Un pasado que ya no explicará más el futuro

A pesar de todas las previsiones realizadas, el futuro de las personas mayores y ancianas de mañana será muy diferente a lo que ahora quizá pudiéramos imaginar. Para poder entender el alcance de los cambios, sería necesario tener la mente abierta a las mutaciones que se presienten y trabajar, muchas veces, con las ideas contraintuitivas más provocativas porque, en el cambio de era en el que nos encontramos, el pasado ha dejado ya de explicar el futuro.

En efecto, cuando se fagocitan las mutaciones, las sociedades emergen completamente renovadas. Por eso es que estamos viviendo, a pesar de nuestros justificados temores —en esos instantes cruciales de la historia de la humanidad, donde el futuro cada vez está más cargado de incertidumbres— unos momentos decisivos y, a la vez apasionantes. El futuro de nuestras sociedades, una vez hayamos balizado el abanico de los escenarios posibles y realizables, habría que reinventarlo y forjarlo en función de nuestros deseos, nuestra voluntad y nuestra libertad para que ese futuro por el que apostamos pudiera ser la razón de nuestras actuaciones en el presente.

Así pues, deberíamos asumir que la vejez del mañana bien podría ser completamente diferente de lo que pensamos ahora. Naturalmente, hay asunciones que son lógicas y fáciles de hacer. En efecto, no es difícil imaginarse una tercera edad, y hasta una cuarta edad, que mejorara su forma física para construir su propio envejecimiento, en un estado aceptable de salud.

Si consideráramos que el futuro es una continuación del pasado, se podría esperar de las personas mayores del futuro llegarían a fumar menos que las generaciones precedentes. Siendo coherentes con las tendencias actuales, podríamos pensar también que el medio ambiente estaría menos contaminado, que los viejos se alimentarían mejor, que se expondrían menos a los accidentes domésticos y peatonales, que sus hogares contarían con equipos de climatización más adecuados a sus necesidades, que apenas se expondrían a las radiaciones solares y que incluso practicarían deporte para mantenerse en un buen estado de salud física, “fitness”.

Desgraciadamente, nada es seguro y bien pudiera ocurrir todo lo contrario, debido a las crisis financiera y energética que actualmente padecemos, por no hablar de las graves consecuencias que tendría un eventual cambio climático abrupto. Nunca deberíamos olvidarnos de que en épocas de crisis profundas, son los viejos y los niños los más olvidados. Niños habrá pocos, por lo que es posible que se salven, pero es innegable que viejos habrá demasiados. Los viejos seremos multitud, y con la deuda exterior contraída por culpa de la economía del ladrillo y de los mediocres dirigentes que sufrimos, lo más probable es que nuestro futuro llegue a ser mucho peor de lo que nos imaginemos ahora. El parcheo y la improvisación, a la que los irresponsables políticos de hoy nos tienen acostumbrados, no permiten mejores augurios.

Sin embargo, siempre existe una esperanza razonable. Una esperanza que, en los países desarrollados, se podría  deber al hecho de que las personas mayores cada vez seremos más ilustradas, participaremos más en el seno de la sociedad, tendremos ilusión por aprender y, hasta nos preocuparemos de cómo distribuir y aprovechar mejor el amplio margen de tiempo libre del que disfrutaremos. Ello nos permitirá a algunos leer más y estudiar aquellos temas que más nos apasionan, pero para los que nunca tuvimos el tiempo suficiente, como para dedicarles nuestra atención como merecían. Era cuando vivíamos para lo urgente, en lugar de vivir para lo importante.

La vida social también tendrá un nuevo tratamiento y variará, en función de la escala de valores y del comportamiento de cada persona mayor. También presumo, aunque puedo equivocarme, que gracias a nuestro interés por aprender nuevas cosas y por adentrarnos en las nuevas fronteras, seremos un colectivo que se comunique más que nuestros antecesores y se beneficie, en un mayor porcentaje, de los servicios y potencialidades que conllevan Internet y las Tecnologías de la Información y de la Comunicación, TIC.

Todo ello permitirá que los individuos de edad, independientemente de su grado de autonomía, puedan estar conectados a sus amigos, familiares y a los chats, a las compras de bienes y servicios por internet —creando comunidades virtuales del estilo “facebook”— y, por este medio, también a los servicios integrados de atención y prevención socio-sanitarios.

Igualmente, subrayaré que el envejecimiento de la población habría que considerarlo enmarcado dentro de lo que se conoce como el desarrollo sostenible. Algo que a los ecologistas les cuesta entender pues están demasiado sesgados por el medio ambiente, a la hora de interpretar el desarrollo sostenible. Por otra parte, y recientemente, la sostenibilidad ha empezado a ser valorada como garantía para las inversiones de aquellos accionistas que desean invertir en empresas que les garanticen una estabilidad.

