Más ricos pero también más infelices

Pareciera que somos más ricos que hace 20 años. Quizás sea cierto pues el PIB per cápita también ha ido creciendo. Pero ello no representa que nuestra calidad de vida también haya aumentado. En efecto, si lo medimos en términos de niveles de bienestar social, cada vez vivimos peor. La mayoría somos más pobres aunque el país crezca económicamente. ¿Cómo puede ocurrir eso?. La razón es que el dinero que se gana, al final, se queda en muy pocas manos. Aquí también, los ricos cada vez son más ricos y las políticas sociales que permitirían el ajuste y la distribución de la renta, cada vez son más descafeinadas, en beneficio de los que más tienen.

Además, debido a que la competencia, que actualmente sufrimos, entre las empresas y los diferentes países, se ha vuelto tan cruel y tan despiadada en el marco del nuevo Leviatán o neoliberalismo, muchos gobiernos —que deberían reflexionar, más que nunca, sobre nuestro futuro deseable y posible, en el marco de un nuevo paradigma socioeconómico pues, el que tenemos ya no vale— se dedican a mirar hacia otro lado, esperando que sean los ajustes internacionales los que nos resuelvan la papeleta de la crisis en la que vivimos. Así, frente una actitud que deberías ser preactiva o de  anticipación frente a la crisis, adoptamos la actitud pasiva, la del avestruz.

Los diferentes gobiernos deberían pensar también que estamos ante el fin de una era y que esta estrategia de crecimiento económico que hemos que tanto hemos sacralizado, en los últimos años, gracias al ‘pelotazo’ del ladrillo  —porque en productividad y en gastos en I+D+i hemos hecho muy poco— también ha implicado que el hecho de lograr mejoras en nuestra competitividad, se haya hecho a costa de mantener salarios bajos —mileuristas—  a un gran porcentaje de los trabajadores y de reducir el empleo en ciertos sectores industriales, recurriendo, muchas veces, a la deslocalización: China, Marruecos, Países del Este europeo, Latinoamérica, etc.

Se hubieran podido utilizar los excedentes así generados, para invertir y crear empleos en otros sectores de futuro, tales como los servicios energéticos para el desarrollo de energías renovables, el impulso del ahorro y la eficiencia energética, construcción de infraestructuras para el transporte de mercancías por ferrocarril, etc. Sin embargo, poco se ha hecho en ello y, muchos menos, en lo referente a las inversiones en I+D+i relacionadas con las energías alternativas y la modernización de la redes eléctricas —‘smart grid’.

Los países en vías de desarrollo también hubieran podido beneficiarse de los errores que se cometieron durante el desarrollo de los países más avanzados —aprendiendo en cabeza ajena— y así, mediante la cooperación y ayuda internacional que apoya la sostenibilidad, a escala planetaria, se les hubiera podido realizar una importante transferencia tecnológica que les permitiera reducir significativamente sus emisiones de CO2. De este modo, los países avanzados industriales hubieran podido ayudar a los países emergentes para que quemaran etapas y recuperaran tiempos perdidos. Sin embargo, en vista de los resultados obtenidos, no podemos afirmar que se ha hecho mucho de ello.

En la práctica, lo que se ha hecho ha sido exportarles todo aquellas actividades industriales que no nos son ya rentables. Por ello, en la mayoría de los países avanzados, se está produciendo una reducción potencial del empleo como consecuencia tanto de la deslocalización, inherente a la globalización, como de la aplicación de las nuevas tecnologías a los procesos de fabricación. Pero, en muchos casos, la expansión de la demanda no ha compensado suficientemente, ahora que entramos en crisis, el aumento de la productividad.

Durante los últimos diez años, tampoco se ha dado el caso de una reacción de los diferentes gobiernos que corrigiera este desajuste mediante la reducción de la jornada laboral y aplicara una nueva y coherente organización social del trabajo, en base a un aumento significativo de los niveles de la cualificación laboral. Por el contrario, se ha apostado por una economía fácil que ha ampliado sus puestos de trabajo en base a una terciarización de bajo valor añadido, y que necesariamente debía recurrir a la explotación de una fuerte inmigración para mantener un estado de salarios bajos —jóvenes, y no tan jóvenes, ‘mileuristas’ viviendo en casa de sus padres porque el salario no les da para más— y, a su vez, una escasa contestación laboral.

En nuestro caso, y en vista de la recesión económica en la que hemos entrado, más nos vale también que aprendamos de las lecciones de la historia de la industrialización que nos demuestran que, si a lo largo de ella se han producido aumentos de los empleos, de la producción, de la productividad, de los salarios reales, de los beneficios y de la demanda, etc., ha sido porque también se reducía, al mismo tiempo, y de forma considerable, la duración de la jornada laboral, en virtud del progreso alcanzado, tanto científico y tecnológico como de dirección estratégica —sobre todo, en los tiempos que corren, muchísimo más importante que la gestión.

