La esperanza no es algo gratuito

Casi todos los días surgen nuevas evidencias acerca de que ese progreso que tanto cacareamos no es algo que pueda darse por sentado y que, probablemente, un nuevo siglo de oscurantismo esté al acecho de nosotros y lo sea, muchos más, de nuestros hijos y nietos. Como no quiero que ningún rentista del sistema me acuse gratuitamente de catastrofista y así se vuelva impune para poder seguir cometiendo sus desmanes, sería necesario comprender lo extraordinario y sin precedentes que resultan los privilegios que disfrutamos en nuestro mundo desarrollado y que una gran mayoría de la población mundial carece. Si alguien de nosotros volviera a nacer hoy, podría esperar vivir diez o quince años más que una persona nacida en los años 1970, 25 a 30 años más que una persona nacida en el siglo XIX, y hasta 45 años más que sus antepasados medievales y, al menos, 55-60 años más que nuestros precursores vascos, los “cromagnones” de la Edad de Piedra.

Los avances en salud son espectaculares. Es sumamente improbable que un niño nacido hoy muera al nacer o que su madre muera en el parto o que, en su vida posterior, sufra fiebres tifoideas, peste, viruela, disentería, polio, o tenga que sufrir una odontología sin anestésicos. Quien nazca hoy en Gipuzkoa podrá disfrutar de un nivel de vida que habría nublado los ojos de los buscadores de Eldorado y todo gracias a la tasa de crecimiento económico anual del 2% sostenido que conoce el mundo desarrollado desde la revolución industrial.

Este niño, cuando crezca, podrá tener acceso a un mayor conocimiento que el que Aristóteles, Descartes, Diderot, e incluso Eisntein, podrían haberse imaginado que existiera alguna vez, y a unos recursos técnicos que dejarían estupefacto a Leonardo Da Vinci, a Benjamin Franklin y al propio Jack Steinberger – Premio Nóbel de Física. Este niño llegará a conocer un mundo cuya escala y variedad inducirían agorafobia tanto en Alejandro Magno como en Juan Sebastián Elkano, cuando este último dio la vuelta al mundo por primera vez.

Este niño del siglo XXI también debería llegar a experimentar un gran sentimiento de paz, aunque sea una paz relativa, aunque sea forzada y no logre reducir las injusticias entre pobres y ricos. Será una paz fruto del miedo, de la superioridad absoluta de los países ricos que, gracias la tecnología del mundo industrializado, será muy superior a la de sus “enemigos”. Además, con un poco de suerte y dentro de los límites de la razón, este niño, al hacerse joven, debería ser capaz de escribir y de decir lo que le apetece, un lujo negado a casi todo el resto de seres humanos, muertos o vivos, que le hayan precedido.

Finalmente, habría que concluir diciendo que esa breve estancia en el paraíso que artificialmente habremos prolongado para este niño-joven, llegará en pocos años a su término. Tal vez entonces, los automatismos no funcionen y haya que emplear la energía animal. Tal vez ante el olvido y la destreza de conocimientos básicos recurramos, para paliar la energía desaparecida y que era debida a los hidrocarburos fósiles, a un “mix” de energía mucho más nuclear, precursor del imperio del “Big Brother”.

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