Una agricultura insostenible

Nos repiten que las promesas acerca de los avances biotecnológicos que se iban a producir y que posibilitarían la creación de semillas resistentes a las sequías, al frío y a las plagas se alcanzarán en la próxima década y ello nos llena de esperanza. El problema es que, cuando evaluamos -con los datos que nos dan- el impacto de la biotecnología sobre la producción de grano, observamos que apenas ocasionará un aumento del 5%, frente a un crecimiento del 10% de la población mundial que se espera para la próxima década. Es decir, que estamos haciendo los trabajos de Sísifo. Subimos la piedra hasta la cumbre de la montaña para dejarla que caiga rodando por la ladera, para luego ir a recogerla montaña abajo y volver a subirla de nuevo y así, una y otra vez, hasta el fin de los siglos.

Para más burla y escarnio, y por lo que he podido leer sobre las críticas que muchos expertos lanzan a las instituciones y líderes mundiales, todavía no ha habido ningún debate serio sobre cómo se podrían producir alimentos suficientes para la población mundial en los próximos 20 años. Parece si como el “principio de Peters”, aquel que establece que cada cual asciende en el escalafón hasta su máximo nivel de incompetencia, cobrara entre los políticos carta de naturaleza. De otra forma, y si, genuinamente, la política es el arte de preparar el futuro, no se entiende tamaña estupidez de calibre mundial que no se preocupa del hambre que, de seguir así, padecerán más de 1000 millones de personas en nuestro planeta, en pleno siglo XXI.

Además, en los países desarrollados, se da la paradoja, de que muchos agricultores están abandonando sus explotaciones debido a que los precios de las cosechas que producen han llegado a los niveles más bajos de los últimos 100 años. En Euskal Herria, cada vez son menos también las explotaciones agrarias. Al año, más de cien caseríos abandonan sus explotaciones. Es muy difícil competir con El Egido y otros lugares donde se utiliza a inmigrantes africanos en condiciones de salario y trabajo extremas. Sin mencionar apenas que tienen que competir contra esta lazarosa sobreexplotación que roza el esclavismo, a nuestros baserritarras se les dice que la superproducción es la causa de los bajos precios que se han visto obligados a aceptar en todos estos años. En estas condiciones, el caserío no es ni será nunca rentable pero nadie negará el alto valor estratégico que tienen nuestro caseríos —y no me refiero sólo a su valor cultural y ecológico— en lo que a producción de alimentos se refiere. Tras la subida del precio del petróleo, ha llegado la subida del precio de las materias primas como el hierro, el aluminio, el niquel…La próxima subida será la de los alimentos. Llegarán pero serán muy caros y algunos vascos volveremos a pasar hambre como ya lo hicieron nuestros padres.

Es necesario reaccionar y preparar un plan de choque con carácter urgente, como lo muestra el ejemplo de Suiza, pero para ello debemos olvidarnos de la lógica del mercado que nunca ha entendido —ni le ha interesado— el sufrimiento de los humanos. El sistema de producción de alimentos está diseñado para generar ingresos, no comida para beneficio de la población. Es un sistema cruel pues le importa muy poco dejar a cientos de millones de personas sin comer, si con ello aumentan los ingresos. En nuestro caso lo será si nosotros queremos

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