Una flor de loto entre nenúfares de codicia

Aunque parezca mentira, por lo absurdo e irracional que es, las inmobiliarias defendieron, hasta el último momento, el principio de que los precios de las viviendas siempre irían para arriba. Consideraban, igualmente, que nunca habría razones para no poder vender una casa por un precio más caro de lo que al vendedor le había costado. La avaricia era tan ciega que muchísima gente se lo creyó y compró casas para especular. Incluso lo creyeron hasta los alcaldes y ediles municipales, los promotores, los dirigentes de los bancos y cajas de ahorro y hasta algún que otro corrupto político y responsable, a su vez, del área económica.

Pero pronto se caerían todos del burro, pues cuando empezaron a producirse ciertos problemas con las ventas de pisos, y el ritmo de construcción resultó muy superior al de las ventas, aunque estuvieran cegados por la codicia, es cuando comenzaron a darse cuenta de que los problemas que se les venían encima, eran extremadamente graves. Una vez más, los nenúfares de la codicia no lograrían impedir que surgiera del fondo cenagoso de la podredumbre financiera, la flor de loto liberalizadora de las miserias y vicios de los mortales.

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En el caso de Estados Unidos, para evitar grandes stocks de viviendas construidas que quedaban sin vender y que estaban siendo avaladas en su trato con los promotores y constructores, las instituciones financieras comenzaron a conceder los llamados créditos ‘subprime’.

En nuestro caso, de una manera totalmente irresponsable, en vista de que las 800.000 viviendas que se construían al año tenían dificultades en venderse, los bancos y cajas de ahorros comenzaron a conceder excesivas y arriesgadas facilidades de crédito a personas y empresas que no manifestaban tener la solvencia debida o que sus proyectos eran excesivamente arriesgados y/o especulativos, como los prestamos concedidos a promotores inmobiliarios y constructores de viviendas.

Para completar el panorama del disparate, los ayuntamientos se convirtieron en los grandes facilitadores de terrenos urbanizables, lo que elevó, a límites tan insospechados como inconfesables, los niveles de corrupción política.

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Para cubrirse en salud y pensando, ingenuamente, en eliminar riesgos, el sector financiero vendió las titulaciones de algunas hipotecas —formando paquetes tóxicos como resultado de mezclar aquellas hipotecas que presentaban máximas dificultades de cobro con otras hipotecas— y las vendieron al mercado mayorista y así, con el objetivo de asegurar que los préstamos se cobrarían igual, en el caso de que fueran fallidos.

Poco se pensaron entonces, a pesar de las advertencias que muchos les hicimos —se dio el caso de que alguna que otra caja de ahorros a la que hicimos una análisis prospectivo en relación con el Desarrollo Sostenible, incumpliendo sus compromisos y su palabra, ni tan siquiera pagó nuestros servicios como SWPI porque las conclusiones iban contra su nefasta estrategia codiciosa, centrada en el disparate de la ‘economía del ladrillo’ y que impulsaba a través de su propia inmobiliaria. En concreto, esta caja de ahorros estaba advertida, desde el año 2004, sobre lo que iba a ocurrir, por lo que cualquiera podrá acudir a los tribunales exigiendo responsabilidades, en caso de sentirse lesionado con las decisiones que ahora la caja de ahorros en cuestión, se vea obligada a tomar ineludiblemente.

La mayoría de las entidades financieras tampoco atendieron  el hecho de que muchos de estos activos hipotecarios llegarían a ser poderosas bombas de relojería que les estallarían con el tiempo, como así ha ocurrido. Hoy en día, tienen tantos ‘activos enladrillados‘, a unos precios excesivamente  hinchados y saben que se hundirán con ellos, a nada que la deflación se precipite y los precios de las viviendas se desplomen en más de un 60%. Como así está ocurriendo en muchos países, donde los precios de los activos inmobiliarios se han desplomado y, así, ocurrirá también con nosotros, por mucho que los bancos y cajas de ahorro, quieran mantener los precios para engordar artificialmente los balances, por un tiempo efímero.

Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, se temía que, tras la caída de la venta de viviendas y la quiebra de inmobiliarias y promotoras, se produciría una reacción en cadena en nuestra economía. Las personas que habían invertido en viviendas para especular y las que las compraron, sin posibilidades reales de poder pagar la hipoteca, quedaron atrapadas. Las hipotecas ya no se hicieron asequibles para muchos compradores de casas, y se produjeron miles de hipotecas que quedaron en mora, dejando a las instituciones financieras en una situación muy delicada.

Este hecho causó enormes pérdidas a aquellas instituciones financieras que, o bien financiaron hipotecas ‘subprime’ directamente, o bien las concedieron sin apenas exigir garantías, o bien fueron salpicados al comprar paquetes tóxicos de titulaciones de hipotecas. A nivel mundial, muchos bancos mercantiles, algunas aseguradoras y todos los bancos de inversión comenzaron a sufrir la hemorragia de dinero. De igual manera, se produjo un exceso de viviendas libres en el mercado que devaluaron los precios de las viviendas y frenaron en seco el crecimiento de la construcción de viviendas nuevas.

