Hambre, próximamente hasta en su casa

Cada vez que, en una determinada época histórica, se ha producido una gran catástrofe, el nombre de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis ha empezado a ser zarandeado al son de los vientos que genera el rápido y estruendoso galope del hambre, la muerte, la guerra y la peste. En estas fechas en las que vivimos, el Jinete que representa el hambre se nos acerca cada vez más, para asolar nuestras tierras menos fértiles. Contrariamente a lo que se piensa, las tierras menos fértiles no son las zonas áridas sino las ciudades, ya que sus tierras fértiles de antaño se han convertido en totalmente estériles, debido a la urbanización.

Tradicionalmente, se ha solido pensar que las hambrunas eran causadas por fenómenos naturales, Sin embargo, en los finales de la era contemporánea actual, creo que la hambruna, que crece y se desarrolla a lo largo del planeta, se ha originado por otros motivos bien distintos. Un grave estallido de la hambruna produciría un fuerte incremento de la mortalidad para un segmento importante de la población. El hambre crónica se caracteriza por la privación sostenida de alimentos sobre unas bases persistentes a lo largo del tiempo.

El hambre crónica y la hambruna son una continua falta de disponibilidad que conlleva la privación de alimentos. Generalmente, las causas de la hambruna radican en las fuerzas de la naturaleza, como la sequía, las plagas o enfermedades de las plantas o las inundaciones. Otras veces son debidas a causas antropogénicas, como consecuencia de las guerras, las luchas civiles, el genocidio o la actuación codiciosa de las fuerzas más poderosas del mercado. Últimamente, es un hecho que las multinacionales de la alimentación controlan la mayoría de los flujos internacionales de alimentos. Sin la intervención de los gobiernos, su poder ha llegado a ser casi absoluto.

Si, para evitar abusos, no existen controles suficientes a lo largo de la cadena de valor del sector de la alimentación, y dejamos que sea el mercado el que actúe a su antojo, la acumulación y concentración de los alimentos en manos de unos pocos oligopolios —como ahora ocurre— permitirá, ante el silencio cómplice y corrupto de los diferentes gobiernos, que estas multinacionales cosechen ganancias excesivas, a costa de crear graves crisis alimentarias en todo lo largo y ancho de este mundo. De nuevo, nos enfrentamos a la especulación pero, esta vez, lo que antes fueron las viviendas —un bien de primera necesidad— ahora son los alimentos —otro bien de primera necesidad. Así, los alimentos se están utilizando para lucrarse unos pocos, en base al primer objetivo económico propio del neoliberalismo que persigue la maximización de los beneficios de las empresas. ¿Dónde están los diferentes gobiernos de los países desarrollados para intervenir, ahora que estamos a tiempo de evitar millares de muertes debidas a la hambruna? ¿O es que sólo los gobiernos saben a ayudar a las empresas cuando éstas comienzan a tener pérdidas, como ahora están haciendo con el sector financiero?

La situación actual podemos calificarla de muy grave. Las Naciones Unidas acaban de advertirnos que, debido al fuerte encarecimiento experimentado por los alimentos básicos como los cereales y su efecto en cascada sobre el resto, como ha ocurrido con el pan, la leche, los huevos, etc., los mayores costes de los alimentos amenazan con desatar un silencioso “tsunami de hambre” que, a corto plazo, afectaría a 100 millones de personas, en todo el mundo, y a miles de millones si no se ataja a tiempo el origen de los males.

Algunas ONGs, especializadas en la ayuda a los países del tercer mundo, señalaron que, aunque haya suficientes alimentos como para abastecer a todo el planeta, desgraciadamente no llega a todos los seres humanos debido a que los más pobres no pueden costearlos. La única respuesta eficaz, y que merece la pena, es aquella que, sin ningún tipo de contemplaciones con las empresas multinacionales de la alimentación, persigue que no haya muertes innecesarias y que todos aquellos seres humanos que, hoy en día, sufren hambre puedan adquirir los alimentos que necesitan para poder vivir. Deberíamos recordar que, antes que el lucro de unos pocos, está la vida de muchos. Lo demás es cinismo e hipocresía.

Desgraciadamente, no va a ser tarea fácil evitar la hambruna. Existe mucha corrupción, sobre todo en los países en vías de desarrollo, y demasiados rentistas del sistema —con intereses creados que tumbar— para hacerlo posible. Un estudio realizado por el profesor Alex Evans nos revela que, a nivel mundial, y en tan sólo tres años, los precios medios de los alimentos han aumentado en un 83%. Este crecimiento lo podemos atribuir a la conjunción de factores tales como a la fuerte demanda de alimentos que están experimentado algunos países emergentes como China e India, al aumento de precios de los fertilizantes y del petróleo —que afecta, en especial, al sector de la agricultura intensiva y al transporte— al crecimiento de la población mundial, a la producción de biocombustibles, a partir de productos alimenticios, y a la especulación, tanto la de los intermediarios como la que se realiza a través de las cotizaciones de las materias primas o ‘commodities’ en las bolsas mundiales.

