El miedo a la verdad nos pesa demasiado

En tanto en cuanto las instituciones de gobierno —GV, DFG y Ayuntamientos— no asuman el reto que supone caminar, dentro del contexto del Desarrollo Sostenible, hacia una Economía de Bajo Consumo de Carbono, —planteando el debate público ante la gravedad del tema— y sigan renunciando a intervenir en el mercado tal como sería su responsabilidad, serán los agentes del mercado los que con sus “compras de tiempo” nos hagan dilapidar unos plazos vitales para la sociedad y que cada vez son más críticos pues nos permitirían acceder a la reconversión sostenible con el menor sacrificio y los mínimos efectos traumáticos.

También afrontamos, aunque no se habla aquí casi nada de ello, un germen de crisis en el sector de las finanzas que será una consecuencia más de la crisis de la energía, así como a los inicios de unos choques, amplios y profundos, en nuestras normas, principios y valores y hasta en el comportamiento con los temas financieros.

Afrontamos también una crisis, preludio del cambio de era que nos aguarda, que alterará nuestros hábitos y modos de vida y ello nos hará sufrir mucho porque no nos estamos preparando anticipadamente y carecemos de equipamientos e infraestructuras que no permitan vivir bien aún con el precio del petróleo por las nubes. ¿Qué pasará a nuestra economía que está tan relacionada con la utopía de la gasolina barata y el obligado recurso al transporte por carretera? La burbuja inmobiliaria prácticamente ha llegado a convertirse en el motor de nuestra economía y, desde luego, como el globo de la burbuja inmobiliaria se desinfle, la maquinaria de los prestamos baratos a las viviendas que hacen girar una corriente fabulosa de créditos hipotecarios podría quedar embalados de nuevo como deuda de difícil realización, y así dejarían de fluir recursos en el sector de finanzas.

No hay que ser muy alertado para saber que afrontamos unas amenazas que pueden llevar a la quiebra de diversas actividades como el transporte, con sus efectos en cadena sobre otras y estamos perdiendo el tiempo miserablemente sin prepararnos bien para estos cambios que se avecinan. Pero, sobre todo, afrontamos una crisis de reflexión profunda que, ante el fracaso de la sociedad, nos conducirá a otras crisis como a una crisis de autoridad y legitimidad – tal como ocurrió en Argentina y como resultado de no confiar en aquellos a quienes hemos encomendado preparar bien nuestro futuro.

Los vascos fuimos más de una vez gente caracterizada por ser valiente y progresista. Gente dispuesta a afrontar los hechos por amargos que éstos fueran, dispuesta a trabajar mucho y duro, dispuesta a reconocer el bien común y a contribuir a su consecución, dispuesta al sacrificio que supone apostar por las opciones más difíciles. Pero todo este honorable pasado se ha roto cuando han surgido dirigentes irresponsables que tienen miedo a enfrentarse a la verdad, indiferentes al bien general, sin apenas sentido común, egoístas, hedonistas que buscan por todos los medios posibles el placer del instante y, en consecuencia, tener que vivir lejos del mundo real. Éstas son las consecuencias de habernos dotado de un sistema de valores que pone a lo urgente, al confort y a la comodidad, a la conveniencia y al ocio por encima de todas las demás consideraciones.

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