Sin anticipación todas las soluciones son malas

Se suele decir que cuando se produce la necesidad de una mutación estructural en el sistema productivo-energético-económico-financiero y no la realizamos, es cuando entramos en crisis. Ahora estamos viviendo una profunda crisis que nos está llevando a una recesión —si es que no nos ha llevado ya— cuyas consecuencias aún son inciertas aunque me sospecho que nada buenas. Esta reflexión es, en gran medida, acertada y un buen punto de partida para hacernos las buenas preguntas —condición ‘sine qua non‘ para dar con aquellas buenas respuestas que nos permitan solucionar nuestros graves problemas.

Sin embargo, para ser más exactos, habría que añadir que precisamente lo que ocurre es que no hemos sabido o no hemos sido capaces de ofrecer, a tiempo, una respuesta correcta y ajustada de adaptación al nuevo paradigma productivo-energético-económico-financiero que, poco a poco, se irá implantando en nuestra sociedad y a escala planetaria. Desgraciadamente, nuestros políticos creen que con la aplicación de medidas políticas paliativas saldremos de la crisis cuando es todo lo contrario. La crisis, no por negarla o menospreciarla, dejará de ser grave.

Para adaptarnos sin traumas, y a tiempo, al nuevo paradigma emergente, haría falta dotarnos de una estrategia rupturista y anticipativa y dejar de vivir en el corto plazo, como acostumbramos. Es una tarea que se inserta dentro de lo que se conoce como el arte de la política —aquella maestría que se ocupa de preparar bien un futuro deseado y que utiliza los esfuerzos y recursos del presente para poder construirlo.  Es una tarea que, en sí, no es difícil pero que, sin embargo, exige cambiar el actual orden de prioridades en la política. Recuperando el sentido de lo importante frente a la tiranía de lo urgente.

Empresa es sinónimo de iniciativa. Hemos se emprender un largo viaje y para ello, debemos evitar pesos y lastres inútiles. Por ello, debemos aprender a decir no a las insistentes demandas —interesadas en mantener sus injustos privilegios— de la banca y de las cajas de ahorro, del sector energético —eléctrico, gasista y petrolero— del sector de la construcción, del sector del transporte por carretera, del sector que integra a las empresas grandes consumidoras de energía, del sector de los grandes distribuidores de alimentos, etc. En suma, dejar de servir a los intereses creados y espureos de los oligopolios, para poner por encima siempre a los ciudadanos y su bienestar social, en coherencia con la consecución de aquel escenario apuesta que hayamos elegido entre todos y sea acorde con el nuevo paradigma socioeconómico.

Los gobiernos deberían estar al servicio de los ciudadanos y no al servicio de los oligopolios o rentistas del sistema como lo hacen, hoy en día. Por eso, no es tan difícil preparar bien el futuro, porque significaría acabar con los privilegios de los rentistas del sistema obsoleto en el que vivimos y eso es, precisamente, lo que nuestros diferentes gobiernos no hacen.

También significa decir ‘No’ a este modelo de vida consumista que nos hace ser, cada día que pasa, más estúpidos, y con el único aliciente en nuestras vidas de engordar cifras de audiencia de un determinado medio de comunicación o engordar cuentas de resultados de cualquier entidad bancaria ajena o de cualquier empresa fabricante de un determinado producto de moda. Rompiendo con el pasado obsoleto en el que vivimos —y que, debido a sus fuertes inercias e intereses creados, nos impide salir de la crisis— es cómo podríamos evitar el tener que sufrir nuestro futuro, inexorablemente.

El futuro no se prevé sino que hay que prepararlo, en base a la consecución del escenario apuesta que hayamos elegido. Las estrategias reactivas —entre ellas la reingeniería— cada vez nos hacen llegar más tarde y peor a la solución de los problemas. Necesitamos la estrategia anticipativa o preactiva. Es así como nos resultará sencillo y factible reinventar un futuro, que sea más adecuado a las necesidades que nos plantea el nuevo paradigma emergente y que coincida con nuestros deseos y aspiraciones, dentro del abanico de los escenarios que nos sean posibles y realizables.

En coherencia con ello, necesitamos realizar, cuanto antes, la transición al nuevo modelo productivo-energético basado en el ahorro y la eficiencia energética, las energías renovables y la productividad de los recursos. Pero eso significa decir no a los combustibles fósiles y al gas natural y es, en este preciso punto, dónde los gobiernos chocan con grandes intereses creados y no se atreven a enfrentarlos. La corrupción tiene mucho que ver en este asunto. ¿Llegarán a estar los diferentes gobiernos a la altura de las circunstancias?. La respuesta es determinante para poder saber el futuro que nos aguarda. Si, en su país, son las empresas petroleras, gasistas y eléctricas las que mandan o influyen decisivamente sobre las políticas energéticas de los gobiernos —obviamente, en connivencia con la banca— le puedo asegurar que su futuro —con muy pequeño margen de error—  será muy negro. Donde no hay mata, no hay patata.

