Las Políticas energéticas en crisis

Una de las causas de los errores de muchas políticas en curso se debe a considerar que las condiciones de partida permanecen invariables. De una manera muy ingenua, y un tanto irresponsable, se acostumbra a pensar que en el fondo todo sigue igual, cuando la experiencia nos está ya demostrando todo lo contrario. Así, las decisiones, en materia de política energética que se están tomando en la mayoría de los países industrializados del mundo, se basan en una serie de supuestos que, a tenor de los hechos y de las tendencias portadoras de futuro, mucho me temo que, una vez más, se traten, o bien de espejismos o bien de falsos estereotipos.

El rigor del método obliga a que trabajemos, constantemente, en base a establecer la duda sistemática sobre el modelo actual ya que no funciona, tal como lo aconsejaba Descartes. Las compañías eléctricas ponen demasiadas pegas ‘técnicas’ para el desarrollo de las energías renovables, en especial, la solar fotovoltaica, que mejor es que lo dejen a otros que, de seguro, lo harán mucho mejor. Debemos rescatar las líneas y redes eléctricas de manos privadas que sólo velan por sus intereses cuanto antes, o no cumpliremos nunca nuestros objetivos de aprovechamiento al máximo de las energías renovables para la eliminación de los hidrocarburos fósiles y la electrificación total de la carretera. Para ello, debemos anticiparnos al futuro y aplicar la prospectiva-estratégica, ya que los niveles de riesgo han aumentado, considerable e innecesariamente, en las políticas energéticas que recientemente se están implementando, tanto aquí como en la mayoría de los países del mundo. Estos comienzos del siglo XXI, también plantean muchos cambios en el actual paradigma energético.

Cambios que se derivan no sólo del agotamiento progresivo del petróleo, ni de los avances en materia de la ciencia y de las tecnologías sino que, también tienen que ver, y mucho, con los cambios en la escala de valores, con el proceso de mundialización/globalización de las economías y con los niveles de deterioro medioambiental del planeta que soportamos.

En principio, los planificadores en materia energética admiten, como grandes verdades, una serie de premisas que, como casi nadie se las cuestiona, les ha permitido tomar decisiones, como la referente a la implementación de ciclos combinados, a pesar de que más tarde no serán necesarios y llegarán a  hipotecar a sus propios países en el futuro, obligando a sus ciudadanos a pagar una factura energética, debido a la moratoria, muy por encima de la que pagarán otros países competidores que no apostaron tan ingenuamente por los ciclos combinados.

En consecuencia, no deberíamos olvidar nunca de que las decisiones que se tomen ahora, por lo general,cuando se trata de infraestructuras energéticas, trascienden a más de veinte años, cuando no a casi treinta, cuarenta años. Por consiguiente, por prudencia, dada la perspectiva temporal de las políticas energéticas, no se debería permitir a tanto tecnócrata cortoplacista que tomase las decisiones sobre el futuro energético de los diferentes países. Razones de eficacia y de eficiencia lo aconsejan. Máxime cuando sus premisas de partida son tan débiles como las siguientes :

  • La demanda de combustibles fósiles (carbón, petróleo, y gas natural) podrá cubrirse fácilmente con la oferta.
  • En el futuro previsible, la demanda de energía de los países desarrollados  seguirá creciendo. En gran parte, debido a que los costes unitarios de la energía no crecerán significativamente. Crecerá el precio del barril de petróleo pero también nuestros niveles de renta
  • En la práctica, aunque parezca que ahora hay problemas para aumentar la producción de petróleo, en tres o cuatro años, gracias a las tecnologías y a los nuevos descubrimientos, se arreglará todo y se volverá a considerar que los combustibles tienen una disponibilidad ilimitada.
  • Siempre será posible descubrir nuevas reservas de combustibles fósiles.
  • El daño medioambiental producido por su combustión se podrá mantener a niveles “aceptables” ya que nuestro planeta tiene capacidad de autoregularse.
  • Las nuevas tecnologías seguirán mejorando la eficiencia en el uso de los combustibles fósiles.
  • Las energías renovables no son una alternativa, ni lo serán en muchísimo tiempo, a la producida por los combustibles fósiles.
  • Las innovaciones en materia energética, en nada, modificarán el actual paradigma. Etc.

Señalaré que muchas de las críticas a estas consideraciones no son novedosas y ya fueron recogidas, hace años, por Paul Ekins, en su tratado “Riquezas sin Límite” donde realizaba una llamada de atención, acerca de los graves riesgos e incertidumbres, que en el entorno económico-ambiental se están produciendo y que deberían provocar un cambio radical en materia de política energética.

Además, cínicamente, y a pesar del discurso oficial que apuesta por un crecimiento sostenible, los despilfarros energéticos en la mayoría de los países desarrollados va aumentando. Un ejemplo de ello es que las cifras comparadas de consumo “per cápita” de combustibles fósiles sigan siendo utilizándose como indicadores de la prosperidad relativa de las naciones. ¿A mayor despilfarro de energía mayor calidad de vida?.

No necesariamente ya que, con frecuencia, nos olvidamos de:

  • Las graves repercusiones que sobre la calidad del medio ambiente tienen las industrias de extracción de combustibles y de generación de energía.
  • La gran cantidad de gases de efecto invernadero que produce la generación de energía.
  • Los límites de la disponibilidad de combustibles fósiles y del uranio.
  • El derecho de las generaciones futuras a estos recursos.
  • La dependencia de las compras a países cuyos gobiernos son o pueden ser inestables.
  • La eventualidad, si es que no se ha producido ya, del  ‘Peak Oil’.
  • La posibilidad de que se descubra, o se admita lo que ya algunos afirmamos hace tiempo, que el petróleo es muchísimo más beneficioso si lo consumiéramos en aplicaciones no energéticas.
  • Los grandes avances científicos conseguidos en materia de generación de electricidad y calor, a partir de las energías renovables que permitirán que, en poco tiempo, su consumo sea seis veces más económico que el nivel actual.

