La quimera del agua

Los problemas de abastecimiento de agua que están sufriendo los habitantes del Área metropolitana de Barcelona son un ejemplo más de las consecuencias del Cambio Climático. Acaba de celebrarse la 28 conferencia del IPCC en Budapest y el tema clave ha sido el impacto del calentamiento global sobre las variaciones en el régimen de lluvias y sus consecuencias. Aunque era algo que, por las previsiones efectuadas, ya conocíamos desde antes, esta vez, se volvió a insistir en ello aportando una enorme cantidad de datos. Se hicieron previsiones sobre el incremento considerable de inundaciones y sequías, que progresivamente se irían produciendo, y que afectarían —o están ya afectando— de manera especial, a ciertas regiones del planeta, entre las cuales nos encontramos nosotros.

A la vista de los datos y de las investigaciones que se están desarrollando, los científicos del clima pronosticaron que, en las próximas décadas, el cambio climático causaría un mayor número de inundaciones en el hemisferio norte y un número también creciente de sequías en el hemisferio sur y, sobre todo, en las llamadas zonas áridas y secas del Planeta. Además, consideraron que lo más probable era que, en los próximos años, algunos países situados a orillas del Mediterráneo, los países del sur de África, el noreste de Brasil y la región occidental de Estados Unidos sufrieran con frecuencia una importante sequía o escasez de agua.

De igual modo, Rajendra Pachauri, que preside el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, manifestó, al final de la conferencia celebrada en Budapest, que el aumento de la frecuencia y la intensidad de las inundaciones y las sequías también podrían ocasionar una reducción significativa de las cosechas. Hecho que, sin ninguna duda, contribuirá en que se agrave aún más la crisis alimentaria que hemos empezado a padecer.

Hemos de interiorizar que ya, durante el transcurso de este último año, el aumento vertical de los precios de los alimentos ha sido espectacular. El hecho no se debe sólo a una escasez de productos básicos, sino a una conjunción de factores tales como a la fuerte demanda de alimentos que están experimentado algunos países emergentes como China e India, al aumento de precios de los fertilizantes y del petróleo —que afecta, en especial, al sector de la agricultura intensiva y al transporte— al crecimiento de la población mundial, a la producción de biocombustibles, a partir de productos alimenticios, y a la especulación, tanto la de los intermediarios como la que se realiza a través de las cotizaciones de las materias primas en las bolsas mundiales.

En el año 2007, los cereales como el maíz registraron un aumento del 41%; los aceites vegetales un 60%, y los productos lácteos un 83% y, recientemente, el arroz ha experimentado un crecimiento del 50%, en tan sólo dos semanas. Entre marzo de 2007 y marzo de 2008, el precio de venta del trigo (materia prima para el pan, entre otros) se disparó un 130%.

La tendencia hacia el crecimiento de los precios de los productos alimentarios no se ha revertido, y más bien parece que podría acelerarse su crecimiento. Este hecho del encarecimiento de los alimento afectará, en gran medida, a aquellos países que, además de las importaciones de materias primas y de la energía primaria, dependen cada vez más de las importaciones de alimentos. En los países desarrollados, resulta paradójico que, a pesar de la grave falta de abasto que algunos países conocen —ya que más del 85% de la cesta de la compra se basa en alimentos importados— siguen apoyando producciones agropecuarias marginales que no satisfacen las necesidades alimenticias mínimas de sus ciudadanos. En estos países, cuando los precios de las materias primas y del transporte hagan prohibitivo el consumo más básico y elemental de alimentos y surjan entonces los problemas es cuando comenzarán a reaccionar sus gobiernos. Lo malo es que, para entonces, lo más probable es que sea demasiado tarde.

De cualquier modo, y como siempre, lo peor de todo es lo que ya les está ocurriendo a los países más pobres. Por ello, la FAO afirma que es necesario redoblar la ayuda alimentaria a los países más pobres pues con la hambruna podrían ocasionarse millones de muertos. Además de la hambruna, y como si todas las calamidades concurrieran al mismo tiempo, el informe del IPCC presentó unos datos que pronosticaban también una disminución importante de la cantidad y de la calidad del agua potable. Esta escasez de agua afectaría tanto al agua de beber como a la utilizada como riego en la agricultura.

Así, para el año 2020, millones de africanos podrían verse afectados por problemas de escasez de agua, si es que no se toman medidas que mitiguen el cambio climático —añadieron inocentemente los expertos. ¿Se tomarán? ¿Las tomaremos? Lo más curioso es que, cuanto más solidaridad entre todos necesitamos, la naturaleza juega con nosotros imponiéndonos soluciones del tipo: ‘unos tanto y otros tan poco’ .

En efecto, mientras algunos países y/o regiones verán que, muy probablemente, la proporción de fuertes tormentas de lluvia irá en aumento, al mismo tiempo y en otro sentido, otras zonas se verán afectadas por sequías extremas. En consecuencia, Pachauri tiene muy claro que el declive de la producción agrícola será un hecho, en los próximos años. Tampoco deja lugar para el optimismo y la verdad es que, en vista del egoísmo y la estupidez humana que padecemos, éste es el escenario más probable que nos aguarda.

