Cuando el tiempo ya expira

Muy pocos conflictos bélicos, y menos los religiosos, han logrado ser incruentos pero mucho menos cuando sus versiones han sido las fundamentalistas, ya que el precio a pagar ha sido, además de enorme, también sangriento e inhumano. El recurso a opciones salvajes como el terrorismo suicida no puede sino exacerbar las peores pasiones que los seres humanos guardamos dentro. En estas condiciones, el diálogo entre teocracia y democracia resulta un intento imposible y, por tanto, condenado al fracaso.

Así, cuando el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, defiende la cultura de la “búsqueda del martirio” como “la mejor arma” para garantizar la seguridad de su país y para salvar a la humanidad, es imposible llegar a comprenderle. Pero lo peor es que sus frases no son gratuitas, máxime cuando, en realidad, sirven para trasmitir órdenes a sirios y palestinos para atentar salvajemente contra embajadas y países que protestan contra la sinrazón y la barbarie.

La excusa puede ser cualquiera. Unas veces podrá ser la caricatura de Mahoma, otras veces será la prohibición de acceder a las aulas vistiendo el velo, más tarde lo serán las exigencias para que se garantice la igualdad entre el hombre y la mujer y que todas las religiones se supediten a los normas emanadas desde el ejercicio de la democracia y de sus poderes civiles.

En esta tesitura, es normal que sean los exaltados más radicales los que cobren mayor protagonismo y nos hagan regresar atónitos a los años más oscuros y siniestros de la edad media. También es normal, que en este juego de intereses, la impotencia y la perturbación se apodere de las almas de los justos confundiéndolas hasta llegar a no ser capaces de distinguir entre creencias religiosas y exacerbación del fanatismo religioso que es lo que verdaderamente también impide que los seres humanos seamos libres.

Ante la confusión, los señores de la guerra tampoco descansan y esperan sacar tajada de ella. Durante los años de la guerra fría, hemos estado protegiendo regímenes teocráticos como Arabia Saudita sin que nos preocupara la suerte de los muchos perseguidos por la defensa de sus ideas democráticas y que han sufrido destierro, cárcel y muerte. Lo mismo pasó con los países donde gobernaban dictadores despóticos y corruptos. Lo importante siempre fue que dichos países nos sirvieran y nos fueran útiles aportándonos materias primas.

Las libertades y el respeto a los derechos humanos siempre fue algo secundario, a pesar de que ensalzáramos nuestras libertades y nuestros valores democráticos. Sin embargo, el tiempo nos coloca siempre a todos en nuestro sitio y, con la globalización y el agotamiento de los recursos energéticos, estos errores del pasado son los que hoy empezamos a pagar. El fundamentalismo, gracias a nuestro tradicional apoyo interesado, ha crecido tanto que ya no tenemos tiempo para poder hacerle frente con la fuerza de la razón.

Necesitamos el petróleo para seguir funcionando pues sufrimos su adicción en nuestras economías. Nos guste o no, es la hora de la razón de la fuerza. Tampoco se puede seguir ya reivindicando que somos pacifistas y, al mismo tiempo, con nuestros actos sostener una economía totalmente dependiente del petróleo. La guerra de Irán está muy próxima. Lo mejor que podemos hacer los vascos es prepararnos para dicha contingencia en la que los precios del crudo llegarían a superar los 150$/barril.

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