Necesitamos que los gobiernos comiencen a hacerse con las riendas del mercado y destierren, por cínico y falso, el principio relativo a la ‘mano invisible’ que supuestamente mueve los mercados. Tanto en el caso de la vivienda, como en el caso de los alimentos, esa ‘mano invisible’ es cada vez más visible y muestra con claridad sus nombres, fundamentalmente en lo que se refiere a la alimentación, en clave de empresas multinacionales. Es cierto que no todas las multinacionales están jugando sucio pero, hay algunas, que, en su afán de lucro y cegadas por la codicia, podrían arrastrar a las demás y no han dudado —ni dudarán, si una vez comprobado su papel de especuladores, no se les expropia las empresas a sus accionistas— en jugar con la vida de los más pobres —y no tan pobres— de nuestra sociedad.

Se impone, en consecuencia, un exhaustivo control de los precios de los alimentos para así detectar a los culpables y, sobre todo, se impone la nacionalización compartida entre muchos países que integran las Naciones Unidas de estas empresas tan vitales. Con la comida no se juega. Se impone planificar, de arriba a abajo, la producción, transporte y distribución y comercialización —precios incluidos— de los alimentos. Se ha de impedir que sea el ‘mercado’, controlado por oligopolios, el que provoque hambrunas. Catástrofes que hubieran podido ser evitadas, si los gobiernos hubieran actuado pronto y a tiempo, y, así, contribuir en que no se produzcan los inducidos ‘fallos’ en el mercado que tanto afectan a la alimentación de los seres humanos.

La hambruna no es algo nuevo para nosotros y, a lo largo de la historia, reaparece de tiempo en tiempo. Actualmente, las estimaciones del número de muertes debidas al hambre se estiman en torno a los 40 millones al año. Pero debemos recordar que, entre 1958 y 1961, durante la hambruna que padeció China, murieron casi 30 millones de personas. No obstante, la mayor proporción de personas que resultaron muertas a causa del hambre, se produjo entre 1845 y 1852. En aquel entonces, una octava parte de la población resultó muerta debido al hambre y a sus efectos colaterales. En efecto, la pérdida de defensas, que con el hambre sufre el organismo humano, debilitó a la población y la hizo muy vulnerable a contraer enfermedades del tipo: disentería, tifus, fiebre tifoidea y otras enfermedades infecciosas.

En el siglo XXI, la seguridad alimentaria ha sido considerada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas como un derecho humano básico. Se define como el derecho que tienen todas las personas de acceder, en todo momento, a los necesarios alimentos que les permitan poder llevar una vida sana y activa. La comida es una necesidad básica. Si las instituciones, entidades y organismos encargados de proporcionar el bienestar general a los ciudadanos no lo consiguen, entonces la inseguridad alimentaria se convierte en una grave y peligrosa amenaza para cualquier sistema social. La cuestión crucial es si las naciones ricas y las fuerzas políticas y económicas, más involucradas en el proceso de globalización, van a tener la voluntad de aplicar las políticas preventivas sugeridas por los actores comprometidos con los problemas sociales y demás organizaciones humanitarias.

Todo depende de lo que hagamos de ahora en adelante. Obviamente, la crisis alimentaria, que sólo acaba de empezar y que algunos pronostican para más de cinco años, puede tener consecuencias fatales para los más desfavorecidos socialmente y éstos, además de ser ya muchos, con las crisis que se avecinan, cada vez serán más. Destacaré que entre ellos se encuentran, no sólo los países pobres, sino también los millares y millares de pobres que pueblan nuestras ciudades y que se ven necesitadas de tener que vivir y alimentarse, gracias a la caridad pública. En consecuencia, una de las soluciones que se plantean es que las naciones productoras de alimentos no frenen sus exportaciones ni los acumulen, a nivel interno, para mejorar precios. También se trata de ampliar las ayudas al desarrollo. Lo malo es que surgen dificultades inesperadas. También los países productores como Estados Unidos tienen cada vez más pobres que alimentar, por lo que la exportación es muy probable que se encuentre afectada y se reduzca, tal como lo comentaba, hace dos días, la CNN.

En conclusión, ha llegado la hora de la verdad. Se trata de ser o no ser solidarios y responsables con los más desfavorecidos. Ya no hay lugar para la esquiva, ni para el disimulo, mirando hacia otro lado. La respuesta está en nuestras manos. Aprendamos de los errores cometidos con la especulación de la vivienda. Debemos dejar claro a las fuerzas del mercado que no todo vale. La dignidad y la vida de los hombres está por encima de todo.

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