El retorno de los dioses

Hace algo más de una década, el hecho de publicar un libro titulándolo como “El fin de algo…” se puso de moda. En primer lugar, fue Francis Fukuyama con “El fin de la historia“. Después vendría Jeremy Rifkin con “El fin del trabajo” y, más tarde, nos sorprendió John Horgan con otro libro: “El fin de la ciencia”. Todo se repite desde aquel Friedrich Nietzsche, que sorprendiera a nuestros abuelos con su “Die Götzen-Dämmerung” —El ocaso de los dioses— hasta que surgiera aquel Giovanni Papini —tan opuesto a Nietzsche en sus creencias religiosas— y que también llegó a sorprender a nuestros padres con una de sus obras.

En efecto, Papini también les sorprendió a nuestros padres hablándoles del ocaso de la filosofía con su ensayo “Il crepuscolo dei filosofi”. Las palabras “crepúsculo u ocaso”, “fin”… han significado en la literatura universal algo así como un concepto de finalización y/o de desencanto de algo. En particular, se asemeja mucho a la finalización de algo que ha guardado, hasta entonces, una gran importancia en nuestras vidas. Es lo mismo que cuando reiteradamente afirmo que estamos ante el fin de una era, que estamos ante el fin de la era del petróleo.

La sorpresa de nuestros padres y abuelos también podría ser recuperada por la de nuestros hijos y de nuestros nietos, y también por algunos de nosotros, si descubriéramos que, a lo largo de la historia, y periódicamente, han sido los dioses los que han regresado de aquella nada, a donde los enviara Nietzsche. De esa nada virtual es, precisamente, desde donde los dioses suelen regresar, de tiempo en tiempo, para iluminarnos sobre los graves peligros y amenazas que nos acechan.

Desagraciadamente, se lo dicen a una multitud de gente que tan sólo está ocupada en las cosas mundanas, superficiales y banales y que, por definición, son muy poco trascendentes. Una multitud que, si bien no es analfabeta, es iletrada porque tan sólo sabe juntar letras pues no sabe interpretar bien lo que lee y, además, se cansa con la lectura. Una multitud que entiende el significado de los signos con innegable dificultad. Que tampoco logra descifrar sus contenidos, a nada que las palabras encierren algunos pocos mensajes profundos. Que ni tan siquiera es capaz de leer más de dos folios seguidos, ni de escuchar a nadie que le hable en serio más de quince minutos porque se aburre. Esa es la multitud de nuestros días. ¡Y a ella hemos de dirigirnos los prospectivistas!.

Muchos de vosotros pensaréis que los prospectivistas solemos jugar a ser profetas y, en el peor de los casos, que estamos jugando a ser diocesillos, como diría Nietzsche. De cualquier modo, aunque soy prospectivista desde hace más de 34 años, no es esto último mi caso, si bien entiendo que alguno así lo considere. Soy creyente y, por tanto, ya sé cuál es mi papel como criatura de D-s y cuáles son mis limitaciones a la hora de entender el Plan de la Creación.

Los prospectivistas siempre estamos intentando encontrar las pistas que nos descifran los peligros y amenazas del futuro inercial. En ese sentido, somos como los cazadores de la tundra siberiana. Siempre andamos tras las pistas y los rastros, a pesar del frío del entorno. Por ello, quizás sea que muchos prospectivistas de vocación tenemos un don para encontrar los hechos, la ideas o los gérmenes de cambio, portadores de futuro y, gracias a ellos, podemos interpretar el mañana que nos aguarda, en caso de que no reaccionemos para preparanos a tiempo, introduciendo los cambios radicales necesarios. Con toda honestidad, tengo que admitir que yo entiendo estas percepciones sobre el futuro y los cambios e innovaciones que sería necesario introducir y no lo puedo evitar.

Los prospectivistas tenemos el don de conocer los factores que más condicionan nuestro futuro pero, frecuentemente, sufrimos persecuciones porque los rentistas del sistema obsoleto que detentan el poder,  nos consideran, además de mensajeros de malas noticias, aquellos creadores de opinión que podríamos poner en peligro sus, hasta ahora, muy rentables y privilegiados negocios. En mi caso, no hay más leer los artículos de este ‘blog’ y la fecha en la que fueron escritos para comprender lo que significa anticiparse a los acontecimientos y criticar a los rentistas del sistema. Otra cosa es que los dirigentes actuales no me hagan caso. Tampoco es nada nuevo bajo el sol. Forman parte de la multitud a la que antes hacía referencia.

