La transición energética y su larga marcha

!Se trata de la rápida transición que necesitamos realizar cuanto antes hacia un nuevo modelo energético sin hidrocarburos fósiles, imbécil! Así, emulando a Clinton en su famoso debate televisivo con Bush padre, señalaré que el apelativo de imbécil no se lo digo a nadie en particular, pero sospecho que a cualquiera que lea detenidamente este artículo y recapacite sobre quienes le gobiernan y cuanto es lo que apuestan, de verdad, por el desarrollo sostenible, le será fácil adjudicárselo a más de algún gobernante que otro.

Por otra parte, si hasta ahora, en alguno de mis artículos y libros —y para algunos que no me conocen— he podido parecer, más de una vez, el clásico optimista histórico que va pregonando que aunque no hagamos nada contra el cambio climático, aún estamos a tiempo de evitarlo —tal como actúa el personaje Pangloss de la novela ‘Cándido’ de Voltaire que todo lo veía de color de rosa— es sólo porque todavía no he pasado a discutir la parte relativa a la transición hacia un nuevo modelo energético y que es lo que considero más difícil de efectuar.

En concreto, me refiero a la transición del, hasta hace unos pocos años bastante estable, sistema energético mundial, basado en los combustibles fósiles, al también estable sistema energético, basado en las energías renovables que nos debieran aguardar en el futuro. En suma, la transición es el verdadero problema.

En realidad, para ser más preciso, diría que el problema se centra en cómo hacer que la transición requerida para pasar de un modelo a otro, se realice en el menor tiempo posible. Algunos países ya están en las primeras etapas de la transición. En otros, como en le nuestro, ni tan siquiera se plantea. Estamos empezando a producir nuevos combustibles sintéticos, nuevas tecnologías para el aprovechamiento de la energía solar y de la energía eólica, nuevas técnicas de ahorro y eficiencia energética, etc. Sin embargo, estas necesarias tareas van muy lentas porque la demanda es pequeña y en ello, sí que tienen mucha culpa los gobiernos que no imprimen el liderazgo por el cambio de modelo que se requiere.

Después de todo, los países desarrollados, cada año gastamos más en carburantes fósiles, y la gasolina sigue siendo barata en España, en comparación con el resto de Europa, o incluso en comparación con un litro de leche. En efecto, entre nosotros, un litro de leche cuesta más que un litro de gasolina. Ello tiene su influencia en el hecho de que todavía no estemos motivados para interiorizar los altos costes del petróleo y sus derivados.

No obstante, en algún momento no muy lejano, se producirá el Peak Oil y, a partir de entonces, por mero dolor de atrición, arrebatados por la fuerza de los acontecimientos y debido a los continuos y obligados ajustes de los gastos de bolsillo, el precio de las energías subirá tanto que, de manera forzosa, tendremos que encarar el período de rápida transición, un periodo que probablemente no será nada divertido, ni fácil para la mayoría de las empresas y de la población, sobre todo cuando se enteren que, muchos de los que nos gobernaron entre 2001 y 2007, sabían lo que nos sobrevendría pero actuaron de manera muy irresponsable, puesto que no hicieron nada para prepararnos ante el Peak Oil. Al contrario, lejos de ser prudentes y de velar responsablemente por el futuro de su país, para nuestra desgracia, prefirieron seguir apoyando a los rentistas del sistema obsoleto.

Hace unos años, un grupo de militares norteamericanos expertos en prospectiva y estrategia crearon un modelo de planificación de la transición que iba desde la llegada del Peak Oil hasta el aterrizaje en un nuevo modelo energético que funcionara de manera estable, en el futuro. Los resultados de este análisis prospectivo se recogieron en un documento denominado “Informe Hirsch”. El Informe Hirsch llegó a la conclusión de que la transición tardaría en darse alrededor de 20 años, siempre y cuando la preparación de la misma comenzara antes de producirse el Peak Oil.

Debido a la cercanía a la se encuentra el Peak Oil y a la falta de liderazgo institucional, lo más seguro es que éste ocurra antes de que nos hayamos tomado en serio la necesidad de encarar la urgente transición hacia un nuevo modelo energético, basado en las renovables y en el ahorro y la eficiencia energética. En la medida que más nos retrasemos, más tiempo nos tomará la transición y, a su vez, ésta más difícil será. Esto se debe a que la transición, en sí, requiere una gran cantidad de energía para producir la sustitución de equipamientos, infraestructuras y tecnologías que se requerirán en el nuevo modelo energético. Por lo tanto, en la medida que necesitemos más energía para realizar la transición, más caro nos saldrá disponer de la energía suficiente como para satisfacer, de manera asequible, la demanda de consumo de energía por parte de las empresas y de los ciudadanos.

Sólo las medidas de ahorro y eficiencia energética que se hayan iniciado y que sean eficaces —deberían representar pronto más de un valor del 30% de ahorro— podrán mitigar el dolor de lo que supondrá una transición rápida hacia un modelo energético sostenible. Por desgracia, estamos muy lejos de alcanzar estos objetivos de ahorro ya que no se ponen mucho interés y recursos en ello. No podemos dar con la salida a la crisis energética que se avecina, ni producir suficientes alternativas como para solucionar los problemas que se nos presenten.

Vamos mal, y en tanto se nos siga ocultando la verdad e impida que la sociedad tome conciencia, peor iremos. Hoy en día, no conocemos ninguna alternativa al petróleo, sobre todo, en el sector del transporte que es el causante del 40% de las emisiones de CO2. Sabemos que debemos consumir menos gasolina, queroseno y gasóleo, pero para ello deberíamos modificar nuestros hábitos y costumbres y utilizar sistemas de transporte colectivo.

El hecho de depender del automóvil y de que se carezca de una alternativa competitiva a la carretera me temo que es un handicap insalvable. Es cierto que un mayor ahorro y eficiencia en el consumo de carburantes que realizan los coches y camiones sería parte de la solución, pero sin olvidar que la parte más importante es la construcción de infraestructuras que posibiliten el desarrollo de sistemas de transporte, para pasajeros y mercancías, que sean alternativos al transporte por carretera.

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