Destapando a los culpables

Hasta ahora, otro de los grandes errores que se han cometido en la ordenación territorial y en la planificación urbanística ha sido el de considerar el futuro como una extrapolación del presente y del pasado. No hemos interiorizado que nos enfrentamos a un cambio de modelo energético y productivo que, a su vez, demanda un cambio socio-organizacional profundo y que afecta directamente al propio modelo de planificación territorial.

Además, la planificación del espacio debería haber ya asumido no sólo el agotamiento progresivo del petróleo y del gas natural, sino que debería también haber contemplado cómo hacer frente a los impactos negativos debidos al cambio climático ya iniciado y los debidos al envejecimiento de la población.

Tanto de los análisis del ciclo de vida de las infraestructuras y edificaciones como de las políticas de ahorro y eficiencia que se apliquen, se deduce que muchas de las actuaciones sobre el territorio realizadas hasta ahora se están ya convirtiendo en un freno al desarrollo. Nos referimos en concreto a la supresión de ramales y vías de ferrocarril que comunicaban gran parte de nuestros pueblos y ciudades y que hoy no existen. La apuesta decidida, y excesivamente osada, por el transporte por carretera nunca asumió que el petróleo tendría un fin, ni mucho menos que el precio del combustible iba a conocer unos crecimientos tan espectaculares.

Por ello, el transporte y sus costes han tenido tan poca importancia en el planeamiento urbanístico de nuestras ciudades. Así es como se ha permitido construir centros comerciales en los extrarradios sin exigírseles siquiera un mínimo plan de movilidad. Con que estos centros comerciales pincharan en las arterias principales ya era suficiente. Poco importaba si con ello se producían embotellamientos de tráfico. Al final, los resultados no pueden ser diferentes a los que conocemos. Mientras el camión, el coche privado y la carretera, sin otra alternativa más que se ofrezca, sean las soluciones a la movilidad, la congestión del tráfico, la pérdida inútil de tiempo, el consumo de gasolinas y el deterioro del bienestar social serán los únicos resultados que obtendremos.

De igual modo, se podría pensar sobre las normativas de edificación que no contemplan exigencias para que los edificios sean eficientes energéticamente. Tampoco gestionan la reducción de la producción de residuos, minimizando sus impactos negativos desde el inicio. Por otra parte, el principio mismo de la ordenación territorial que consiste en promover una visión compartida que contemple el largo plazo y garantice la satisfacción de las necesidades de las generaciones posteriores apenas se cumple. Para nada se ocupan de las necesidades de los jóvenes y sólo se dedican a poner parches que intentan corregir los desequilibrios nacidos de otras coyunturas socio-económicas que pertenecen al pasado.

Cada época requiere unas específicas reglas de juego y las del pasado se han vuelto obsoletas para actuar en el futuro. Las mutaciones de índole tecnológica, económica, ambiental, educacional, social y cultural de adecuar al desarrollo sostenible nos amplían la insostenibilidad del sistema. Otro tema preocupante es la escasa sensibilidad que tiene la planificación del territorio por la socialización del ocio. En el futuro, será un tema muy preocupante si hoy no reservamos los correspondientes espacios para dicha actividad.

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