Este esfuerzo nos permitirá asumir otra concepción de la sociedad del futuro que será diferente y más apropiada a los retos que debemos encarar sin remedio. Nos permitirá dotarnos de una concepción del futuro más acorde con la equidad humana, la justicia social y la sostenibilidad del Planeta. Será un futuro que implicará grandes cambios, tanto a nivel de la organización empresarial como a nivel de la producción y consumo de la energía, de los productos que fabricamos y consumimos, del bienestar social y de la distribución de la riqueza. En suma, el futuro no será en nada semejante a nuestro pasado consumista y devorador de recursos o recursivoro.

Es también así como podríamos lograr que la propia estructura productiva de los países mejorase y se convirtiera en una tierra bien regada y abonada para la siembra y generación de nuevas empresas y de nuevos empleos, donde el neoliberalismo fuera sustituido por un modelo socioeconómico más equitativo y solidario. Un modelo socioeconómico donde el factor capital estuviera sujeto a serias limitaciones, en relación con el resto de los factores. En caso contrario, cada vez iremos de mal en peor. Bastaría recordar que los basureros de la historia están llenos de tendencias prolongadas.

Hasta ahora, en un gran número de países desarrollados —y en bastantes de los países que se encuentran en vías de desarrollo— han sido las industrias las que han basado su supervivencia en base a los rendimientos de fabricación —generalmente en base a la economía en costes laborales y en precios de las materias primas— y, por ello, se empecinaron en desarrollar sistemas organizacionales en las empresas que globalmente fuesen, más que nada, disciplinados y eficaces con el objetivo de aumentar, constantemente, su valor añadido o agregado.

Sin embargo, hoy en día, la inteligencia, la creatividad,  la innovación y el conocimiento tienen cada vez mayor valor, dentro de los factores que contribuyen al éxito de las empresas. En los tiempos actuales, aquellas empresas que no lo tengan claro estarán condenadas al fracaso. Deberíamos reconocer con humildad que, a pesar de la crisis, la competencia se nos pone cada vez más difícil porque, a pesar de los aumentos de productividad, las empresas están viendo cómo el valor añadido o agregado que se incorpora al producto final, se encuentra cada vez más desmaterializado.

También influyen los bajos precios de la competencia china. En otras palabras, si queremos competir deberemos incorporar valor añadido que se apoye, cada vez más, en base al valor intangible o inmaterial. Por otra parte, el principal valor añadido de una empresa es el estar dotada de una Estrategia, coherente con la necesaria transición actual que nos baliza y delimita el ‘Cambio de Era‘ hacia la Sostenibilidad. “No hay vientos favorables para aquel que no sabe a donde quiere ir” —nos decía el filósofo Séneca con gran criterio y razón.

Por consiguiente, si se quiere ser competitivo como país será necesario añadir innovación, ideas y creatividad a todos los bienes que se producen en el propio país, y a todos los servicios que se suministran, tanto desde el sector público como desde el sector privado. No tenemos otra opción  si es que queremos crear el suficiente valor añadido o agregado como para que se garanticen unos buenos niveles de competencia en el futuro.

Incluso, puede darse el caso de que, este nuevo valor añadido que se cree, ya no se elabore siguiendo esquemas neotaylorianos, debido a que las sociedades modernas y pujantes que van surgiendo se caracterizan más que nada por tener una fuerte interdependencia económica, social e industrial que viene, sobre todo, reforzada por el desarrollo y sinergia que producen los avances en la informática, la electrónica, los nuevos materiales y las telecomunicaciones. Además, la competencia —para algunos países, muchas veces desleal— de China e India y demás países emergentes no debe ser nunca algo que supravaloremos. La economía basada en la reducción de costes, a la larga, no podrá con una economía basada en la innovación sostenible.

Si centrara mis reflexiones en Latinoamérica —donde sé que un gran número de sus países cuenta con una gran cantidad de recursos naturales, incluidos no sólo el gas natural y el petróleo y otros recursos naturales sino también el sol, el viento, la geotermia, las olas, el agua, etc—  les diría que su porvenir puede ser brillante, si cuentan con la necesaria voluntad política y aplican la propectiva estratégica a la construcción de su propio futuro para movilizar, así, al conjunto de actores implicados hacia la sostenibilidad.

