Las paradojas del envejecimiento

El envejecimiento de la población es un hecho incontestable en nuestras sociedades. La observación estadística, que predice que el número de personas mayores de 65 años no cesará de crecer en los próximos años, se acompaña, obligatoriamente, de la necesidad que tienen las sociedades actuales de estudiar las consecuencias del envejecimiento de la población sobre las mismas para poder hacer frente, de manera anticipativa, a los grandes cambios y mutaciones que ello entraña. Ésa es la única manera de evitar que los pequeños problemas de hoy se conviertan en verdaderos traumas sociales, más tarde.

Por otra parte, y aunque, después de numerosos años, las estadísticas efectuadas siguen estableciendo las mismas categorías, para las personas mayores de edad, ello puede conducirnos a errores de interpretación muy fácilmente. Hemos de tener también en cuenta el hecho de que los datos de este colectivo, hoy en día —sobre todo en lo referente a la esperanza de vida y a los niveles de formación— no tienen nada que ver con los datos que ofrecian las personas mayores de hace tan sólo veinte años. Su estado de salud, sus niveles de formación, su voluntad de participar en la vida social, cultural, política y familiar han variado tanto que ello nos obliga a reconsiderar si la edad de 65 años es el límite inferior de lo que se conoce como la tercera edad.

Las consecuencias económicas, sanitarias y sociales del envejecimiento de la población son evidentes. Fundamentalmente, el fenómeno se producirá en los países desarrollados pero también afectará a los países en vía de desarrollo entrañando en mayor o menor medida un desequilibrio entre el número de personas mayores de edad y jubilados y el número de personas jóvenes adultas y activas, hasta el punto de modificar el funcionamiento de la sociedad, tanto desde un punto de vista económico como social y cultural.

En el plano individual, la longevidad es algo que resulta del todo positivo —sobre todo, si la longevidad viene acompañada por una buena calidad de vida. Lo que significa que el envejecimiento, con una buena salud, es un éxito y una necesidad que todos tenemos. Al fin y al cabo, no hay nada más cierto que el hecho de que todos, queramos o no, llegaremos a ser viejos alguna vez y que a todos nos gustaría que, cuando lo hagamos, pudiéramos gozar de buena salud.

Sin embargo, este envejecimiento con buena salud que todos deseamos no es algo que no esté exento de riesgos. El aumento constante del número de personas de edad, también plantea problemas sociales y económicos. Las tensiones societarias entre activos y pasivos, y que se van producir en el seno de la sociedad, van a ser importantes. Por un lado, nos encontramos con las personas jubiladas que desean vivir mucho más tiempo y tener acceso a un número importante de recursos —socio-culturales, financieros, de atención y cuidados médicos— y por el otro lado, vemos como estas aspiraciones chocan con una sociedad, como la actual, que se sumerge en una prolongada multicrisis —fundamentalmente financiera y energética— donde, para hacerla frente, de seguro que los recursos van a escasear cada vez más. Pensar lo contrario es una gran irresponsabilidad o un gran cinismo.

Por ello, no es de extrañar que, en la mayoría de los países desarrollados, la financiación de las pensiones de jubilación, el aumento de los costes de los sistemas de salud y de la protección social y el acceso y participación en la vida social política y cultural se prevea conflictiva, salvo en países como España donde, pase lo que pase, ‘todo va bien’ gracias al placebo escenificado en el Pacto de Toledo. Sin embargo, allí, en este pais, debido a la paupérrima tasa de fecundidad que sufre desde hace décadas, los conflictos intergeneracionales están más que servidos.

En efecto, en la mayoría de los países, la financiación de las jubilaciones, en una gran medida, se basa en la solidaridad entre las generaciones. Hemos de tener también en cuenta, que esta solidaridad intergeneracional está comprometida debido al aumento del número de jubilados con relación al número de trabajadores que, además, deberán hacer frente a los gastos del desempleo y a las jubilaciones anticipadas de una parte cada vez más importante de trabajadores.

Así pues, la generación que va entre los 30 y los 45 años —llamémosla “generación intermedia o pivot”— deberá financiar, no solamente las jubilaciones de las generaciones precedentes —que cada vez gozarán de un esperanza de vida más larga— sino que, igualmente deberá, financiar los estudios prolongados de la generación de los jóvenes, que se ven enfrentados a un sistema obsoleto de educación, también conocido como los “juegos olímpicos de la intelectualidad”, donde para que unos obtengan un título universitario o profesional, tengamos que dejar abandonados por el camino, con la etiqueta de fracasados escolares, al 40% de nuestra juventud.

