El territorio y los recursos

El modelo territorial actual se caracteriza por ser insostenible. Carece de enfoques complementarios que podrían enriquecer el concepto de Ordenación Territorial como son aquellos enfoques que versan sobre los recursos naturales. Tampoco tiene en cuenta la productividad de los recursos y, lo que es peor, tampoco favorece o, en su caso, apenas lucha contra la especulación del suelo y de la vivienda y no hace nada por impulsar alternativas al transporte por carretera ni por impulsar la edificación sostenible, ni por fomentar el ahorro y la eficiencia energética, la producción y consumo de energías renovables, el reciclaje y la reutilización de residuos. Ignora las repercusiones de un progresivo agotamiento del petróleo y del gas natural, la gestión de la demanda del territorio y sus usos, el análisis del ciclo de vida, información y educación ambiental, etc. En definitiva, que nuestro modelo es precisamente el que no deberíamos tener pero es el que desgraciadamente tenemos que sufrir porque, a pesar de llevar tiempo solicitándolo, durante años, a juicio de sus responsables, su revisión en clave de Sostenibilidad no tenía prioridad.

Nunca he compartido esta opinión porque nos hacía perder un tiempo precioso a la hora de reconducir “up-stream” nuestro desarrollo y evitar así que el desarrollo insostenible fuera creciendo. Además, este déficit en la planificación nos ha estado privando de tener una visión holística del territorio y los recursos que nos ha impedido utilizar el concepto Triple Bottom Line y sus dimensiones económica, ambiental y social, a la hora de establecer las oportunas opciones de desarrollo territorial. Señalaré que esta visión holística, donde el todo es más que la suma de las partes, recoge las interrelaciones entre población, actividades económicas y territorio en relación con los recursos humanos, naturales y financieros y el vector Sostenibilidad.

De igual modo, la no incorporación de una visión global del concepto de lucha contra el calentamiento global a las actuaciones locales nos está impidiendo tener en cuenta el impacto negativo debido a las emisiones de CO2 (Carbon Impact Assessment), así como nos resulta dificultoso interiorizar los efectos del progresivo encarecimiento de las materias primas y de los combustibles fósiles y su progresivo agotamiento. Tampoco se aplican técnicas de gestión de la demanda en lo referente al consumo de recursos, infraestructuras y usos del suelo, ni los necesarios análisis del ciclo de vida y ni tan siquiera se impulsa una adecuada información y educación acerca de la Sostenibilidad, ni se fomenta la cooperación y transversalidad institucional y, mucho menos, se promueve la participación y colaboración entre los diferentes actores implicados (stakeholders).

Además, en todo el proceso de ordenación territorial, entendido en sentido amplio, no existe reflexión alguna sobre la movilidad de los bienes y de las personas, es decir, su transporte. Pero esta reflexión no debería de extenderse a proponer soluciones de movilidad sino que debería de adecuarse, a la oferta de las soluciones de movilidad que favorezcan la reducción de las emisiones y de consumo de petróleo así como por una apuesta clara por el transporte colectivo y no contaminante y el equilibrio entre los diferentes modos de transporte. Así pues, del mismo modo que la manzana no cae lejos del árbol, nuestros malos resultados son, en gran medida, fruto de nuestro modelo de ordenación insostenible

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