¿Por qué, en la fase actual, en la cual se están produciendo estas mutaciones energéticas tan importantes, y se espera que, ante unos precios altos y crecientes de la energía, el desempleo aumente tan significativamente? Si eso es cierto, ¿Por qué no se aplican ya políticas radicales de ahorro y eficiencia energética y de producción y consumo de renovables?. ¿Por qué no se nacionalizan — o se liberalizan del poder que ejercen sobre ellas unas pocas manos privadas— todas las redes eléctricas de transporte y distribución, cuanto antes?. ¿Por qué no potenciamos al máximo el transporte de mercancías y pasajeros por ferrocarril y se organiza de otro modo la sociedad?, ¿Por qué no se moviliza a la población y a las empresas para realizar eficazmente nuestra obligada transición al nuevo paradigma energético emergente?.

En 1934, John Maynard Keynes daba una conferencia, en Madrid, hablando sobre lo que él consideraba que sería el mundo, cien años después, y la titulaba: “Acerca de nuestros nietos”. En dicha exposición, Keynes planteaba que, allá por el año 2034, de una forma un tanto clarividente, la humanidad habría conseguido que la maldición bíblica, acerca de la cual los seres humanos tendríamos que trabajar con el sudor de nuestra frente, desaparecería.

En realidad, a pesar de la crisis energética en la que estamos inmersos, hoy en día, podríamos hacer cumplir gran parte de dicha “profecía” si aplicásemos las tecnologías energéticas que conocemos actualmente para producir electricidad, en base a las energías renovables, y redujéramos, de manera sustancial, nuestros niveles de consumo de energía per cápita.

Si, además, lográramos un sistema educativo de excelencia, un mejor reparto de la riqueza, optimizáramos nuestros sistemas de transporte, en base a la eficiencia y a la electrificación de los diferentes modos de transporte, todo sería más fácil. Y, por último, si garantizáramos las viviendas para todos, como un bien de primera necesidad, y nos organizásemos de otra manera, bastaría con trabajar algo más de seis horas al día, cada uno, para poder mantener la misma producción y la misma generación de bienes. El problema es que el nuevo Leviatán, el neoliberalismo, no permite otras reglas de juego más que la maximización de los beneficios del capital, a costa del contrato social.

Considero, por tanto, que mientras sean los mercaderes los que manden y rijan la economía —y por extensión y corrupción la política— en función exclusiva del rendimiento de sus negocios, a corto plazo, será imposible establecer unas reglas lógicas y coherentes con el nuevo paradigma socioeconómico emergente, donde la población mundial se aproximará a los 9.000 millones de habitantes.

En el anterior paradigma neoliberal, se rompió, por completo, con la forma tradicional de trabajo que se basaba en un empleo a tiempo completo y para toda la vida. Fue una época que duró hasta los años 1990. Cada uno vivía cerca de donde trabajaba. El trabajo comprendía unas tareas ocupacionales bien definidas y seguía un modelo de carrera profesional que coincidía con su ciclo vital. Este paradigma desapareció y surgió otro, de corte neoliberal, más centrado en la maximización del beneficios de las empresas, en la obtención del dinero fácil —también conocido como el ‘pelotazo’— la no intervención de los gobiernos en la vida económicas, el auge de las multinacionales y el aumento de  la exclusión y de la marginación social que tan progresivamente han ido erosionando durante estos últimos diez años la sociedad del bienestar, en gran parte debido a la especulación inmobiliaria, desarrollada con la complicidad y anuencia de los poderes públicos.

Actualmente, el neoliberalismo ya ha dejado de funcionar eficazmente —su permanencia terminaría por destruir el Estado de bienestar— y como salida a la crisis estructural que vivimos, necesitamos también crear otro modelo de organización en base a un nuevo contrato social. Necesitamos realizar un gran esfuerzo para que la transición al nuevo paradigma energético y productivo conlleve otro esfuerzo tendente a lograr que la competitividad externa vaya pareja y acompañada del desarrollo de nuestro propio bienestar social y de la expansión del mercado interno. De este modo, todo nos será más fácil y llevadero. Asimismo, debemos apropiarnos, cuanto antes, de un concepto clave: El futuro no será como lo que hasta ahora hemos conocido o, de lo contrario, si todo continua como hasta ahora, todo se nos convertirá en ruinas.

Finalmente, si admitimos que, fundamentalmente, es en la optimización y en la excelencia del sistema educativo donde reside el quid de la cuestión habremos evitado muchas discusiones estériles que tanto tiempo nos hacen perder. Si se adecua el sistema educativo al nuevo paradigma emergente y se logra la coherencia formación-empleo, la batalla del futuro estará ganada. Es necesario pasar, cuanto antes, de un sistema centrado en el profesor a un sistema centrado en el alumno. Debe desarrollarse de manera generalizada la Era del Aprendizaje/Emprendizaje, del aprender a aprender, donde la información y el conocimiento se han convertido en la materia prima del desarrollo socioeconómico, por excelencia.