Por si ello fuera poco, cada vez se reduce más el ciclo de vida laboral de esta “generación pivot”, debido a las jubilaciones anticipadas, al desempleo, etc. Por otra parte —y pretendiendo hacer pensar aún más a aquellos que me leen y a los que felicito, vivamente, por escaparse de la mediocridad — también es muy posible que un cierto numero de previsiones, en relación con la financiación de las jubilaciones, se basen en falsas premisas o presupuestos erróneos de partida. El futuro está abierto y no está tan determinado como pensamos. Estas previsiones se basan en el hecho, comentado anteriormente, de que los activos de una época determinada deberán financiar los ingresos financieros de los inactivos de la misma época —personas jubiladas, niños huérfanos, trabajadores parados con derecho a prestaciones, etc.

En el caso de una población que envejece, hemos de tener en cuenta que la carga que representan los niños en edad escolar, al ser pocos, también disminuye fuertemente. En pura lógica, a menor número de niños escolarizados, debería haber un menor número de maestros dedicados a ellos. Del mismo modo que, a menor número de nacimientos, debería haber menor número de pediatras.

Sin embargo no ocurre así, porque nuestra sociedad está llena de personas que detentan —en su sentido más literal— sus derechos adquiridos y se comportan, más bien, como rentistas privilegiados, que como ciudadanos responsables. Éste es el caso de los maestros que se inventan patrañas relativas a la bondad y eficacia —que no eficiencia— de tener un número bajo de niños por clase y profesor, para mantener maestros en plantilla, innecesariamente, a costa de aumentar el gasto público. El exitoso y paradigmático ejemplo de Finlandia, ha demostrado, de manera bien clara y evidente, que los rendimientos escolares son independientes del número de alumnos por clase. El factor decisivo es la excelencia de la enseñanza, donde influye mucho la calidad del profesor —actitud y aptitud.

De este modo, es cómo cada vez más, los intereses generales están siendo sustituidos por los intereses creados. Si nuestras sociedades fueran lógicas podrían trasladar la carga económica y financiera que representa el porcentaje de niños no nacidos, eliminando profesores, pediatras, enfermeras, y demás gastos debidos a la infancia y adolescencia, y trasfiriendo dichos presupuestos a la atención, ayuda y recursos para satisfacer las crecientes prestaciones destinadas a las personas mayores de edad.

Pero este hipotético evento, ni se prevé, ni seguramente ocurrirá ya que los dirigentes políticos son cortoplacistas, por definición, y están más interesados en la demagogia, para poder perpetuarse en los cargos que en gobernar con responsabilidad. No quieren conflictos con el ‘lobby del sector de la enseñanza’, donde, debido al carácter tan corporativo de sus sindicatos, las reivindicaciones suelen hacerse con huelgas poco éticas, donde se secuestra y se compromete el futuro de nuestras sociedades, al tomar a los niños —y su educación consiguiente— como rehenes.

Además, la demagogia corporativa de este sector, tan poco productivo como insolidario por sus altos índices de absentismo laboral, que, si llegara el caso, ya habría pedagogos y docentes que nos convencerían que tener dos alumnos por clase es el número adecuado. Brevemente, señalaré que las pretensiones de transvase de los gastos de las generaciones ascendentes a las generaciones descendentes, que condicionan el fenómeno del envejecimiento, serían legítimas y correctas.

Tan correctas y legítimas son que, debido a ello, hay quienes defienden que no serán los jubilados, los causantes del aumento de los gastos de la protección social, sino que, más bien, lo serían los activos rentistas del momento que no se someten a los necesarios ajustes en el empleo —aquí podríamos hablar de todo el colectivo de funcionarios, donde sobra un tercio de ellos y, además, son insolidarios con el resto de trabajadores pues gozan de unos privilegios que el resto carece— como ocurre con el resto de los trabajadores que trabajan en el sector privado. Como se puede apreciar, fácilmente, tanto el desafío que representa el envejecimiento de la población como su consiguiente conflicto, están servidos.

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One Response to Las paradojas del envejecimiento

  1. Sirenita dice:

    Me acabo de despertar con mi futuro. Bueno, creo que será mejor que me vuelva a meter en la cama y me duerma otra vez. Este artículo que ha escrito profesor Gabiña merece que lo lea con las neuronas bien despejadas.
    l

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