El estallido de la burbuja inmobiliaria hizo perder miles y miles de puestos de trabajo en los sectores inmobiliario y de la construcción. En algunos países, como Estados Unidos, donde sólo se responde con el valor de la casa, la devaluación de los precios de la vivienda causaron más complicaciones todavía, ya que hizo que muchas casas valieran mucho menos que su valor hipotecario inicial.

Debido a esta devaluación de los activos financieros, bastantes propietarios decidieron simplemente abandonar aquellas viviendas, entregar las llaves de la vivienda en el banco o en la caja de ahorros, antes de seguir pagando una hipoteca que valoraba muy por encima el valor de la vivienda. A subrayar el hecho de que en Estados Unidos el precio de las viviendas subió menos de la mitad que en otros países como España.

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Cuando los primeros bancos quebraron, el resto de los bancos y cajas de ahorro empezaron a desconfiar los unos de los otros. Con el colapsamiento del interbancario, el crédito también se secó. Esta vez no se pudo recurrir a las cajas de ahorros ya que también se habían contaminado con el negocio del ladrillo y habían pasado de ser prestamistas a pestratarias, vulgares y corrientes.

Estas enormes pérdidas que se produjeron, llevaron a muchos bancos a endurecer sus requisitos para el préstamo, pero ya era demasiado tarde para algunos bancos y cajas de ahorros —en muchos casos, el daño ya se había hecho. Varios bancos e instituciones financieras se fusionaron con otras instituciones o simplemente fueron absorbidos por otras instituciones financieras cuando ya estaban prácticamente quebrados, como fue el caso de Merrill Lynch que fue absorbido por el ‘Bank of America’.

Algunos bancos, aseguradoras y cajas de ahorro tuvieron la suerte de recibir un fondo de rescate por parte de los gobiernos y siguieron funcionando, como Northen Rock, Fortis, Dexia, Aig, Hypo Real Estate, Freddie Mac, Fannie Mae, etc. Otros bancos y cajas de ahorros, en cambio, sufrieron peor suerte y desaparecieron, una vez quebrados. Tal es el caso de Lehman Brothers.

El plan de rescate económico que aprobó el Congreso americano, en principio, estaba diseñado para aumentar el flujo de crédito. Sin embargo, muchas instituciones financieras que cargaban con un gran número de titulaciones hipotecarias de riesgo ya no podían permitirse el lujo de conceder nuevos créditos. Desafortunadamente, mediante la concesión de préstamos es como los bancos y cajas de ahorros pueden seguir con su negocio.

Si sus actuales préstamos no contribuyen a crear un flujo de caja o ‘cash flow’ que sea positivo y, por dicho motivo, no pueden conceder nuevos préstamos de dinero a las personas y las empresas, debemos pensar que la institución financiera está ya quebrada, o a punto de quebrar, y que el agujero que soporta cada vez será más grande. Son empresas que no durarán mucho tiempo, como hemos visto recientemente con la caída de la caja de ahorros Washington Mutual y de otras instituciones financieras.

La idea que se esconde detrás de este rescate económico es que es muy arriesgado comprar estos titulaciones hipotecarias de las instituciones financieras para darles a estos bancos y cajas de ahorro la oportunidad de que sigan prestando más dinero a las personas y a las empresas, esperando que con ello impulsarán la economía.

Si las instituciones financieras nos han metido en este gran lío, ¿Por qué tenemos que darles más dinero? Irónico ¿no? A mi parecer, la respuesta no es fácil porque ésta no puede ser maniquea. Las cosas no son blancas, ni negras sino más bien grises. Por una parte, reconozco que es cierto que los bancos y cajas de ahorro —junto con otros actores como los promotores inmobiliarios y constructores, los municipios, los gobiernos, los bancos centrales, las agencias de calificación o de ‘rating’, etc— nos han metido en este lío.

Sin embargo, por la otra, también es cierto que nuestra economía vive unos momentos muy inestables, en estos días. Nuestra economía se basa en el crédito, y ahora, debido a la crisis de liquidez que sufrimos necesita una afluencia de dinero en efectivo porque, de lo contrario, todo se podría venir abajo y chocar contra el suelo. Esto es algo que muchos no quieren ver, y lo comprendo. Pero, si el crédito no funciona podría producirse un ‘efecto dominó’ que tumbaría el resto de la economía y de los mercados mundiales en cuestión de horas y, potencialmente, llegaría a causar un colapso en todo el mundo.