Siento con fuerza que estamos al final de una era, aunque el espejismo del petróleo que se abarata por unos meses, nos haga creer que volveremos a los tiempos pasados. El precio del petróleo seguirá creciendo porque, cada año que pasa, se agota un 6% de la producción de sus yacimientos maduros y cada vez cuesta más reponer las mermas. Si el precio del petróleo bajó ahora es porque ha disminuido significativamente la demanda por la crisis económica que sufrimos últimamente, pero no nos engañemos, de nuevo los precios volverán a aumentar, y con mayor fuerza, a medida que la economía se recupere y se haga más fuerte el tirón de la demanda y, a su vez, vaya disminuyendo la capacidad de producción de petróleo.

Por consiguiente, necesitamos prepararnos, cuanto antes, e iniciar la transición al nuevo paradigma socioeconómico emergente. Ya sabemos que los enemigos a los necesarios cambios e innovaciones radicales los encontramos en los rentistas del sistema. Ellos son los que gobiernan en la sombra forzando a que las almas —ojos y oídos— de nuestros dirigentes queden cerrados a la razón y a las evidencias. Es por ello por lo que se desata dentro de mí una fuerza interna por contarlo todo. A veces, reconozco que soy demasiado impaciente por conseguir que la sociedad reaccione, cuanto antes, pues sé que el tiempo es el factor más escaso con el que contamos, si queremos evitar ajustes que luego se conviertan en soluciones excesivamente traumáticas.

Desearía que, cuanto antes posible, nos anticipáramos a los acontecimientos, preparándonos de antemano, introduciendo innovaciones radicales, para no ser quemados por el fuego de los peligros y amenazas que nos aguardan, durante este siglo XXI. Sin embargo, sé que todo va a depender tanto de la voluntad de cambio de nuestros políticos como de las señales que lancen nuestros científicos, a la hora de apoyar y favorecer la Estrategia de Transición al nuevo paradigma energético que nos aguarda desde hace tiempo.

El problema ya no es sólo el Cambio Climático. Tampoco lo es el agotamiento del petróleo. El mayor problema es que necesitamos iniciar, cuanto antes, la transición hacia un nuevo modelo socioeconómico y son ellos los que se deberían comprometer, diciendo, claramente, que, en el nuevo paradigma emergente, el neoliberalismo con su maximización de beneficios y la hegemonía del capital sobre el resto de los factores, es ya algo que debería pertenecer al pasado, en lo referente a la construcción del futuro. Queramos o no, estamos hablando del fin del neoliberalismo. Los científicos, si además desean dotarse de sabiduria, tendrán mucho que decir en este sentido, posibilitando la transición de manera eficaz y eficiente.

John Horgan siempre ha sido un buen periodista científico —no en vano fue galardonado dos veces por la “American Association for the Advancement of Science”. En su libro: “The End of Science. Facing the Limits of Knowledge in the Twilight of the Scientific Age”, a través de una serie de entrevistas en profundidad a las cabezas que él considera como las más pensantes de la comunidad científica de nuestros tiempos, nos aporta una serie de reflexiones sobre el futuro de la ciencia, que, a pesar de su enfoque provocador, nos enseñan hasta qué punto nuestros científicos, cuando salen de su objeto de investigación, desvarían.

En realidad, parece como si estos científicos supieran, cada vez más y más, de algo tan concreto y preciso que, al final, se convierte en casi una nada, un ‘infinitésimo’, dentro del conjunto de lo que es el universo del saber y del conocimiento. Nuestros científicos —mal llamados sabios— se especializan tanto que, si los mueves de donde se ocupan, pueden resultar unos verdaderos seres incultos.

Para Horgan, existen tres categorías de investigadores científicos, claramente definidas. Cada uno de los científicos en su categoría piensa que es más diosecillo que los otros, aunque no pueda, o no sepa, ocultar sus grandes dudas y lagunas del conocimiento.

La primera categoría la componen aquellos científicos que piensan que las principales leyes que gobiernan la naturaleza son ya suficientemente conocidas, por lo que la fase de descubrimientos debe dar paso a la fase de colonización. Los diferentes capítulos titulados como: el fin de la cosmología, el fin de la biología evolutiva, el fin de las ciencias sociales, el fin de las neurociencias, etc., nos muestran el carácter provocador de este libro que se aprovecha de lo que balbucean estos científicos para diseccionarlos y convertirlos en los diosecillos que profetizan el fin de la ciencia.

La segunda categoría estaría formada por los científicos que renuncian a convertirse en diosecillos. De hecho, la conforman aquellos científicos que piensan que existe todavía una teoría nueva por descubrir, una teoría unificadora de todos los saberes que confirme la existencia de un orden universal y que, hasta ahora, permanece oculta a los seres humanos.

