Un urbanismo sostenible

El dinamismo y la expansión desmedida del urbanismo que hemos conocido en nuestras ciudades y municipios ha originado en su desarrollo una gran cantidad de impactos negativos. Sobre todo, se han producido en la zona de borde o interfase urbano-rural creando numerosos problemas que exigen un nuevo replanteamiento en clave de sostenibilidad. Se ha detectado un mayor vaciado y pérdida de valor de los centros urbanos, centrifugando los servicios y parte de la población a la periferia, sin previsión a menudo de la adecuada accesibilidad y propiciando la pérdida del comercio urbano. No debemos olvidar que el patrimonio mayor que tenemos es la complejidad de nuestros centros urbanos, que corre riesgo de desaparecer con el crecimiento difuso. Si hacemos viviendas unifamiliares en la periferia, tendremos dormitorios, pero no ciudad. La ciudad se caracteriza por tener actividades y cuanto más diversas, con mayor complejidad del sistema, mejor.

Además, la expansión periurbana contiene lo peor de la ciudad, lo menos deseable del medio rural y provoca un consumo desmedido de territorio, arrasa con el campo circundante (deteriorando las mejores tierras) y lo aleja tanto de la mayoría de los habitantes,. De este modo, la naturaleza se convierte en un producto para la elite económica que traslada su residencia a los entornos mejor cuidados como Basozabal.

Así pues, la competencia por el uso del territorio, se decanta hacia quien tienen más capacidad de consumo, que normalmente es quien tiene más poder. Con lo cual presionamos en exceso, y a veces de una forma irreversible, sobre el territorio con lo que las soluciones sostenibles se vuelven más difíciles. Por otra parte, y tal como hemos visto en anteriores artículos, el crecimiento de la construcción está basado, más que en la demografía, (en la CA de Euskadi la demografía tiene una baja tasa de crecimiento vegetativo, salvo la reciente tendencia de la dinámica inmigratoria) en el desmedido afán de lucro de promotores, financieras y compradores, favorecidos por un marco institucional que privilegia la adquisición de vivienda como inversión.

La tendencia en la Ordenación del Territorio consiste en proponer un modelo general de desarrollo de pueblos y ciudades que apueste por un modelo compacto de ciudad, con diversidad y combinación de usos y que evite una especialización desmesurada y las vocaciones funcionales únicas (ciudades o pueblos dormitorio, educativas o universitaria, etc.). Todo ello se inscribe en un contexto de complementariedad de lo ya existente, poniendo en valor los suelos ya utilizados o degradados, como condición previa al consumo de suelos para nuevas actividades.

En conclusión, no existe un debate serio sobre el modelo de Ordenación Territorial por el que se apuesta. Para ello habría que pensar conjuntamente utilizando criterios de Sostenibilidad, que nos obligaría a ser críticos con las decisiones sobre: qué se producirá; qué se consumirá: cómo nos movilizaremos y qué se hará con los residuos, Analizando todos los costes que nuestras decisiones ocasionan en nuestro entorno y en otros territorios sobre los que indirectamente influimos con nuestras decisiones

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