El principio de la sostenibilidad nos obliga a no tomar decisiones, ni emprender iniciativas que puedan comprometer e hipotecar los márgenes de libertad de las generaciones futuras. El modelo neoliberal de desarrollo, actualmente vigente, —un sistema absurdo para hacer frente a las necesidades sociales que nos aguardan con el envejecimiento pues sólo sabe plantear en sus políticas la reducción de impuestos— empieza a dar muestras evidentes de estar agotado —también podríamos decir que con falta de riego sanguíneo en la cabeza— hasta para los menos alertados.

La constatación de los hechos nos indica que los datos que se aportan sobre las desigualdades sociales son cada vez más preocupantes, tanto para los países pobres y en vías de desarrollo. Son preocupantes  también en lo que se refiere a las personas que están sufriendo su expolio y su marginación y exclusión, ya que, alocadamente, la falta de rumbo que conllevan las políticas continuistas actuales nos conduce a una situación intolerable, donde las diferencias entre las diferentes clases sociales crecen cada vez más. Este foso de las desigualdades es el que está impidiendo, incluso, elaborar un proyecto de país compartido.

Por otra parte, es más que una anécdota el hecho de que los fondos de pensiones cada vez tienen más importancia en casi todos los países desarrollados, aunque se establezcan de modo complementario. Además, dichos fondos están llegando a representar en ‘stock market’ principales, como en la bolsa de Nueva York, el 60% de la masa financiera que se mueve en dichos mercados de capitales.

A su vez, dichos fondos de pensiones comienzan a preocuparse por la solidaridad intergeneracional apostando por el desarrollo sostenible que exige actuaciones y objetivos que sean respetuosos con el medio ambiente, tecnológicamente posibles, socialmente deseables y económicamente rentables, pero en base a la obtención de beneficios óptimos y sostenibles.

Así pues, se trata de una oportunidad histórica que tenemos. Se trata de asociar la inversiones al largo plazo con los retornos a largo plazo —inversiones a largo plazo para convertirse en las retribuciones de las pensiones de jubilación, a largo plazo.

El aumento del número de personas mayores y su voluntad de tener una vida larga y sana, con unas posibilidades legítimas de acceso a los recursos, también se puede entender como una forma de desarrollo sostenible individual pues compromete también el desarrollo sostenible global, a nivel de cada país, para evitar que se creen conflictos intergeneracionales. Es, sólo de este modo, como podemos asumir que lo que heredamos de nuestros padres y abuelos también es un préstamo que nos hacen nuestros hijos y nuestros nietos.

Vivir mucho tiempo pero conservando todo el potencial físico e intelectual es lo que deseamos la gran mayoría de los seres humanos. Esta aspiración del desarrollo sostenible individual por fuerza ha de armonizarse con un desarrollo ambiental, económico y social propicio; es decir: con el desarrollo sostenible. Démonos cuenta de la gran trascendencia que tiene, en sí, el principio de Desarrollo Sostenible. Este principio se asienta tanto en el plano mundial e internacional como en el plano nacional y local y también en el plano individual.

En la medida que materialicemos un Desarrollo Sostenible, a nivel global, pero complementado con un desarrollo sostenible local e individual, habremos llegado precisamente a la transformación y al cambio de paradigma socioeconómico. En el caso del desarrollo sostenible global, el cambio de paradigma lo que propone es ponderar las prerrogativas energéticas, productivas y económicas y ponerlas en relación con los factores ecológicos y sociales, de modo que no todo lo que es tecnológicamente posible ha de ser socialmente deseable, ni tampoco respetuoso con el medio ambiente, aunque sea económicamente rentable.

En el caso del desarrollo sostenible local e individual, el cambio de paradigma es muy parecido porque también significa tener que decirle al capital que existen límites. Significa decirle al capital que no es quien manda sino que quien lo hace es la dignidad de los seres humanos y que, en consecuencia, no todo vale, porque la mayor riqueza de las naciones radica —o en teoría, debería radicar— en la felicidad de sus habitantes.

La Organización Mundial de la Salud, OMS, propuso una estrategia global con el objetivo de alcanzar un envejecimiento asociado a un buen estado de salud y recomendaba considerar el envejecimiento como algo que forma parte de un ciclo de vida y que demanda ampliar y extender la participación de las personas mayores en la vida social y cultural de cada municipio y de cada país.