Hoy en día, ningún país es pequeño. Al contrario, cada vez abundan más los pequeños ‘grandes países’ como Israel, Dinamarca, Singapur y Finlandia. Además, gracias a internet y a las tecnologías de la información y la comunicación, el mundo nos resulta cada vez más un pañuelo. En base al desarrollo de las TIC, los seres humanos podemos satisfacer nuestras necesidades de información relevante y de conocimiento para implementar el trabajo creativo. De este modo, un porcentaje creciente de la población actual ya no tiene necesidad de trabajar más en base a la lógica que impone la actual —y obsoleta a su vez— distribución del trabajo.

Desde hace tiempo, el mercado de trabajo y las bolsas de empleo han ido conociendo una nueva metamorfosis que incorporaba una lógica más ajustada al nuevo mercado de trabajo emergente y que se está estableciendo en base a las redes de distribución e intercambio de saberes y conocimientos. Si además, un país cuenta con suficientes recursos naturales, implementa la mejora constante de la capacitación de sus propios recursos humanos, fortalece la equidad y la justicia social y se dota de una estrategia sostenible de largo aliento,  a medio y largo plazo, su éxito quedará asegurado.

Por otro lado, aunque todavía las empresas no sean conscientes de ello, cada vez son más las empresas las que, para poder sobrevivir, necesitan realizar inversiones estratégicas en intangibles. Aunque todavía no ha sido superado el modelo productivo que se fundamenta —más que en la lógica de la economía de producción y la satisfacción de la demanda— en la lógica financiera y especulativa —donde lo que se persigue es la maximización de beneficios y que, como sabemos, es el modelo que tanto el FMI como el BM vendieron durante la fase inicial del neoliberalismo— tenemos mucho por hacer en nuestra transición al nuevo paradigma emergente.

En el futuro, lo más probable es que entremos en una nueva fase de regionalización que sustituya a la de globalización actual, debido al progresivo encarecimiento del transporte y de las materias primas. Además, la aplicación forzosa de las tres “R” —reducción, reciclaje y recuperación de residuos— no permite trabajar a escala planetaria.

Hace unos quince años, se decía que habíamos pasado a un nuevo modelo socioeconómico, que algunos llamaron la tercera revolución industrial, y que se correspondía con un modelo donde la lógica económica de coproducción adquiriría capital importancia para la competitividad y supervivencia de las empresas y de los países. Señalaré que este modelo perseguía, a su vez, la acumulación colectiva de materia gris y de capital inmaterial, al objeto de dotar a las empresas y a los países de los máximos márgenes de libertad.

Hoy en día, considero que esta afirmación no fue cierta del todo y que estos esfuerzos, si algún día los hubo, fracasaron. No se produjo tal revolución que, entre otros cometidos, perseguía encarar una transformación considerable tanto de los hábitos de pensamiento como de los hábitos de comportamiento y de acción que caracterizaban a los gobiernos de los diferentes países,  a los ayuntamientos, a las universidades y centros de educación, a las empresas y actividades económicas y a los propios ciudadanos. Hábitos que como sabemos nos mantienen atrapados en las rigideces obsoletas del pasado, impidiéndonos reaccionar a tiempo para preparar así, con anticipación, nuestro futuro deseable.

Actualmente, cuando ya entramos en la transición hacia el nuevo paradigma socioeconómico, sigo pensando que esta transición es más bien nuestra revolución pendiente. Cada país, desarrollado o no, su administración, sus centros educativos y sus empresas tendrán que aprender a adaptarse a esta revolución. Muchos estereotipos que tenemos forzosamente tendrán que entrar en crisis. Así será como relativizaremos ese concepto y esa visión que tenemos de lo que es y de lo que supone el trabajo y la economía, de lo que representan nuestras limitaciones de recursos naturales  y nuestras aspiraciones como personas, así como de las formas y modos de estudiar, de trabajar, de convivir, de amarnos, de reproducirnos e, incluso, de organizarnos para poder disponer de ese tiempo libre que cada uno de nosotros desearíamos tener.

Desgraciadamente, no se trata de una tarea fácil puesto que los rentistas del sistema nos lo ponen muy difícil. Cada vez que ponemos en cuestión este modelo socioeconómico,  donde lo que prima es el factor capital y la maximización de beneficios frente al deterioro progresivo del Planeta —y la emisión de GEIs que han dado origen al Cambio Climático— nuestra excesiva dependencia de los hidrocarburos fósiles y los, cada vez más altos, precios de la energía debido al agotamiento progresivo del petróleo y de los recursos naturales, se produce una gran inquietud entre nuestros dirigentes.

