China, China, China

Y la verdad es que cuando hablamos de este país del este asiático sería mejor recordar que hablar de China es hablar de mucha, mucha China. Sus casi 1.300 millones de habitantes involucrados en este proceso de globalización constituyen el chollo de nuestras economías. Esta fuerza de trabajo domesticada por el sistema dictatorial que gobierna al país no tiene el mínimo “chance” a discrepar pues tiene prohibido el derecho a libre asociación. Así, se emplea a los trabajadores manuales por un bajo salario, no superior a 0,25 €/hora, y muchas veces trabajando a razón de 60 horas semanales, según se deduce de un estudio de la OIT.

En consecuencia, gracias a este escandaloso “dumping” es normal que este proceso de globalización demuestre la gran fuerza de la economía china, sobre todo, en mercados como el sector electrónico, textil y en otros muchos sectores que, como sabemos, están inundando el mundo con productos “Made in China”. A su vez, estos salarios tan extremadamente bajos que se pagan en China no sólo están contribuyendo a reducir, de manera artificial, los precios de los productos que se fabrican en China, también contribuyen al cierre y/o a la deslocalización de muchas empresas de nuestro entorno y a la consiguiente destrucción de empleos. El próximo asalto es el sector automoción y ya, para el año 2007, los chinos han amenazado con producir coches de calidad para la exportación. Naturalmente, lo harán a mitad de precio que sus competidores.

La pregunta que nos hacemos es cómo la Organización Mundial del Comercio, OMC, permite este comercio inhumano en pleno siglo XXI. Este sistema de trabajo fabril forzado, que parece más propio de la época esclavista y que explota a los trabajadores chinos con horarios excesivos y exiguos salarios, representa una alianza aterradora entre funcionarios del partido comunista chino y las empresas multinacionales más reconocidas en el mundo, que fabrican juguetes, televisiones, ordenadores, teléfonos móviles, artículos de vestido, zapatos, herramientas, piezas para automóviles y otros bienes para el mercado mundial.

Así, sin sindicatos independientes, y debido a las condiciones laborales tan atroces que soportan los trabajadores chinos, no es de extrañar que China tenga la tasa más elevada de accidentes y de enfermedades laborales del mundo. La OIT destaca en un informe específico que, en el año 2002, murieron 460.260 trabajadores chinos a causa de enfermedades o accidentes laborales.

Además, debido al proceso de urbanización y reempleo de trabajadores que escapan de las zonas rurales, China cuenta con 40-50 millones de trabajadores que buscan empleo. Este gran “ejército” de reserva constituye otra de sus importantes bazas, a la hora de mantener frías las tensiones debidas a las crecientes diferencias sociales.

Han transcurrido cinco años desde que aprobó el X Plan Quinquenal (2001-2005) y los cambios realizados en China han sido espectaculares. Los últimos datos publicados en diciembre del 2005 indicaban que China se había convertido en la cuarta potencia económica mundial y en el segundo país consumidor de energía. En los sectores secundario y terciario, ocupados por igual, trabajan 309 millones, sobre un total de 780 millones de trabajadores chinos.

La locomotora china parece imparable pero… ¿Hasta cuándo puede seguir a este ritmo? La respuesta es muy sencilla y, más que a consideraciones sociales, se basa en las leyes de la física. El Desarrollo Sostenible nos recuerda también que tanto la materia como la energía del universo están sujetas a las leyes físicas de la termodinámica.

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