La soledad solidaria

Damos muy fácilmente por hecho que nuestros hijos, cuando son niños y hasta cuando son jóvenes adultos, acostumbran a vivir en el seno de las familias donde se les educa enseñándoles a compartir el cariño, el esfuerzo, la ayuda mutua y la solidaridad. Por otro lado, y de manera totalmente gratuita, pensamos que a ningún hijo le gustaría ver envejecer a sus padres pasando penurias físicas y económicas, sobre todo si se le ha educado en la generosidad y en la solidaridad y se da el caso que ambas virtudes las ha asumido como valores propios. ¿Es eso cierto o tan sólo es producto de nuestros deseos?. Ésta es una cuestión de las que más nos deberíamos preocupar cuando estamos educando a nuestros hijos. ¿El sistema de valores sobre el que basamos la educación de nuestros hijos plantea que la generosidad es una virtud primordial?. ¿Con el ejemplo que les damos como padres, pensamos que se están fortaleciendo los vínculos intergeneracionales?.

Personalmente, considero que somos demasiado optimistas si respondemos a estas dos últimas preguntas de manera afirmativa. Los datos apuntan a todo lo contrario pues los vínculos intergeneracionales se van debilitando, a pasos agigantados. Sin embargo, también es cierto que no todo es homogéneo y que existen tendencias contradictorias derivadas de las expectativas que tienen los jóvenes con respecto al futuro y que, incluso, varían de unos países a otros. Así, mientras, en algunos países, entre los que nos encontramos nosotros, los jóvenes permanecen largo tiempo viviendo en el hogar de los padres, en otros países, como Alemania e Inglaterra, acostumbran a abandonar los hogares paternos una vez son ya mayores de edad.

Ignoro que será lo mejor, pero intuyo que, en cualquier caso, el ejemplo que hayamos dado a nuestros hijos al cuidar de nuestros padres, sus abuelos, cuando estaban ya mayores, servirá, pero mi intuición puede equivocarse y, por ello, fríamente he de pensar  que no será tanto como pensamos. Las relaciones sociales se han deshumanizado tremendamente, por lo que aquello que más podría contribuir a que nuestros jóvenes familiares fueran más solidarios con las personas mayores de edad de su familia, padres y tíos principalmente, cada vez tiene menos fuerza. Me refiero también a los que sólo tienen sobrinos o hijos que no criaron, por estar separados o divorciados y que son un grupo social cada vez más numeroso.

Hemos de tener en cuenta que el envejecimiento de la población también entraña cambios muy importantes en la composición de las familias. En efecto, el descenso de la fecundidad y el aumento de la longevidad hacen que no sea muy extraño encontrarse con familias que cuenten con cuatro generaciones —donde existen bisabuelos— que conviven a la vez. Si en 1960, un tercio de los que tenían cincuenta años contaba todavía con, al menos, uno de sus padres vivo, actualmente, podemos decir que está afectando a casi al doble, al 60%.

Por otro lado, las mujeres que nacieron en torno a 1930, mantuvieron una esperanza de vida de unos 70 años y tuvieron una media de 3,6 niños; mientras que las mujeres que nacieron con posterioridad, en torno al año 1950, redujeron la tasa de fecundidad a 2,2 y ganaron en esperanza de vida hasta casi los 80 años. Por último, las que hayan nacido, a partir de 1985 —no teniendo en cuenta el saldo migratorio— quizás no alcancen una media de 1,1 niños por mujer en edad fértil, como tasa de fecundidad, pero es muy probable que su esperanza de vida, debido a las mejoras de los factores, llegue a alcanzar valores superiores a los 90 años.

Otro cambio estructural producido, es el relativo a que, antes, los padres permanecían viviendo con los hijos durante prácticamente toda la vida, Generalmente, era una de las hijas la que se casaba a casa de los padres y así, los atendía durante todo el resto de la vida hasta que la muerte se los llevara. Hoy en día, asistimos a unos cambios antagónicos que nos presentan, por una parte, una mayor desafección de los hijos con respecto a los padres pero, por la otra, quizás debido al coste de las viviendas y al retraso en la edad madura, los jóvenes permanecen más en el domicilio de los padres.

Algunos analistas consideran estos hechos como positivos ya que también permite el redescubrimiento de la solidaridad y de los lazos familiares, enfatiza el valor del apoyo de la familia, lo que contribuye a la buena disposición de los más jóvenes para el cuidado y atención de las personas de edad.

