La supresión natural de los avaros

Todo lo que sube baja y, así, a los avaros rentistas del sistema les ha pasado lo que a las gallinas que sufren cómo las situadas arriba les defecan encima, cuando duermen en el gallinero. Las posiciones de las gallinas en el gallinero varían de una noche a otra. Unas noches unas gallinas están arriba y otras están abajo. De este modo, las humillaciones se reparten. Las que defecan sobre las que están abajo, otras veces, se ven obligadas a dormir abajo y sufrir iguales consecuencias. En el mundo de los humanos, menos racionales de lo que alardeamos, las cosas suelen pasar de manera parecida.

Como ejemplo tenemos los acontecimientos que, poco a poco, se están desatando en los mercados mundiales. Estos hechos, tan anunciados como graves, nos están indicando que la burbuja especulativa relacionada con los mercados financieros, crediticios e inmobiliarios ha comenzado a hacer ‘crash’. Es cierto, que, en los últimos años, la economía mundial ha tenido unos muy buenos resultados pero también es cierto que éstos han llegado a su fin. Algunos dicen que se debe al cambio de ciclo. Yo sostengo que, sobre todo, esta vez se debe al cambio de era que nos aguarda y que exige unas nuevas reglas de juego donde la apuesta por el desarrollo sostenible sea eficaz y comprometida.

En los últimos años, el crecimiento global que hemos conocido ha sido muy fuerte, sobre todo para los países emergentes como China e India que, en 2006, conocieron un crecimiento del PIB del 11,1% y 9,7% y, en 2007, del 11,5% y 8,9% respectivamente. Este crecimiento también se ha trasladado incluso a la mayoría de los países en vías de desarrollo como a los países de África y Latinoamérica con crecimientos superiores, en muchos casos, al 5%, en 2006 y 2007.

Los países desarrollados crecieron también, aunque algo menos, pero algunos como Estados Unidos y España se apartaron grave e irresponsablemente de la economía real y basaron su crecimiento en la especulación. Ambos países apostaron también por la economía del ladrillo, con una diferencia notable, en España la burbuja inmobiliaria, llegó a representar el 18% del PIB frente al casi 9% que representaba en Estados Unidos. Así es que lo que pase en Estados Unidos, por lógica, supongo que será mucho más grave y acentuado en España.

En Estados Unidos, las tristemente conocidas hipotecas ‘subprime’ que se caracterizan por ser hipotecas que se conceden a personas que no alcanzan el estándar crediticio normal, con lo que suponen un alto riesgo de impago para el banco, son un dato conocido. Allí, en Estados Unidos, a pesar de gobernar George Bush, hay transparencia financiera y aquí, en cambio, la opacidad, la mentira y la desinformación son lo más característico de nuestras vidas envueltas en la basura de nuestro medios de comunicación sujetos a la ley del silencio, cuando no a la omertá mafiosa que imponen los propietarios de los mismos o sus poderes fácticos.

Lo más tragicómico es que, tal como algunos cínicamente sostienen, “oficialmente”, en España no ha habido hipotecas ‘subprime’. Nadie lo cree pero se dice. Se trata de una burda falacia que se mantiene gracias al silencio culpable de los medios de comunicación, demasiado dependientes de los rentistas del sistema que prohíben que, en sus diarios y televisiones, se diga algo que vaya en contra de los actores que han apoyado el disparate del ladrillo.

¡Qué poco respeto se tiene por aquellos que han sido timados por los responsables del negocio inmobiliario con el total apoyo de ayuntamientos, cajas de ahorro y gobiernos! Se trata de más de dos millones de hogares que han ya sido debidamente cuantificados. Un estudio ad-hoc realizado para averiguar qué hogares del Estado español serían los más expuestos —y, por lo tanto, más vulnerables a la crisis actual—calculó que este segmento de la sociedad representaban un valor de 2.280.000 hogares, un 14% de total de hogares a nivel del Estado.

Para la identificación del estos hogares, en el Banco de España se han utilizado tres parámetros. En primer lugar, se ha identificado el porcentaje de hogares endeudados cuyos pagos por deudas son superiores al 40% de su renta disponible. Los resultados dieron que habría un 5,8% de familias cuyas cuotas al banco superan el 40% de su renta disponible. En segundo lugar, se ha cuantificado el porcentaje de hogares con volumen de deudas – distinto a lo que se paga mensualmente al banco – superiores a tres veces su renta anual.