Como he mencionado anteriormente, el crédito en sí mismo no es una cosa mala. Gracias al crédito se promueve el crecimiento económico y el empleo. Sin embargo, un abuso o una mala utilización del crédito puede llegar a ser catastrófico para nuestra economía. Y eso es, precisamente, lo que estamos viendo ahora. Es necesario evitar que lo que ahora ha ocurrido vuelva a ocurrir algún día. Cualquier plan de rescate que se diseñe deberá establecer cambios profundos en las reglas de juego que rigen el sistema financiero mundial. No todas las instituciones financieras nos serán útiles pues, en algunas, la codicia se ha apoderado de sus dirigentes.

Para que todo el marco de la economía funcione bien, y, en consecuencia, de manera sostenible, deberán afinarse los reglamentos que rigen el sistema crediticio-financiero. También deberemos contar con una mayor supervisión y un estricto y riguroso control del sector financiero, junto con otra serie de salvaguardas para proteger a los contribuyentes y evitar, así, que los ladrones de guante blanco no sólo consigan la ganzúa como los ‘cacos’, sino que, una vez más, la utilicen para hacerse con el dinero y, así, maximizar sus beneficios, con lo que volveríamos a las andadas.

En caso de que algunos bancos y cajas de ahorro se comportaran así, que estrangularan el crédito para mantener altos niveles de beneficio o soportar, artificialmente, los precios de las viviendas para mejorar balances las posibilidades de estabilizar el mercado —que es lo que todo el mundo quiere— disminuirían fuertemente.

Ahora que estamos a tiempo, deberíamos aprender en cabeza ajena. En el caso de Estados Unidos, su secretario del Tesoro, Henry Paulson, que, originalmente, declaró al Congreso que utilizaría los dineros para adquirir hipotecas de alto riesgo, a fin de aliviar los malestares de la banca, a mitad de octubre cambió de rumbo y dijo que el Gobierno utilizaría unos 250.000 millones de dólares en la compra de acciones en los bancos.

Hasta ahora el Gobierno federal ya ha utilizado unos 270.000 millones de dólares —la mitad de ellos para la compra de acciones en nueve de los mayores bancos estadounidenses— pero las instituciones financieras —tan codiciosas e irresponsables como antes de la crisis— han estado aprovechándose de la generosidad de los contribuyentes estadounidenses para pagar dividendos a los accionistas de unas empresas que, sin la ayuda pública, estarían ya quebrabas.

Se ha utilizado también el dinero público para remunerar muy generosamente a sus ejecutivos y para comprar otros bancos, en lugar de utilizar ese dinero público para facilitar el crédito a las empresas y a la gente. En definitiva, toda una burla a los contribuyentes, en particular, y a los ciudadanos, en general. Estos datos convendrá siempre tenerlos presentes para cuando llegue la ocasión de dejar que quiebren estas instituciones financieras que están resultando tan maléficas para la economía real y para el conjunto de la sociedad y su futuro.

Como decía el presidente electo, Barack Obama, es verdad que no se van a poder arreglar, en un mes, los problemas generados durante décadas. Sin embargo, yo añadiría que si no se cortan, por lo sano y cuanto antes, las malas hierbas de la codicia, todo el sistema financiero —que debería estar al servicio y detrás de la economía y nunca delante, como algunos dirigentes señalan,  mostrando con ello, un criterio inexacto que bien podría ser una muestra más de la corrupción política imperante donde los políticos están al servicio de la oligarquía y no de los ciudadanos— llegará a causar tan serios problemas a la economía real, que podría posibilitar, incluso, hasta su propio colapso. Por ello, para salvar a la economía real, ahora que estamos a tiempo, presiento que no habrá otro remedio que dejar que quiebre y se hunda la economía financiera especulativa, rescatarla entonces, y dotarnos, así, de un sistema financiero renovado y sano, sin desviaciones ludópatas, codiciosas y enfermizas.


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2 respuestas a Una flor de loto entre nenúfares de codicia

  1. nombre dice:

    Las instituciones no son buenas ni malas, ni avaras, ni ambiciosas ni corruptas. eso son cosas de personas. En mi opinión lo que más ha fallado aquí es lo de siempre: la acumulación de poder. Cuando se dice de un banco (o una empresa) que es demasiado grande para dejarlo caer, también se está diciendo que es un riesgo público y por lo tanto demasiado grande para existir.

    Opino que la mejor regulación que se podría hacer es la que evitara las grandes concentraciones de poder, algo así como la antimonopolio pero para el tamaño. Las personas que acumulan demasiado poder (sea lo que sea “demasiado”) tienden a blindarse y a corromper, dejan de ser unos agentes más del mercado para actuar como manipuladores del mercado usando su poder económico y extra económico para aumentar su poder.

  2. Sirenita dice:

    Estoy muy de acuerdo con Nombre cuando dice que las instituciones no son buenas ni malas, ni avaras, ni ambiciosas ni corruptas y, le he entendido que todo es cuestion de las personas que ocupan los cargos más altos en las instituciones. Es cierto pero cuando encontrar instituciones que no esten corruptas comienza a ser una excepcion, yo me lo replantearia y propondria que tambien los ladrones estan en las cuevas de ladrones..

    Sl2 :)

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