Algunos de estos últimos científicos subrayan que las limitaciones propias del cerebro humano, y que impiden el descubrimiento de esta teoría unificada, podrían superarse con la ayuda de potentísimos ordenadores. Otros, en cambio —algunos de ellos podrían, incluso, autodefinirse como sabios— consideran que, aunque las verdades últimas existan, siempre serán de naturaleza metafísica por lo que serán inaccesibles para la mente humana, salvo que intervenga la propia revelación divina —y aún y todo, costará interpretarlas,  dada la infinita estupidez humana que se niega admitir la necesidad de innovar y cambiar, de manera radical, el actual paradigma, incluso aunque su necesidad sea del todo evidente.

De igual modo, estos científicos clasificados dentro de la segunda categoría, consideran al hombre como un ser limitado, al estar prisionero y ser, a su vez, parte integrante del universo. En cuanto a la exactitud de los ordenadores, algunos científicos contenidos dentro de esta categoría consideran que la complejidad creciente de los últimos modelos y la ultraprecisión requerida de los cálculos provocarían numerosos errores de máquina, modificando la verdad de los resultados en los procesos de simulación.

En la tercera categoría, nos encontramos con los científicos que juegan con la magia del desconocimiento; la suya propia y la de los demás. Son los aprendices de brujo más divertidos de las tres categorias de científicos y, por tanto, son, muchas veces, personajes muy útiles para el entretenimiento y, de hecho, no es extraño verlos en programas de gran audiencia de la televisión. Son muy peligrosos pues, habitualmente, desvían los razonamientos sobre las verdades profundas para sustituirlos por falsos silogismos.

Podrán ir vestidos de científicos, y muchos de ellos en lo suyo son buenos, pero también son los científicos más cínicos e interesados. Cuando se les hace un pregunta esencial y concreta, regresan para contarnos que el universo que ellos ven es, en esencia, un verdadero caos que se autorregenera cíclicamente.

Para ellos, los seres humanos no somos más que los habitantes de uno de los múltiples grumos, de carácter efímero y perecedero, que vagan a la deriva por la gran burbuja cósmica probabilística, donde cada grumo se caracteriza por un orden que se deriva de los caprichos del azar. Nos hablan de la complejidad del universo utilizando conceptos que son más complejos todavía. Rizan el rizo de lo absurdo para convertirlo en el vehículo de lo concreto, intentando cubrir así las lagunas de nuestro desconocimiento.

Estos científicos, que pretenden pasar por genios, se ríen nerviosos cuando nos lanzan sus palabras mágicas esperando que nos asustemos con sus “hechizos”. Juran y perjuran que con ello nos explican lo que antes decían que era inexplicable. De este modo, sus conjuros, utilizando palabras que resultan muy esotéricas, pretenden dar culto al dios del azar, al que sólo ellos como iluminados parecen entender. Así, atractores extraños, sistemas disipativos, fractales, autosimilitud, etc., configuran el post-moderno concepto de la Teoría del Caos, mejor llamada “Caoplejidad”.

De nuevo, como ocurría con los antiguos astrólogos que se veían forzados a explicar con extrañas fórmulas el movimiento de los planetas porque habían atribuido erróneamente a la Tierra su posición de centro del universo, es la magia del azar la que explica porqué los sistemas no lineales se pueden comportar de manera caótica. Para ellos, D-s no existe, es el azar el que creó el mundo.

El día que seamos capaces de observar los problemas desde el punto de vista correcto nos daremos cuenta de la linealidad absoluta de todos los sistemas. Mientras tanto, serán los tiempos gloriosos de muchos ‘chamanes’, convertidos en científicos, los que se encargarán de descubrirnos de manera mágica y ritual los misterios que encierra el universo.

Todo ello no será más que la prueba palpable y, a su vez, la consecuencia de nuestro propio desconocimiento. Soy de la opinión de Einstein cuando decía que D-s no juega a los dados. Ya sé que cualquiera me podría contestar, como se lo hicieron a él, interrogándome acerca de quién soy yo —¡qué presunción la mía!— para decirle a D-s lo que tiene que hacer.

Esta contestación es, además de cínica, muy poco inteligente. Sencillamente, es olvidarse de que D-s conoce tanto el pasado como el presente y el futuro y cualquiera sabe que, si alguien posee el don del conocimiento del futuro, el azar, como lo entendemos los seres humanos, carece de sentido. D-s ha creado el universo siguiendo una leyes que Él ha diseñado. Que las podamos descubrir o no, es otra cuestión. Que, por tanto, también sabemos que el descubrimiento de estas Leyes tiene una probabilidad de ocurrencia mínima. Que dar con la solución final, aunque ello esté cuajado de incertidumbres y de incógnitas, no por ello es imposible. ¡Admitir esto ya es un paso hacia adelante!. Por lo menos, ya vamos entendiendo con claridad qué es lo que no sabemos y, de lo que sí sabemos, de qué es de lo que dudamos.

