Los límites de la economía

El mercado no puede seguir siendo el centro de la economía y, si éste quiere perpetuarse, no tendrá más remedio que supeditarse a las leyes físicas de la naturaleza. En un mundo limitado como el nuestro, desde la ciencia se sostiene que deberíamos prestar una atención especial a las leyes de la Termodinámica, deberíamos buscar la consecución de la sostenibilidad, es decir, el equilibrio entre el uso que el sistema económico hace de los recursos naturales y la posibilidad de regeneración de los mismos. Si queremos sobrevivir a nuestro fatal destino al que nos conduce nuestra esclavitud y supeditación al lucro y a la usura, la economía deberá incorporar aquellas nociones biofísicas centradas, fundamentalmente, en principios energéticos que son los que, verdaderamente, explicarán nuestra viabilidad económica. En otras palabras, deberá ser sostenible.

Sabemos, por la 1ª Ley de Termodinámica, que la materia y la energía ni se crean ni se destruyen, sino que tan sólo se transforman. No se puede realizar ningún trabajo mecánico sin consumir energía y/o materia. Según esta ley, la generación de residuos es algo inherente a todo proceso de producción y consumo. Por la 2ª Ley de Termodinámica o Ley de la Entropía, sabemos que la materia y la energía se degradan continua e irrevocablemente desde una forma disponible a una forma cada vez menos disponible, o de una forma ordenada a otra más desordenada.

Así pues, podemos acordar que lo que confiere valor económico a las materias primas y a la energía es su disponibilidad para ser utilizadas. La forma disponible de la energía es la única forma que les sirve a los seres humanos para realizar trabajo. A la parte de la energía que no puede utilizarse para producir trabajo se conoce como entropía. De este modo cuando un sistema se degrada más decimos que el sistema gana en entropía. Lo mismo que pasa en nuestras casas, cuando los padres nos vamos a disfrutar unos días de vacaciones y se quedan entonces sólo los hijos, por unos días, en ella. Durante esos días, y hasta el mismo día que llegan los padres —en el mejor de los casos— nuestra casa gana, continuamente, en entropía.

De igual modo, a medida que generamos más basuras convertidas en desperdicios de difícil reutilización, los niveles de entropía del sistema siempre aumentan. La economía tradicional se ha despreocupado siempre del marco biofísico en el que se desarrolla la actividad humana. En su ecuación fundamental, todos los factores son ilimitados. No tiene en cuenta su condición de sistema abierto y dependiente de la energía que intercambiamos con la naturaleza.

Cuando se trata de un sistema termodinámicamente cerrado, la 2ª Ley de la Termodinámica nos establece que el crecimiento de la entropía de cualquier sistema viene marcado por la degradación energética que sufre dicho sistema. Por lo tanto, el crecimiento exponencial de la economía mundial es imposible. Es decir, la consecuencia económica de esta idea supone que todos los procesos tienen limitaciones —unos más que otros— que les impiden explotar infinitamente los recursos perecederos y no renovables, por mucho capital o tecnologías que utilicemos para ello.

Si fuéramos inteligentes —cosa que dudo cada día más— el principal objetivo de la economía debería ser la autoconservación de la especie humana. La amenaza del cambio climático es tan grave que sólo el hecho de continuar haciendo más de lo mismo —poniendo en peligro así la viabilidad de la especie humana— debería ser motivo para que los jueces —que se enorgullecen tanto de que son un poder independiente— deberían condenar a los gobernantes que no lucharan contra el cambio climático por imprudencia temeraria, acompañados de los consultings ‘botafumeiro’ que les rodean y alagan para desgracia nuestra. A su vez, y siendo medianamente sensatos y responsables, los bienes que producimos deberían ser clasificados en base a su potencialidad para ser utilizados también en el futuro, y no en base a sus precios especulativos.