A lo largo de los últimos dos siglos, la familia se ha mantenido como una institución sólida que ofrecía, voluntaria y de forma natural, el sostenimiento a sus miembros más débiles y frágiles, aunque, a veces como un clan, ahogara a las aspiraciones individuales de sus miembros. Las relaciones se basaban en el calor familiar y la intimidad. Los servicios ofrecidos por las familias eran más flexibles y de una mayor calidad que la de los servicios públicos. Sin embargo, debido a factores relacionados con la dedicación al trabajo, las familias dejan el cuidado de sus mayores en manos de la administración pública, cada vez más. Lo que conlleva un aumento importante del gasto público y, por ende, de los impuestos.

¿Cómo podrían las familias contribuir a paliar los problemas que origina el envejecimiento de la sociedad? Indudablemente, todo avance en la respuesta debe señalar que cualquier buen sistema público de salud tendría que tener muy en cuenta los cambios que se están produciendo en las familias, sobre todo, en unos momentos, donde el índice de divorcios está creciendo cada día más y sin que se le conozca límite, por ahora.

Cuando un padre o una madre, ya con cierta edad, tiene necesidad de apoyo y de ayuda, en general, recurre a los hijos. Sin embargo, lo típico es que este apoyo suela venir asumido por una sola persona, y, en concreto, suele ser una hija la que se encarga de ellos. En estos casos, la implicación de otros miembros de la familia, de amigos o de vecinos, suele ser menor y también más aleatorio.

Con respecto al futuro, podemos prever que la reducción del margen de años entre la esperanza de vida de los hombres y de las mujeres podría, aunque existe mucha controversia al respecto, darse lugar a una significativa reducción del número de viudas y, en consecuencia, a un aumento de las personas que vivan con su cónyuge, durante muchos años después de la jubilación.

Sin embargo, debido a que el matrimonio entre parejas cada vez es más frágil, lo más probable es que nos encontremos, también cada vez más, con personas de edad que vivan solas. Esta situación nos producirá —en la medida que este colectivo vaya aumentando— otro tipo de problemas donde la soledad será una de los causas que más haga sufrir a este grupo social.

De igual modo, deberíamos analizar si es cierto que, dentro de las dinámicas familiares, las reglas de solidaridad que existen entre los diversos miembros de la familia van evolucionando de manera positiva o negativa, y hasta donde van llegando. En cualquier caso, la obligación de ayudar a los padres, ya ancianos, estará cada vez más determinada por el nivel que hayan adquirido los vínculos afectivos que une a cada hijo con sus padres.

Aunque mucho me temo que toda valoración que hagamos ahora podría ser equivocada porque consideramos que las circunstancias en las que vivan entonces nuestros hijos serán las ideales. Poco nos planteamos que lo más seguro es que vivan bastante peor que como vivíamos nosotros a la edad que ellos tengan. Además, debemos asumir que, tanto los hijos como los padres, valoramos cada vez más la autonomía y la reciprocidad de las relaciones paterno-filiares.

Amor con amor se paga —reza un viejo proverbio. Pero es un refrán que cada vez es menos cierto. Y no es porque nuestro hijos nos quieran menos, sean más malos o más egoístas, sino porque la vida de hoy exige atender más lo urgente que lo importante. Por otra parte, no olvidemos que podrían estar sufriendo la atosigante condición de ‘mileurista’ que muchas veces les imposibilitará llegar bien a fin de mes. Además, estamos perdiendo demasiados principios y valores en el seno de nuestra sociedad como para que el sacrificio y la generosidad sean valores en alza. A mí, de pequeño, me enseñaron a ganarme a mis padres y hoy, estoy aprendiendo todavía, a ganarme a mis hijos. No sé si mis hijos pretenderán o harán algo para ganarme algún día. Por si acaso, mi mujer y yo vamos a procurar preparar el futuro de manera que no tengamos que depender nunca de los hijos.

Lo hacemos por ellos para que no tengan que hipotecar sus vidas cuidando de nosotros. Hemos de pensar que bastante tendrán con sacar adelante a sus hijos en el mundo tan desgraciado, tan insolidario y tan insostenible que les estamos dejando. Por ello, creo que la gente de cualquier edad es consciente de que la salida, aun siendo difícil,  consiste en caminar hacia adelante, adecuándose anticipadamente a los cambios. El futuro se escribe en clave de niveles altos de autonomía para la tercera y cuarta edad. No importa tanto si las personas de edad llegarán a poder contar con sus hijos para vivir con ellos, sino que,  lo que verdaderamente importa, es que las personas mayores, aún en edades avanzadas, y como una prueba última de amor a los hijos, eviten ser una carga para ellos.

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