les preocupa el futuro y aspiran a conservar su nivel de vida.

    Los males de los países occidentales son autóctonos, creados por “sus” políticos y hombres de finanzas (o empresa, esos que llaman emprendedores o líderes), no provienen de los países productores de petróleo,

  6. Sirenita dice:

    Lo que escribes ahora Nombre, es más correcto, aunque precisare que la financiacion del terrorismo islamico no esta nunca fuera de lugar pues se sigue haciendo hoy en día con el dinero que les pagamos por la compra de petroleo..

    ¿Y eso esta fuera de lugar? Me mosquea lo que dices. ¿Que intentas tapar? A los terroristas, el dinero les viene del petróleo y de la heroina. Arabia Saudita e Irán son sus pilares, sin olvidarnos de Siria y Sudan. Eso lo saben hasta los mas tontos.

    Sl2 🙂

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