Esta inquietud no es sana y quizás sea debida a la mala conciencia de nuestros dirigentes, al estar más al servicio de la oligarquía y de sus intereses creados que de los ciudadanos y sus intereses generales. ¡Qué pronto nos hemos olvidado que la Revolución Francesa se impulsó precisamente para luchar contra los privilegios que detentaban algunas clases como el clero y la nobleza! Dos siglos después, seguimos con privilegiados o rentistas del sistema que nos impiden apostar por un futuro sostenible donde nuestras vidas puedan cobrar sentido. Por ello, es necesario volverse inasequible al desaliento durante todo el proceso de cambio que tenemos que impulsar, a nivel de cada país.

La clave residirá en saber avanzar con prudencia pero también con osadía por la senda de la transición al nuevo paradigma emergente. Lo fundamental es que el conjunto de instituciones y organizaciones sociales que conocemos en un país determinado, sean éstas públicas o privadas, se apropien de su propio futuro. Sean muy conscientes de que no podemos permitir que sean los acontecimientos los que nos arrastren, como hasta ahora, resignadamente, estamos habituados.

En consecuencia, para ser dueños de nuestro propio futuro necesitamos dotarnos de la anticipación. Sobre todo, ahora que estamos ante un Cambio de Era. Por consiguiente, necesitamos conocer cuanto antes  qué es lo que está pasando y hacia dónde nos dirigen estos cambios. De este modo, nos podremos dotar de un Proyecto de Futuro sostenible que sea ilusionante, movilizador y compartido por todos. Sabremos qué acciones tenemos que emprender para adaptarnos cuanto antes  a los cambios —cuanto más anticipativos seamos, mejor. Adaptarnos antes de que sea demasiado tarde y que cualquiera de las soluciones que se nos presenten sean siempre dolorosas y traumáticas. “¿De qué nos sirve estar orgullosos de nuestro pasado si no luchamos por estarlo también de nuestro futuro?”

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5 Responses to Sin anticipación todas las soluciones son malas

  1. Don Luca dice:

    Yo también presiento que nuestros políticos son más bien unos politicastros que verdaderamente trabajan como empleados de las grandes corporaciones. Por si no lo saben, en Latinoamérica muchas de estas empresas son españolas que actúan con el beneplácito del Gobierno español. Con esto no quiero decir que los malos son los españoles sino que en las altas esferas de la sociedad todos son malos porque allá todo está podrido.

    Saludos cordiales

  2. Dalmata 101 dice:

    Don Luca,

    Aquí en España vamos por partes. En los ayuntamientos tienen “amigos” que generalmente son promotores o constructores. En los gobiernos autonómicos los “amigos” tenían que ser los dueños de las inmobiliarias que más dinero manejaban y grandes empresas que operen en la Comunidad Autónoima y si tiene la sede puuuufffffffffff

    En el gobierno central, para ser “amigos” tienes que tener una empresa que se cotizar en bolsa y situarse entre las 20 principales, ser muy famoso o tener mucho mucho dinero. Vamos como con el Papa.

    Saludos cordiales también

  3. nombre dice:

    A ver pregunta a todos: ¿qué creeeis que es más grande el cambio que viene o el que han vivido nuestros abuelos?

    Nuestros abuelos vivían en mayoritatriamente en pueblos, siempre veían las mismas caras, no tenian agua corriente ni electricidad ni teléfono ir a “la capital” era algo extraordinario en sus vidas y han visto un cambio alucinante en su manera de vivir, ni comento en la de sus nietos.

    Respecto a “los políticos” (parece que este tema viene recurrentementea este blog y creo que no va de esto) me parece una queja fàcil (que lo arreglen otros), los enemigos son los políticos y sobre todo la gente que vive acomodada (que es casi toda seamos claros) quien tiene una casa, un coche, una fuente de ingresos estable, una familia etc. es difícil que quiera cambios que pongan en peligro esa vida, no diré fácil pero sí más fácil que otras. Todos éstos, políticos y no políticos viven de las propinas que les dejan quedarse los que tienen mucho poder y estas propinas dependen de lo útiles que les sean.

    No hay que olvidar que Hitler obtuvo el poder democráticamente y fueron muchos quienes vieron lo que pasaba y no movieron un dedo para no ponerse en peligro a sí mismos, y así acabó.

  4. Sirenita dice:

    En todas las familias siempre ha habido algun tio que se ha caracterizado por su tibieza. Suelen ser los que mas viven y tienen la habilidad de apuntarse siempre a caballo ganador. Para sus interesadas cabezas, todo es relativo. Es una forma de vivir la vida!, pero no ca conmigo. No obstante la respeto, Nombre. Ya me gustaría a mi pensar como tu. Sufriria menos pero es seguro que amaria menos tambien y una vida sin amor es como un guateque sin ron, como dicen en el Caribe.

    Salu2 🙂

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