Contradicciones

Aunque Marcel Wissenburg —filósofo y político autor de “Green Liberalism: The free and the green society”, que publicó en 1998— recogió un número importante y significativo de conflictos existentes entre la sostenibilidad y el liberalismo, particularmente en torno a temas relacionados con la propiedad privada y el consumo, se queda convencido de que, en principio, no existe ninguna incompatibilidad fundamental entre lo que significa la búsqueda de la sostenibilidad y el funcionamiento de la economía en base al modelo capitalista.

Sin embargo, cuando analiza los conflictos que se producen entre los deseos y necesidades de los seres humanos en constante crecimiento, por un lado, y los limitados recursos naturales con los que contamos, por el otro, Wissenburg reconoce que las posiciones más liberales se encuentran con limitaciones que prácticamente les son insuperables. En efecto, sin un liderazgo y un intervencionismo por parte de los poderes públicos a favor del desarrollo sostenible su consecución es imposible.

Lo mismo podríamos decir de la necesaria fiscalidad sostenible y de la interiorización de los costes externos en los precios finales de los bienes, productos y servicios. Los límites al crecimiento del capital natural también deberían imponer límites a la acumulación de capital. El continuo agotamiento que sufre nuestro capital natural justifica con creces esta apreciación. Lo vemos en las externalidades sociales crecientes que produce nuestro desarrollo económico que nos muestra esa realidad cruel donde más de dos mil millones de personas todavía viven con menos de dos dólares al día. Todo ello lo pone aún más evidente.

En consecuencia, afirmar que el capitalismo tal como funciona es insostenible no debería permitir que a uno automáticamente le tildaran injustamente de anticapitalista. De hecho, muchas críticas que se hacen del capitalismo actual también sostienen la creencia de que el capitalismo permanece siendo la mejor opción ideológica para mejorar el bienestar de la humanidad pero que en su versión neoliberal ya no resulta tan eficaz pues se ha olvidado, además del respeto al medio ambiente, del contrato social que tanto propugnara Adam Smith.

El propio George Soros repitió en muchas ocasiones sus temores acerca del futuro de nuestra sociedad. A pesar de que hubiera hecho su gran fortuna jugando en los mercados financieros, era temeroso de los impactos nocivos que podría ocasionarnos la cada vez mayor falta de control de los gobiernos sobre las reglas de juego que establecen las empresas y que se desarrollan en el marco del capitalismo. De igual modo, y debido a la liberalización excesiva de la economía, consideraba que la expansión de los valores de mercado a todas las áreas de la vida estaba poniendo en peligro el futuro democrático y libre de nuestra sociedad.

Soros sostiene además que el mayor enemigo de una sociedad abierta y libre ya no es el comunismo sino la amenaza capitalista. Esta afirmación podría chocar con el estereotipo que normalmente sostenemos acerca de que las economías basadas en el mercado son las únicas conciliables con la democracia. Por ello, algunos ideólogos tampoco sostienen que la democracia es una precondición necesaria para el desarrollo sostenible y tampoco que, por definición, una economía sostenible debe ser una economía basada en las reglas de mercado.

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