El ejemplo de Israel

En una charla que di hace unos años, en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, sobre prospectiva y tendencias de futuro, comenzaba mi disertación afirmando que las sociedades como las nuestras, y que tan pocos recursos destinan a estudiar y a preparar el futuro, son esencialmente cortoplacistas. En general, nuestros planificadores, tácitamente, consideran que el valor del conocimiento se suele basar en el pasado y, en consecuencia, la propia preparación del futuro es algo que se deriva de la experiencia que tenemos.

Así, ingenuamente consideramos que el futuro que nos aguarda es una mera prolongación del pasado cercano y de presente cuando está más que demostrado, y mucho más en los tiempos actuales, que el pasado explica cada vez menos el futuro. A pesar de las crisis que nos están sobreviniendo —y pongo especial énfasis en la crisis energética— todavía no somos conscientes de la gravedad que encierra el hecho de no preparar con anticipación nuestro futuro.

Un mañana bien planificado está planteado en clave de sostenibilidad, donde el consumo de energías fósiles es mínimo, se aumenta significativamente la productividad de los recursos y nos desarrollamos en base a la economía circular. Como podemos observar, el alcance y la altura de los retos a los que tenemos que hacer frente adquieren unas dimensiones colosales. Son tan grandes que no es difícil caer en el desánimo. Sin embargo, tenemos un ejemplo, por excelencia, de un país mediterráneo que nos puede elevar el ánimo y prepararnos también para el éxito

Como un ejemplo estimulante, que nos ayuda a escapar del derrotismo, tenemos el ejemplo de Israel en lo que se refiere a su preparación al nuevo paradigma emergente. Israel es un país ejemplar que en bastantes aspectos se parece mucho tanto a Catalunya como al País Vasco. Los tres son pueblos cargados de historia y de una lengua, de una cultura y de una tradición que les viene de antiguo. Como países diferenciados han tenido que sufrir grandes avatares para poder alcanzar el desarrollo que hoy en día conocen. Sin embargo, los israelíes nos superan en que llevan tiempo preparándose para el futuro. Se han dotado de unas universidades y de unos centros de I+D que rezuman excelencia por sus poros.

Los israelíes son bien conscientes de que carecen de recursos naturales y, ante el agotamiento progresivo del actual modelo energético y productivo, saben que la innovación será la puerta que les abra el camino del éxito hacia el futuro. Israel dedica a la construcción de su futuro los esfuerzos del presente pues sabe que su existencia como pueblo, en los difíciles años que nos aguardan, también necesita dotarse de viabilidad económica. Por ello, destina tantos recursos y esfuerzos a la innovación en un mundo que, más que representar una época de cambios, vive el cambio de una época, caracterizada por la época del consumo del petróleo barato.

Se suele decir, como apuntaba Albert Einstein, que la imaginación y la creatividad, son facultades más importantes que el conocimiento. Sin embargo, las tres son necesarias para la innovación. Así pues, la economía israelí, tal como la define Yivsam Azgad del famoso Instituto Weizmann de Israel, se parece más a una concentración de mentes creativas que buscan dar salida a su curiosidad, a su capacidad de invención e improvisación, a su escepticismo talmúdico que no da por sentado que ninguna solución existente es para siempre y a su creencia, casi insolente, de sentirse capaces de encontrar respuestas mejores y más útiles para cualquier necesidad humana.

Esta filosofía de vida se resume en que cuando se encuentra uno con problemas e intenta buscar soluciones la pregunta clave es: ¿y por qué no? Y dedican sus esfuerzos y energías a responder con rigor a esta pregunta. A la coletilla simplista que alega que “siempre se ha hecho así” le desarma una simple pregunta: ¿por qué? El continuismo sólo puede conducirnos al declive porque impide que la reflexión contraintuitiva tome cuerpo en las soluciones.

De este modo fue como también lo experimenté durante mis reiteradas visitas y mi estancia de dos años vivida en Israel. Los resultados de Israel en el campo de la ciencia y tecnología y la innovación son espectaculares. Un país tan pequeño —con una población de algo más de siete millones de habitantes— es el tercer país mundial en producción de patentes y líder mundial en diferentes áreas como la biotecnología, la informática, la optrónica, las telecomunicaciones, la agricultura, el medio ambiente, la robótica. etc. En los tiempos que corren se le da a la innovación un valor estratégico prioritario. Israel es el cuarto país del mundo en innovaciones a niveles absolutos y el primero en innovaciones per cápita.

Más de 3.000 empresas israelíes trabajan en lo que se conoce como empresas Hi-Tech o empresas de alta tecnología. Estas empresas son las que contabilizan casi el 80% de las exportaciones que realiza Israel representando, al año, un valor superior a los €8.000 millones. Es obvio que tenemos mucho que aprender de Israel, y el área de las tecnologías aplicadas a la investigación y a la innovación es extremadamente importante para nosotros. Sobre todo, ahora que la economía del ladrillo se ha acabado, es cuando más necesitamos a la innovación para poder mantener nuestros niveles de crecimiento en un contexto mundial cada vez más competitivo. Necesitamos quemar etapas y recuperar tiempos perdidos e Israel, que es el país líder en innovación a nivel mundial, más que una referencia es precisamente el acicate y el revulsivo que necesitamos como modelo a seguir.

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