De este modo, es como también los países en vías en desarrollo que nos imiten podrán también superar el intercambio desigual y producir bienes de alto valor añadido o agregado, empleando las correspondientes altas tecnologías que, como sabemos, requieren para su aplicación el conocimiento. Necesitamos una sociedad que se base, más que la actual, en los lazos comunitarios y en la ayuda mutua, donde se establezca el objetivo de “cero fracasos escolares”. Por ello, necesitamos destinar importantes recursos al I+D+i y al sector educativo, eliminando a este último su carácter funcionarial, que es un lastre que no le deja volar.

De igual modo, habrá que hacer grandes ajustes pues existen en la enseñanza demasiados privilegios obsoletos y un exceso considerable de ineficacia e ineficiencia que caracteriza al actual modelo educativo. Si queremos salir airosos de la prueba que nos depara el futuro, deberemos colocar a los mejores en los puestos de trabajo dedicados a la enseñanza, convirtiéndola, así, en un sistema de educación de excelencia y, de igual modo, en la herramienta más útil para la transmisión de conocimientos.

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4 respuestas a Más ricos pero también más infelices

  1. nombre dice:

    A veces no sé si hablas de España o del mundo, parece que de España. Creo que es bastante demagógico que digas más ricos pero más pobres. Los ricos serán más ricos que nunca pero me parece innegable que nunca hemos sido tantos con tantos objetos, casas, tan bien alimentados tan bien vestidos como ahora. Puedes criticar que el empleo que se ha hecho de la riqueza que ha aflorado en nuestro país sea poco sostenible, que la ropa que llevamos sea más fea que nunca o que desperdiciemos nuestro dinero yendo a pasar 15 días absurdos en Cancún, pero esto son opciones personales.

    Es triste ver cómo los mercaderes son capaces de convencer a la gente a hacer una mierda de sus vidas, pero hay muchos que no necesitan ser convencidos es su inclinación natural.

    Realmente me parece que tenemos todos un poco de lío mental, yo personalmente no quiero vivir en un mundo en el que un iluminado me diga cómo he de vivir, al final prefiero estar en manos de los mercaderes que al menos tengo la opción de rechazar sus ofertas.

  2. Dalmata 102 dice:

    En España, con un 40% de mileuristas, que no se pueden comprar un piso no podemos pensar que cada vez se vive mejor. El que escribe con el pseudónimo de “nombre” parece ser que vive bien pero ese no es mi caso, como tampoco lo es para la mayoría de los de mi edad. Estudié empresariales y tengo 36 años, tengo trabajo fijo desde hace un año y veo que si no llega a ser por mis padres que me aguantan yo estaría durmiendo ya en la “puta” calle.

    A mi tampoco me gustan los iluminados pero es que los mercaderes me gustan menos, porque sólo desean hacerse más ricos a costa de los demás. Si ellos ganan cada vez más (30%) y nosotros poco (2,5%) está claro que con crecimientos económicos intermedios (3,5%), como ha ocurrido hasta ahora, nosotros cada vez somos más pobres Los datos sobre la evolución del poder adquisitivo de los españoles lo deja más claro todavía.

    Saludos cordiales

  3. Dalmata 102 dice:

    De el Confidencial de hoy:

    EL PODER DE COMPRA DE LOS SALARIOS CAE A MINIMOS Y HUNDE EL CONSUMO DE LAS FAMILIAS

    Malos tiempos para salir de compras. El poder adquisitivo de los salarios ha caído a mínimos y eso está arrastrando el consumo de las familias hasta niveles desconocidos en las series históricas. La voz de alarma la dio ayer el Banco de España, que anticipó que el consumo de las familias creció en el segundo trimestre de este año un 1%, ocho décimas menos que el trimestre anterior y prácticamente la tercera parte de lo que se incrementó durante la última parte del año 2007. Se trata de la tasa más baja desde el segundo trimestre del año 1994, es decir justo a la salida de la última recesión.

    Lo peor, sin embargo, está por venir. El propio Gobierno ha reconocido en sus últimas previsiones que en 2009 el consumo privado avanzará únicamente un 0,4%, lo que descarta cualquier recuperación de la capacidad de compra de los salarios a corto plazo. Hay que tener en cuenta que hace apenas cuatro años (en el segundo trimestre de 2004), el consumo de los hogares crecía nada menos que a un ritmo del 5%, cinco veces más que ahora.

    Como sostiene el Banco de España, el debilitamiento del consumo de los hogares responde fundamentalmente a dos factores: el deterioro de la confianza de los ciudadanos sobre el futuro de la economía y la evolución “menos favorable” de sus principales determinantes, en particular la renta disponible de las familias, que se está viendo socavada tanto por la pérdida de dinamismo del empleo como por el alza de la inflación debido al encarecimiento del petróleo. Y todo ello pese a que se ha producido una aceleración de los salarios al haberse puesto en marcha las cláusulas automáticas de revisión que prevén la mayoría de los convenios colectivos. La Encuesta de Coste Laboral acaba de reflejar que el salario medio bruto de los españoles en 2007 se situó en 20.157 euros al año.

  4. Sirenita dice:

    Estás muy acertado Dálmata 102, es la primera vez que me quedo sin vacaciones porque si no, no llego a fin de mes, y como yo hay gente a mogollón.

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