De este modo, la ciencia y la tecnología podrían ser más útiles, a la hora de buscar soluciones económicas a la gestión de los recursos del territorio, de manera que se se asegurase tanto la viabilidad sostenible de la producción como la reducción, el reciclaje y la reutilización de los residuos. Los niveles de reservas de materias primas, la productividad de los residuos, así como los niveles de ahorro y de eficiencia y de producción y consumo local de energías renovables, junto con los niveles de precios y demanda, actuales y previsibles, que se darán en el futuro, son y serán los factores clave que más incidirán en el nuevo paradigma socioeconómico que, es obvio, que nos aguarda desde hace tiempo.

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One Response to Los límites de la economía

  1. Alejo Etchart dice:

    Por clara y evidente, la estupidez humana, que Einstein afirmaba con rotundidad, existe cartesianamente, y no se puede dudar de ello.

    La Economía es una ciencia que parte de la hipótesis de que los recursos son escasos, y trata de resolver ese problema básico asignándolos de la manera más eficiente. Así, los recursos agrupados tradicionalmente en Mano de obra, Materias Primas, y Capital tienen un coste asignado por el mercado en competencia, a cambio de su consumo.

    Pero, ¡oh, magnífica estupidez!, ocurre que el grupo de recursos que se podría agrupar bajo el epígrafe “Medio Ambiente” no ha sido considerado como escaso, ni siquiera como recurso, y por lo tanto no se le ha asignado un coste.

    Si se le hubiese asignado un coste, no estaríamos al borde del caos, porque el crecimiento económico se habría producido en base a los bienes y servicios más eficientes en el sistema global. Así, por ejemplo, la valoración de los combustibles fósiles no se habría derivado sólo de su propia escasez, sino también del consumo (que en Economía equivale a destrucción) del recurso Medio Ambiente. La base del crecimiento económico no habrían sido el petróleo y el carbón si éstos costasen lo que deberían costar, sino otras formas de energía que no se desarrollaron tan rápidamente como deberían porque no eran competitivas.

    La clase política, que como toda otra busca en primer lugar su propia supervivencia, asume un enfoque a un plazo demasiado corto como para atreverse a enfrentarse a una realidad dolorosísima. Asignar un coste a la destrucción del Medio Ambiente, conlleva una reasignación de recursos brutal, hundiendo gran parte de los actuales sectores económicos y generando enormes desequlibrios sociales en todos los países desarrollados; pero no hay otro remedio: como decía Al Gore, hacer algo es enormemente costoso, pero el coste de no hacer nada es sencillamente inasumible.

    Estamos hablando de la vida de nuestra especie; más precisamente, de la de nuestros hijos y la nuestra propia. Quienes creen que esto se resuelve concienciando a los niños en la escuela, van dados; no son pocos, y son políticos. La supervivencia ocupa el primer nivel de la pirámide de necesidades de Maslow. Es nuestro problema, nuestro ÚNICO PROBLEMA, pues comparado con él no hay otro que merezca ese calificativo.

    Estamos donde estamos y de muy poco sirve distribuir calificativos cual coces. ¿Y ahora, qué hacemos? El protocolo de Kyoto trató de poner un buen parche al déficit de la Economía, pero ¿valdrá para algo? España, que salió muy beneficiada en la atribución de emisiones de GEI permitiéndole un 15% de aumento de emisiones sobre las de 1990, está ya en un 53%. ¿Pagará el coste que conlleva? Otros muchos países están igual, o ni siquiera están obligados por el pacto por no haberlo suscrito, y entre ellos están los más contaminantes del mundo.

    Hace falta una verdadera autoridad supranacional con poder ejecutivo y coercitivo para imponer la gran transición hacia una economía sostenible siguiendo las directrices ya marcadas por el IPCC. Hace falta que cada uno de nosotros hagamos todo lo que ya está en nuestras manos, sin esperar a que Papá Estado nos saque del atolladero. Hace falta actuar con toda nuestra fuerza. Yo ya me he puesto a ello: mando mi carrera profesional al garete y empiezo ya a estudiar Crecimiento Sostenible.

    Gracias por tu blog, Juanjo.

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