El año 1999, el último del siglo XX, fue el año que celebraba el hecho de la 3ª edad y tuvo, por objetivo, promover una reflexión global acerca del futuro de la vejez. Ésta es la prueba palpable del bajo rendimiento de dichos festejos pues todavía se sigue sin reflexionar, ni aportar algo que sea de fundamento. Propongo que deberíamos celebrar el año 2009 como el año de la estupidez humana. Tampoco valdrá para nada pero, al menos, dejaremos patente lo que cada vez nos resulta más evidente.

Recordaré también que la Agenda 21, el plan de acción que comprometía, tanto política como moralmente, a los países firmantes de la declaración de Río, a poner en práctica el desarrollo sostenible, sugería tener en cuenta el envejecimiento de la población, entre las opciones de la política futura.

La Agenda 21 propuso que se estudiara la incidencia de la edad sobre la demanda en materia de recursos, que se generalizara la independencia financiera de la vejez, así como, que se analizaran soluciones alternativas, hospitalarias o sociales necesarias para ocuparse de atender los problemas que suscita el fenómeno del envejecimiento.

Cuando uno comprueba la miseria que cobran los que fueron trabajadores autónomos y las viudas no puede sino enfadarse vivamente ante tanto cinismo que demuestran los políticos cuando afirman, año a año, que subirán las pensiones para ajustarlas a un nivel digno. Han pasado más de treinta años y todavía no se han ajustado.

Paradójicamente, nos encontramos al final de una época en la cual, felizmente los viejos no mueren pero desgraciadamente, los niños tampoco nacen. Contamos con unas tasas de natalidad de las más bajas del mundo. Son nuevos tiempos donde las nuevas tecnologías, sin duda, jugarán un gran papel, ayudando a transformar las reglas de juego y ampliando las fronteras hacia lo desconocido.

Pero también es una era que se acaba, fundamentalmente, debido al agotamiento del petróleo. Necesitamos emprender la transición hacia un nuevo modelo energético no basado en los hidrocarburos fósiles, al tiempo que reducimos nuestras emisiones de GEIs, responsables del Cambio Climático ya iniciado.

Asistimos a los albores de una nueva era, donde ese mundo inquietante de Aldoux Huxley quizás no se encuentre tan lejano ya que los progresos de la ciencia y de la tecnología, en especial de la biología y de la ingeniería genética, pueden contribuir a un cambio sustancial de nuestra percepción acerca de la integridad humana. Quizá nuestras reservas de órganos humanos para transplantes y la producción abundante de plasma sanguíneo se provea a partir de clones humanos, fabricados en serie gracias, a los avances de la nueva tecnología llamada “Tecnología de la Reproducción”.

El envejecimiento de la población debe ser afrontado desde la equidad, desde la solidaridad, pero, sobre todo, desde la dignidad de nuestra condición de seres humanos. Podríamos decir que todos los que poblamos este planeta también nos encontramos ante una encrucijada pero, obviamente, no será la única a la que nos enfrentaremos, en nuestro caminar hacia el futuro. En el famoso cuento de Lewis Carroll, “Alicia en el País de las Maravillas”, la protagonista Alicia, en varios capítulos del libro, es acompañada por el personaje inteligente del cuento, el conejo, y al llegar a una encrucijada, Alicia, desconocedora de aquel entorno, le pregunta a su acompañante:

—¿Cuál es el camino?— el conejo le responde interrogante:
—¿Adónde quieres ir?— Alicia sorprendida responde con sinceridad de inmediato:
—No lo sé— y de nuevo se nos muestra la sagacidad del conejo cuando le contesta con otra pregunta:
—¿Para que me preguntas cuál es el camino si no sabes a dónde quieres ir?.

Esta es exactamente nuestra encrucijada actual, en el tema del envejecimiento de la población.

Por consiguiente, no queda más tarea que la de forjarnos en cada país o región económica como la UE, un escenario-apuesta que sea compartido por todos, de modo y manera que, una vez que sepamos a dónde queremos ir, podamos elaborar con pertinencia y coherencia las estrategias que nos permitan alcanzar dicho escenario-apuesta. Hace casi 20 siglos el filósofo Séneca, nos iluminaba diciendo: ‘No hay vientos favorables para aquel que no sabe a dónde quiere ir’.

Sería muy bueno que el mensaje de esa lógica reflexión nos ilumine a partir de ahora. El futuro de la vejez es nuestro futuro y si somos inteligentes, también es lo más importante para nosotros, porque es allí, donde todos aspiramos pasar el fin de nuestros días, porque además aspiramos que sea el mayor tiempo de vida posible, pero en condiciones de salud, por supuesto.

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