El pasado ya no es ningún referente fiable sobre el que planificar el futuro de la gestión de los recursos hídricos. Así lo manifiesta, recientemente, un destacado grupo de hidrólogos y climatólogos en la revista ‘Science’. También exigen cambios fundamentales tanto en la planificación como en las políticas del agua en curso. En particular, y en nuestro caso, tenemos mucho que cambiar empezando por los absurdos y despilfarradores —parecen más bien propios de la Edad media— sistemas de regadío que utilizamos, pasando por el también absurdo sistema de suministro y distribución de aguas que nos obliga a consumir agua potable en operaciones de lavado de ropa y usos del W.C, cuando, para ello, deberíamos utilizar aguas grises.

Para muestra de la incomprensible estulticia que aprisiona a la condición humana, destacaré que no sólo estamos induciendo el Cambio Climático sino que tampoco parece ser que nos preocupa lo que nos sobrevenga. Por mucha cosmética que utilicemos para tapar nuestro vigente desarrollo insostenible y por muchos chiringuitos que nos montemos disfrazados de inoperantes oficinas para el cambio climático, todavía no he oído hablar a los ayuntamientos de los planes que piensan implementar para crear un sistema doble separativo de suministro de aguas para su consumo urbano: agua potable y aguas grises.

En este sentido, ha sido una pena que la Expo Zaragoza 2008 se desarrolle sin que España, predicando antes con el ejemplo, se hubiera preparado para ser unos de los paradigmas mundiales de la gestión eficiente del agua. Muy al contrario, y siendo honestos y sinceros, tal como está, tan sólo podría presentarse como el país que persiste en el derroche del agua —cuestión que intentará tapar. En fin, tantos años preparándonos para exponer una temática que es tan grave y preocupante para la humanidad y, al final, para continuar siendo el ejemplo de un territorio con problemas de sequía y que sigue utilizando el agua para el riego peor que como lo hiciera hace más de 700 años. Los campos de golf que se están construyendo en el árido y seco Levante del Mediterráneo parecen ser, más que nada, una apología del disparate.

Así pues, el despilfarro que supone el obsoleto sistema de riego que utilizamos, y que incomprensiblemente se aplica en un país que acostumbra a sufrir una de las peores sequías que conoce Europa, nada tendrá que ver con el escaparate que se presente en la Expo de Zaragoza. Me temo que, esta vez, también el país anfitrión se presentará como un país preocupado por el agua —lo cual es cierto— y dará lecciones de cómo gestionar bien el agua, pero se guardará mucho de contar que la realidad cotidiana de las políticas que se aplican consisten en seguir haciendo más de lo mismo. Se pretende satisfacer las necesidades de agua pero sin cambiar de hábitos y sin introducir las necesarias medidas de ahorro y eficiencia. Tampoco se está dispuesto a pagar el agua por lo que, de verdad, vale. Además, las medidas de ahorro y de eficiencia que se presentan son como si sólo le correspondiera al ciudadano aplicarlas.

Se oculta que es la Administración pública la que más tiene por hacer, para reducir los consumos de agua potable. En efecto, a la Administración le corresponde evitar las fugas de agua que se producen en las redes de suministro y que, en algunos casos, representan tanta agua como la que se consume. Es decir, de entrada ya se pierde cantidades de agua debido a fugas que oscilan entre el 25% y el 50%. Tampoco parece que la Administración quiera asumir que también a ella le corresponde construir un sistema separativo de suministro de aguas, en función de si las aguas son potables o grises, según diferentes usos. Si contáramos con esta red de distribución doble, los consumos de agua potable en el sector residencial se reducirían en un 35% y en los sectores industrial y comercial y servicios en casi un 85%. Lo mismo podríamos decir del sistema de riego que utilizamos pues si aplicáramos, de manera generalizada, las técnicas de ahorro y eficiencia para el riego que ya se conocen, el consumo de agua de riego se reduciría en un 55%, por lo menos.

Desgraciadamente, la triste realidad es que, de todo esto, se hace muy poco. Más bien parece que el slogan de los ayuntamientos y consorcios de agua pregonaran a los cuatro vientos el dicho ese de ‘hacer vosotros que yo no hago’. Continuar con la gestión de la oferta —tal como acostumbramos a hacer con todos los recursos escasos que consumimos— es de suicidas. Nunca podrá haber una buena gestión del agua si no se trabaja desde la gestión de la demanda y aquí, en este aspecto y no sólo en lo que se refiere al agua, tenemos mucho por hacer. En caso contrario, lo pagaremos muy caro, sobre todo para comprar el combustible que consumen las plantas desalinizadoras para producir agua potable. Máxime si el sistema del agua carece de la aplicación de medidas drásticas de ahorro y eficiencia que se necesitarían, si es que se quiere estar a la altura de las circunstancias.

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