En efecto, hoy ya es posible generar el mismo trabajo útil con menos de la mitad de energía primaria. Con el potencial que nos ofrecen las energías renovables, el factor transporte de energía carece de sentido, a la hora de diseñar las diferentes políticas energéticas. El futuro se escribe en clave de electrificación de las actividades económicas, pero ello, también significa que nos tenemos que dotar de redes eléctricas inteligentes.

La política energética, en lo que se refiere a la electricidad consiste en apoyar la modernización del sistema de redes eléctricas de transporte y distribución del país para mantener una fiable y segura infraestructura eléctrica que pueda satisfacer el crecimiento de la demanda futura y para alcanzar cada una de las siguientes condiciones que, en conjunto, caracterizan a una red del tipo ‘Smart Grid:

  • Aumento de la utilización de la información digital y la tecnología de control para mejorar la fiabilidad, la seguridad y la eficiencia de la red eléctrica.
  • Dinámica de optimización de las operaciones de red y los recursos, con la plena seguridad cibernética.
  • Desarrollo e integración de los recursos y la generación distribuidos, incluidos los recursos renovables.
  • Desarrollo e incorporación de la satisfacción de la demanda, la demanda de recursos y la eficiencia energética de los recursos.
  • Desarrollo de tecnologías ‘inteligentes’ —en tiempo real, automatizada, tecnologías interactivas que optimicen el funcionamiento físico de los aparatos y dispositivos— para la medición, las comunicaciones relativas a las operaciones y al estado de la red, la automatización de la distribución.
  • Integración de aparatos y dispositivos de consumo ‘inteligentes’.
  • Desarrollo e integración de almacenamiento avanzado de electricidad y de tecnologías de ahorro en picos de demanda, incluidos los enchufes eléctricos y los vehículos eléctricos híbridos y almacenamiento térmico de aire acondicionado.
  • Suministro a los consumidores de información oportuna y de opciones de control.
  • Desarrollo de normas para la comunicación y la interoperabilidad de los aparatos y equipos conectados a la red eléctrica, incluida la infraestructura al servicio de la red.
  • Identificación y eliminación de irrazonables obstáculos o barreras que no son necesarias, ni lógicas para la adopción de tecnologías, prácticas y servicios de redes inteligentes.

Desde otro enfoque complementario, y teniendo en cuenta que la reducción del consumo sólo podrá ser un objetivo realista para los habitantes de los países más prósperos y desarrollados, no parece lógico esperar que los países en vías de desarrollo, incluidos los países emergentes como China e India, reduzcan el incremento de su demanda, a no ser que aprecie que los países ricos están aplicando políticas de reducción de su consumo energético. Además, las reducciones de consumo energético deberían dar unos resultados espectaculares, al tiempo que facilitamos la transferencia tecnológica gratuita a los países en vías desarrollo. Una transferencia tecnológica que sea la apropiada, en materia de ahorro y eficiencia energética y aplicaciones eficientes de las energías renovables.

Por desgracia, a corto plazo, parece que todos estos objetivos, lo más posible, es que serán apuestas de improbable puesta en práctica. Sin embargo, el futuro permanece muy abierto y, espero vivamente, que la prepotencia de algunos países desarrollados sea toda una lección para acabar con la cultura del ‘pelotazo’. Me remito a la situación tan grave que están padeciendo países como Estados Unidos, Irlanda y España. Personalmente creo que, tal como nos lo demuestran las lecciones de la historia, el éxito estará con aquellos países que hayan sabido apostar por el futuro -por el largo plazo y de manera sostenible- y consigan anticiparse a los cambios y mutaciones, preparándose, así, para el nuevo paradigma energético que, inexorablemente, se producirá y que, desde hace tiempo, está llamando a nuestra puerta.

Unas nuevas tecnologías energéticas en base a las renovables se avecinan y romperán con las actuales y obsoletas reglas de juego. Mejor dicho: ¡Ya están!. Aquellos países que se obcequen en seguir hipotecándose energéticamente con el mix del pasado, lo pagarán caro. Los rentistas, no sólo persiguen su propio beneficio y desean siempre continuar haciendo más de lo mismo -o si se hacen cambios que se hagan lentamente, para que ellos los puedan controlar y dominar.

Además, son tan torpes que, en su locura avariciosa por la maximización de beneficios, también son capaces de acarrear la ruina del país. En consecuencia, no podemos esperar a que el petróleo se agote del todo para reaccionar o que las empresas energéticas, incluidas las eléctricas, nos den permiso para actuar. La lógica de estas empresas es seguir controlando el mercado. Nuestra lógica es realizar la transición al nuevo modelo energético, cuanto antes.

Finalmente, os diré que sería bueno que pensáramos que estas empresas, lo más probable, es que, en pocos años, sean compradas por empresas extranjeras. De igual modo, sería también bueno que pensáramos que aunque todavía quede petróleo para mas de treinta años, la Edad del Petróleo se acabó ya, del mismo modo que la Edad de Piedra también se acabó, hace miles de años, sin que se llegaran a agotar las piedras.

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