Gracias a la Encuesta de Población Activa, se pudo estimar que el número de familias, dentro de esta clase, era de unas 930.000. Y, en tercer lugar, se ha calculado el porcentaje de hogares con deudas pendientes con un importe superior al 75% de su riqueza bruta. Por lo tanto, se trata de los hogares que, soportan una ‘mayor presión’ financiera, tal y como lo denomina el Banco de España. En base a los precios actuales de los pisos, ello supondría que alrededor de 850.000 familias son especialmente vulnerables de acuerdo con este parámetro. Sin embargo, se trata de una valor estático y puntual pero que, aunque este dato el Banco de España no calcula, si los pisos se devaluaran un 50%, este contingente de hogares supondría un total de más de tres millones. En este caso, nos encontraríamos con que casi un 25% de los hogares se encontrarían entre los clasificados como más vulnerables a la crisis actual.

Felizmente, y dentro de lo malo, también tenemos la posibilidad de convertir esta amenaza en una oportunidad, pues habremos acabado con gran parte de los avaros especuladores y uno de las principales causas de la corrupción política. ¡Aleluya! Por fin, y desde un enfoque más local, el disparate de apostar por la economía del ladrillo está recogiendo su varapalo merecido. Los especuladores ya no podrán seguir atracando impunemente a los jóvenes e inmigrantes necesitados de vivienda, a los que condenaban de por vida, a sufrir la tortura de poder llegar a fin de mes.

Esperemos que ahora que, tras un dramático ajuste económico, empiece a funcionar la economía real, se pidan cuentas a los dirigentes de las cajas de ahorro que han apoyado hasta la saciedad por el sector del ladrillo, olvidándose de su servicio al bien común en contra de la usura. En especial, y tras estar anunciando este trágico final sin que los políticos me hicieran caso, tras la correspondiente autocrítica, deberían merecer su castigo aquellas cajas de ahorro que hayan creado su propia inmobiliaria y supeditado su política de ampliación al desarrollo del ladrillo. Esperemos que ahora se devalúen los activos inmobiliarios hasta un 50%. No me dan pena todos aquellos perdedores que invirtieron en el ladrillo por culpa de su avaricia. Por el contrario, sí me dan rabia y coraje todos aquellos que fueron timados, que compraron un piso por necesidad y que estarán condenados a pagar un piso por un valor que muy pronto se convertirá en la mitad del precio al que les vendieron el piso.

Tanto a nivel global como a nivel local, me gustaría que esta crisis fuera una lección para reorientar las finanzas y colocar las inversiones a largo plazo lejos de la especulación. Las instituciones financieras, a nivel global, deberían asumir unas claras reglas de juego desalentara toda especulación y se impulsara la inversión a largo plazo en la economía real, de manera que se apoye la actividad económica local, se apueste por la sostenibilidad, se mejore la equidad y se reduzca la pobreza. En los próximos años, frente a la crisis energética que se avecina, será necesario luchar contra la inestabilidad y la volatilidad. Sin una mejora substancial de las políticas de desarrollo a nivel local, que mejoren la productividad de los recursos la quiebra sería manifiesta.

En efecto, es absurdo, ahora que gastemos nuestros recursos financieros en apoyar a los culpables y causantes del disparate de la economía del ladrillo. Son recursos que necesitaremos utilizar para encarar una rápida transición al nuevo modelo socioeconómico, basado en el ahorro y la eficiencia energética, las energías renovables y la productividad de los recursos, en especial, los alimentos. Los diferentes gobiernos no deberían absorber las pérdidas causadas por los sectores relacionados con el crédito y la construcción inmobiliaria, máxime cuando han sido fruto de la avaricia desmedida y la corrupción política que ha protegido y amparado tal desaguisado.

Las nuevas necesidades, que los nuevos desarrollos basados en la sostenibilidad y la innovación demandarán, no deberían ser sufragadas, únicamente, por el capital privado. Las instituciones económicas, a nivel mundial —si no queremos caer en una crisis aún mayor—deberían reducir, obligadamente, los flujos especulativos de capital privado, al tiempo que incrementan fuertemente los flujos de dinero público que apoyan el desarrollo sostenible y equitativo. Este es el verdadero camino de nuestra economía en transición sobre la que seguiré hablando en posteriores artículos.

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