Cuando el lucro es lo que prima

Actualmente, el desarrollo del capitalismo como sistema de producción, distribución y consumo hegemónico sobre la Tierra ha asumido la forma y el modo de la globalización en su versión neoliberal. Hace unos 500 años, el capitalismo surgió del mundo medieval, en su forma incipiente de mercantilismo, para llegar a cuajar después de la conquista europea del hemisferio occidental. Posteriormente, llegó a dominar la economía tras la primera revolución industrial.

Después de la caída del capitalismo de Estado que preconizaban los países comunistas, el capitalismo ha pasado a regir los destinos del mundo como nunca antes a lo largo de la historia fue capaz de hacerlo. La característica que define el capitalismo consiste en someter a todo el resto de factores que intervienen en la producción al factor capital. En sí mismo, el capital no vale nada. Lo que vale es que todos los factores sin exclusión puedan ser convertidos en valor dinero y ello permita la acumulación de capital. Es por ello por lo que hacer beneficios se ha convertido en el “leit motiv” de cada transacción económica, al tiempo que la acumulación de capital se ha convertido en el santo grial —sangre real— de la sociedad capitalista.

Además, el dinero sólo puede existir si se incorpora a algo material que pueda ser vendido en los mercados. En consecuencia, si alguien quiere obtener ganancias de capital deberá producir y vender sus productos. Cuanto más se consuma es mejor. Despilfarro es sinónimo de ganancia. Cuanto mayor margen de beneficio menor riesgo. La cuestión es rebajar los costes. Devaluar todo aquello que contribuye a la producción pero que no genera beneficios en sí mismo. Me estoy refiriendo al capital social y al capital natural. El desarrollo del capitalismo neoliberal ejerce una presión constante para devaluar ambos capitales. Por ello se recurre a países como China e India, donde el coste de la mano de obra es barato. En estos países, tal como vimos en anteriores artículos, la fuerza del trabajo es explotada sin compasión y se ha convertido en el paraíso de las multinacionales.

Toda externalidad ocasionada durante el proceso de producción y que origina residuos, vertidos y basuras, emisiones contaminantes, emisiones de CO2, etc., no debe pagarse. Desgraciadamente, así las cuentas finales no salen. El hecho de que el capitalista no incorpore los costes externos al precio final de los productos no significa que nos salgan gratis al resto. Cada bien que se produce y consume lleva incorporado un coste relacionado con el capital natural que utiliza su fabricación. Si este coste no se satisface en las propias transacciones económicas que se efectúan en el mercado, al final lo pagan los ecosistemas incrementando sus niveles de entropía y, con ello, el grado de desorden y de deterioro de los mismos.

Cuando lo que prima es el afán de lucro todo el resto de factores se ha de supeditar a la lógica de la acumulación de capital. Este punto lo utilizan muchos para afirmar que la producción capitalista se vuelve eco-destructiva, máxime cuando está fundamentada en el control privado de todos los medios de producción que, a su vez, selecciona individuos despiadados, ecológicamente ciegos, para ser los líderes mundiales al servicio del capital para que éste se acumule sin límites. La estupidez humana olvida que la eco-esfera es un sistema que sí tiene unos apreciables límites y que pasará factura por su deterioro. ¿De qué les valdrá a tantos estúpidos pretender ser los más ricos del cementerio?.

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