El futuro de la economía se escribe azul (III)

Siempre que nos acucie un problema, por muy grave que éste sea, deberíamos pensar de manera positiva y no dejar lugar al desánimo, puesto que siempre existe una solución para la inmensa mayoría de los problemas complejos que se nos presentan. Sin embargo, dicha salida casi siempre es contraintuitiva, exige una alta dosis de anticipación y una ruptura profunda y radical con el pasado.

La depresión económica actual es un problema que se ha agravado debido a que nuestra sociedad se ha vuelto excesivamente compleja y ha caído en manos del codicioso sector financiero. Es necesario simplificar su funcionamiento y sus obsoletas reglas de juego. Desgraciadamente, no contamos todavía con líderes osados y valientes que se atrevan a hacerlo pues, para serlo, estos políticos deberían enfrentarse a los rentistas del sistema y los políticos que tenemos hoy no están por esa labor.

Pero, cuando estos líderes existan, habrán de enfrentarse a los rentistas del sistema para así sacarnos del agujero donde el sector financiero nos ha metido y poner en marcha, con garantías de éxito, las políticas adecuadas.  La salida a la grave depresión económica que padecemos solo ocurrirá si esta políticas se aplican durante un largo tiempo. Así que, por el momento, solamente podemos luchar para que la crisis la paguen el sector financiero y los especuladores y no ceder ante aquellos que sólo buscan defender sus injustos y agraviantes privilegios.

Por tanto, no es de extrañar que se acerquen días aciagos donde cada día que pasa nos alarmemos más con el curso que están llevando los acontecimientos. Pero también es cierto que cuando más crece el peligro también ocurre que, si uno se prepara a tiempo, crece más lo que puede salvarse.

A su vez, la conjunción entre la incertidumbre y el riesgo, ambos crecientes, es lo que nos debería llevar a plantear la necesidad de encarar nuestro futuro en base a la prospectiva estratégica. Nos estamos enfrentando al fin de un ciclo, al cambio de una era que, para no tener que sufrirla traumáticamente, nos demanda la necesidad de adaptarnos cuanto antes a la nueva era emergente, caracterizada por basarse en un modelo de economía sostenible.

Hemos de interiorizar estos cambios en nuestras políticas, tanto públicas como empresariales, y armonizarnos con un mundo que se encuentra en fase de mutación. Las sociedades y las economías no prosperan, ni se desarrollan por casualidad. Necesitan contar con las condiciones correctas para hacerlo.

En el siglo XX, resultó del todo evidente que, para lograr un desarrollo que llegara a ser sostenido, se necesitaba adquirir una actitud responsable y de respeto para con los limites que nos impone el propio funcionamiento del modelo producción-consumo, en un contexto restringido de recursos. También se comprobó que toda explotación lógica y racional  debería supeditarse a las leyes físicas que nos impone el funcionamiento de la propia naturaleza.

Sin embargo, poco caso se hizo de ello y la economía financiera primó imponiendo un desarrollo errático y loco donde todo el modelo funciona al capricho de ludópatas avariciosos que han convertido a nuestra economía en un gran casino. La economía financiera se ha vuelto del todo especulativa y, durante muchos años, seguirá siéndolo igual hasta que la profundización de la crisis ya no permita que nuestros dirigentes puedan continuar con la esquiva y el disimulo.

No podrán seguir mirando hacia otro lado y deberán desprender a nuestra economía de todo lo que es improductivo y la especulación lo es por excelencia.  Deberán concentrarse en poner en valor el conjunto de la economía global desde las bases de una economía sostenible. Mientras tanto, mucho me temo que ello no se producirá hasta más allá de la segunda década del siglo XXI, protagonizando una huida hacia delante, haciendo más de lo mismo al servicio y lucro exclusivos del sector financiero hasta que alguien diga ¡Basta!, actúe sin miramientos y, en consecuencia, enseñe el camino a los demás.

Por otro lado y aunque lentamente, cada vez se es más consciente de que los impactos negativos debidos a los crecimientos de burbujas y apalancamientos financieros están exigiendo un cambio de modelo macroeconómico. Incluso, el concepto de crecimiento económico como un fin en sí mismo se pone en cuestión y algunos más progresistas sostienen que debería ser reemplazado por el de prosperidad sostenible, cuyo desarrollo debería quedar sujeto a otras alternativas de amplia base.

El modelo económico actual provoca un progresivo agotamiento de los recursos y una encarnizada lucha por el control de los mismos. De manera especial, ambos factores contribuyen al encarecimiento de los precios energéticos. Lo que trastocará en muy pocos años, y de manera masiva, el propio modelo de automoción vigente y, por consiguiente, el propio modelo de producción-consumo de energía. A su vez, el progresivo aumento de la demanda de materias primas, a nivel mundial, debido a la creciente demanda de los países emergentes, apremia la necesidad de mejorar los niveles de productividad de los recursos.

La propia productividad de los recursos obligará a colocar al ahorro y a la eficiencia energética, así como a la producción y consumo de electricidad debido a las energías alternativas, frente a la utilización de los combustibles fósiles y al consumo sin reciclaje y reutilización, como una necesidad estratégica de supervivencia; sobre todo, para aquellos países que carecen de recursos energéticos fósiles.

La electrificación progresiva del transporte por carretera, como consecuencia de de la competitividad del vehículo eléctrico y  los altos precios de los carburantes fósiles, es una tendencia irreversible para la cual habrá que prepararse impulsando el cambio masivo, al objeto del que el futuro no le sorprenda a ningún país que cuente con un gobierno responsable, en su papel de palanca de cambio de la realidad energética futura de su propio país.

La tarea que supone la masiva introducción de cambios e innovaciones a realizar es inmensa, pero no por ello deja de ser una tarea ilusionante y esperanzadora. A lo largo de la historia, las empresas y las diversas naciones exitosas del mundo han debido adaptar sus políticas económicas, sociales, culturales, ambientales, etc., para responder a los cambios y mutaciones ambientales, energéticas y tecnológicas que les afectaron.

En conclusión, no podemos seguir perdiendo el tiempo y confiando nuestro futuro a quienes no tienen interés de modificar las actuales y obsoletas reglas de juego. En un mundo, donde la población crece tanto y los recursos físicos resultan cada vez más limitados, el excesivo apalancamiento de la economía y la enorme cuantía de la deuda soberana no hace más que lesionar el dinamismo empresarial que tanto necesitamos para crear empleo y riqueza. Cuanto más tarde pongamos en su sitio al sector financiero y limitemos su usura, así como el descarado dumping de algunos países exportadores, más tarde pondremos los cimientos del desarrollo que haga posible la salida a la actual depresión económica en la que nos encontramos. (Continuará)

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Una respuesta a El futuro de la economía se escribe azul (III)

  1. jmi dice:

    Juanjo, sin duda que necesitaremos políticos diferentes capaces de decir “basta, hasta aquí hemos llegado” a los codiciosos ludópatas del gran dinero. Pero los cambios sociales disrruptivos siempre se han producido desde la base de la pirámide. ¿Cómo la vamos a movilizar? En los últimos 30 años los ciudadanos nos hemos habituado a confiar en el vértice de la pirámide y obedecer. ¿Cual ha de ser el método operativo pacífico para darle la vuelta al calcetín?

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