La destrucción creativa

El nuevo paradigma energético conlleva romper también con los actuales modelos empresariales. Equivalen a lo que el economista Joseph A. Schumpeter calificó como la ‘destrucción creativa’, donde las propias innovaciones sostenibles introducidas en el mercado son las que destruyen las tecnologías obsoletas. A su vez, las tecnologías que sostienen estas innovaciones sólo pueden ser sustituidas por aquellas otras tecnologías que demuestren que son más eficientes que las anteriores.

El impacto tecnológico que tienen estas innovaciones es tremendo, y muchas veces revolucionario, ya que llegan a modificar las reglas de juego. Este hecho es el causante de que muchas empresas, que se centran demasiado en los clientes y que copian por mimetismo a aquellas empresas, a las que consideran líderes por el mero hecho de que son las que obtienen más beneficios en el desempeño de sus mismas actividades, fracasen luego estrepitosamente cuando más se agudizan las contradicciones en el mercado. El cortoplacismo es el mal endémico de nuestras empresas que funcionan sobre la base de que todo seguirá igual, sin hacer caso de las necesidades y de los grandes cambios que nos plantea el futuro.

Aquellas empresas que sean rápidas en introducir tecnologías innovadoras sostenibles y en adaptar los modelos empresariales al nuevo paradigma energético serán las ganadoras del siglo XXI. Por lo general, las empresas que se nieguen a afrontar con anticipación la transición hacia una economía de bajo consumo de carbono o se resistan a las mutaciones que se van produciendo en el actual modelo socioeconómico tendrán muy pocas probabilidades de supervivencia.

Se dice que, en los 110 años de historia del “Dow Jones Industrial Average”, solamente una empresa de cada doce permanece funcionando como entidad corporativa. Las demás empresas perecieron o fueron absorbidas por otras competidoras. Nuestro futuro energético depende de la opción que tomemos, no del destino. Por ello, es necesario arrancar y destinar nuestros esfuerzos cuanto antes hacia la consecución de una economía que sea energéticamente eficiente y evite el consumo de los hidrocarburos fósiles.

Sin embargo, el gran problema reside en que nos encontramos en una fase de transición que no termina de arrancar debido a que, lejos de aumentar las apuestas por encarar la transición, se prefiere seguir apostando por las soluciones cortoplacistas que avalan el continuismo. Se trata de ganar tiempo como sea, aunque ello suponga tener que entrar en conflictos bélicos. Por otra parte, a la hora de analizar las razones que justifican o no el escenario de confrontación bélica, tampoco podemos caer en el simplismo de criticar a los países industrializados. Los hidrocarburos fósiles también están siendo utilizados como arma arrojadiza por gobiernos totalitarios, cuando no teocráticos, para justificar, en pleno siglo XXI, la ranciedad de sus injustos y anacrónicos sistemas feudales.

El problema del Islam es también un problema de adaptación a la nueva era emergente. Democracia versus teocracia. Las creencias y sus expresiones religiosas, incluida la religión católica, se han convertido en negocios de la fe que siempre intentan supeditar las libertades humanas a una supuesta irracional fe e ignorar que hubo una revolución contra el absolutismo que determinó el papel laico de los estados y colocó a las religiones, subordinadamente, en la esfera de lo privado. El fin de la era del petróleo se nos presenta muy caótico.

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