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4 Responses to El retorno de los dioses

  1. nombre dice:

    ¿A qué te refieres con el nuevo paradigma socioeconómico emergente? Que el precio del petróleo aumente quiere decir que habrá un “nuevo modelo” por llamarlo de algún modo, en el que se consumirá menos petróleo, o mejor dicho en el que se consuma de la manera que produzca mayor beneficio (por ejemplo haciendo plásticos en vez de quemándolo en calderas). Pero en principio sólo afecta a nuestra relación con la energía, no a nuestras relaciones entre nosotros (al menos directamente).

    Me gustaría entender qué hay de malo en el “neoliberalismo”, creo que los mercados son un mecanismo de optimización de recursos y que del mismo modo que aunque no te gusten las leyes de la termodinámica, éstas gobiernan las transformaciones térmicas, las relaciones económicas vienen gobernadas por los mercados. Los mercados “perfectos” optimizan la producción.

    El problema no está en el “neoliberalismo”, está en la mentira, en que los dados están cargados y las leyes favorecen a unos en contra de otros, en que la moral es diferente según de quién sea el comportamiento que se juzgue. Más que el exceso de liberalismo el problema es la escasez del mismo y sobre todo la falta de transparencia de gobiernos y empresas.

    ¿Por qué escribes D-s?

  2. jjgabina dice:

    Nombre.

    Tus preguntas son muy pertinentes y sería bueno que las recogiera para un artículo posterior. Mientras, puesto que en diferentes artículos del blog ya respondo a tus cuestiones, podrías intentar encontrar las respuestas utilizando las etiquetas: Fin del neoliberalismo, Cambio de modelo, Capitalismo y Sostenibilidad, etc.

    De cualquier modo, te recomiendo que profundices sobre el hecho irreconciliable de la maximización de los beneficios que postula el neoliberalismo cuando pierde la máscara con la sostenibilidad del planeta.

    Un cordial saludo

    Juanjo Gabiña

  3. nombre dice:

    Las posturas liberales no están reñidas con la sostenibilidad del planeta, lo que sostienen es que los precios de intercambio no recojen el “consumo” que se hace planeta y por eso se usa de forma insostenible.

  4. Sirenita dice:

    Eso es fácil decir, lo difícil es demostrarlo. Los hechos nos dicen todo lo contrario. Es como si pretendiéramos disculpar el comunismo o el fascismo, afirmando que son sistemas que también pretendían perseguir el bien común.

    Además, los límites al neoliberalismo son de sobra conocidos. Si bien es cierto que el mercado determina las inversiones y la producción, también es cierto que el mercado, en el contexto de la globalización, no llega a satisfacer en la mayoría de las veces las necesidades básicas de la gente. Te recuerdo Nombre que se trabaja en base a la gestión de la oferta. De esta manera, las necesidades son creadas artificialmente por el propio mercado y ello incrementa nuestros altos niveles de despilfarro y nuestros insostenibles modelos de consumo.

    El mercado actual, dominado por las corrientes neoliberales, no entiende otro valor añadido que la maximización de beneficios y el lucro dinerario. El resto de los factores pintan muy poco o casi nada. Las multinacionales, gracias a la globalización económica, lo controlan todo y los factores sociales y ambientales van perdiendo el escaso valor social o humano que antes tenían.

    Así, como lo describen muy bien diversos autores se deteriora el Estado del Bienestar, se cubren cada vez menos las propias necesidades de las personas y sus aspiraciones sobre lo que se entiende por calidad de vida, son constantemente ninguneadas. La globalización económica dirigida por el neoliberalismo pasa de todo eso. Pero eso sí, se hace todo lo posible para que el capital siempre gane y adquiera unos niveles de beneficio que ya resultan de escándalo, dada la situación actual.

    Se fomenta el libre movimiento de capitales pero buena parte de los trabajadores no tienen libertad de circulación, ni de residencia. Se crean límites a casi todo menos a la acumulación de capital. Mientras a los inmigrantes que huyen de las plagas y de la hambruna que sufren sus países de origen les cuestionamos su propia dignidad cuando acuden a la protección de los países desarrollados. Al mismo tiempo, casi todos, la inmensa mayoría, somos más pobres y los ricos siguen siendo más ricos controlando un mayor porcentaje de las riquezas del país.

    El neoliberalismo representa en sí la gran explotación del hombre por el hombre donde todo funciona, de manera corrupta, en base al poder y al dinero. Si tu defiendes ese sistema, Nombre, será que formas parte de su lacra dirigente o que te gustaría serlo, pues nadie con inteligencia y buen corazón podría disculparlo como lo has hecho tú. No obstante, errar es de humanos.

    Saludos cordiales

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