Necesitamos un nuevo modelo energético

Hay días en los que uno se despierta con una noticia que le hace bien al corazón. Son los momentos en los que uno cree más en el hombre. En los que, por encima de los egoísmos y de la avaricia que rigen nuestras vidas, los seres humanos somos capaces de superar la miopía de nuestra habitual visión cortoplacista y apostar por un mundo solidario y mejor, en solidaridad con las generaciones futuras. En efecto, está alegría me la produjo José Luis Rodríguez Zapatero, cuando aseguró que se trataba de una ocasión para que la sociedad española se pusiera en marcha activamente y votara por un nuevo modelo energético. Añadió que el cambio climático era una gran oportunidad para modificar tanto el modelo energético como el modelo de transportes.

Lo dijo el presidente español, Rodriguez Zapatero, y no lo hizo el vasco Ibarretxe, cuando hace años debió haberlo hecho, apostando con todo su gobierno por un nuevo modelo energético que hiciera frente tanto al agotamiento progresivo del petróleo y sus altos precios y al cambio climático ya iniciado. Para nuestra desgracia, el lehendakari, sin apenas sensibilidad por estos temas, no quiso liderar el proceso de cambio y prefirió dejarlo todo en manos del Departamento de Medio Ambiente para así permitir a Transportes, Construcción, Industria y Energía que siguieran impunemente por la vereda de la insostenibilidad. Euskadi pudo ser hace cinco años lo que ahora pretende ser España, pero…

Actualmente, España, no Euskadi, ha apostado —al menos de palabra— por ponerse en “la primera línea”, en esa transformación del modelo energético y de producción para hacer frente al calentamiento global. Zapatero dijo algo que ya me hubiera gustado oírselo a nuestros dirigentes, tan ensimismados y cegatos en las cuestiones de innovación que son incapaces de ver que sólo la innovación que merece la pena es aquella que contribuye al desarrollo sostenible y al asentamiento de un nuevo modelo energético y productivo que sustituya al petróleo y al gas natural.

Las palabras de Rodriguez Zapatero trascienden más cuando afirman que el cambio climático es el desafío más grave que se cierne sobre la vida en la tierra, para añadir que no se puede perder ni un minuto, ni ningún esfuerzo más. A mi juicio es mucho más que eso, se trata de un compromiso de los ciudadanos con su propio país, un país que cualquier ciudadano quiere que siga siendo, en un futuro, también habitable, que desea renovar su energía, alejándose del petróleo y el gas natural y apostando por las energías limpias y renovables.

El presidente español dijo algo también que convendría que aprendiese Ibarretxe cuanto antes, sobre todo después de habernos hecho perder tantos años: “Los costes de la inacción en la lucha contra el cambio climático son superiores al coste de las acciones que podemos y debemos llevar a cabo”. Así, destacó que el cambio climático es un “gran desafío”, pero también representa una “gran oportunidad” porque supone un estímulo a un nuevo modelo de producción, una nueva “economía que se alíe con la innovación y se aleje de la producción de CO2”.

Termino este artículo con una sensación agridulce. Estoy feliz porque, por fin, la luz se ha encendido y, al menos, ya podremos iluminar el camino a seguir hacia la sostenibilidad. Por otra parte, tengo una sensación de rabia y tristeza por el tiempo perdido y la prepotencia demostrada por la mayoría de nuestros dirigentes insensibles a lo que resultaba tan evidente y ocupados en defender reglas del pasado. Me despido informando que, a día de hoy, Eusko Ikaskuntza o Sociedad de Estudios Vascos —que tanto ha apostado por el Desarrollo Sostenible y , con ello, por un nuevo modelo socioeconómico que luche eficazmente contra el calentamiento global y contra nuestra dependencia energética de petróleo— sigue sin recibir apenas ayuda del Gobierno Vasco para impulsar el Desarrollo Sostenible. Los motivos están claros.

En la práctica, por mucho que diga lo contrario, para el Gobierno vasco el Desarrollo Sostenible no tiene ninguna prioridad. Más bien diría que todo lo contrario. Apostaron porque el Protocolo de Kyoto nunca llegaría a ratificarse y se equivocaron de cabo a rabo. Apostaron porque el precio del barril de petróleo sería de 25 dólares para el año 2020 (sic) y fallaron estrepitosamente. No contentos con la lección, ahora se ríen de quienes hablamos del nuevo paradigma energético emergente y todavía siguen pensando —cruel ingenuidad o exceso de complicidad e intereses creados con las empresas energéticas actuales —que llegarán, de nuevo, los tiempos del petróleo barato y abundante. ¿Con gobiernos tan voluntaristas y tan poco serios, que no hacen lo que debieran, que no preparan el propio futuro de sus empresas y ciudadanos a dónde podemos ir?. ¿Pasará lo mismo con el Gobierno español?. Parece ser que no, pero, por si acaso, hasta no verlo en marcha y con presupuestos, yo, por si acaso, tampoco me fío.

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