Redefiniendo el concepto de prosperidad

Se trata de una gran aportación del Informe que elaboró, hace unos pocos años, el Comité para el Desarrollo Sostenible, ‘SDC Report’, y que impulsó el anterior primer ministro británico para concienciar e impulsar el desarrollo sostenible. También se trata de un trabajo de reflexión excelente que sigue siendo tan actual como cuando se publicó. En el informe, el mismo Tony Blair introducía el debate planteando que el progreso real no podía medirse sólo por el dinero. Para el exprimer ministro, tendríamos que asegurarnos, previamente, de que el crecimiento económico contribuye a mejorar nuestra calidad de vida, en lugar de a degradarla. Seguramente, si analizamos la calidad de nuestras vidas, llegaremos pronto a darnos cuenta de que no prosperamos, a pesar de que, teóricamente, vayamos creciendo económicamente.

Aquellas palabras encerraban una distinción franca y sincera pero, a menudo, descuidada, sobre las insuficiencias de las definiciones estándar que hacemos del Producto Interior Bruto, PIB, y que expresa el crecimiento económico. Tampoco el PIB ya funciona como un criterio que no sirva para definir lo que entendemos por bienestar. Todas estas cuestiones nos indican que carecemos de indicadores —y que son de primera necesidad— que nos sirvan para medir nuestros niveles de prosperidad. Son indicadores de los que se carece, desgraciadamente, a la hora de teorizar sobre la economía, a nivel académico. Incluso, hasta la llegada de la grave crisis actual y que constituye el derrumbe del neoliberalismo, las políticas económicas de los diferentes gobiernos todavía se diseñaban, como si el único objetivo a considerar en los planes de desarrollo, consistiera en maximizar el PIB.

La mayoría de los ministerios de Economía de los diferentes países desarrollados define su principal objetivo estratégico de la siguiente manera: ‘Aumentar la tasa de crecimiento sostenible, y alcanzar una creciente prosperidad, mediante la creación de oportunidades económicas y de empleos para todos’. Este objetivo se persigue no solamente para cumplir con su propio cometido, sino también para hacer posible el logro de los objetivos sociales clave del Gobierno: empleos, redistribución del ingreso y gasto en servicios públicos de salud, educación, transporte, etc., para evitar que aumenten las desigualdades sociales y, a su vez, para facilitar la equidad social.

A la hora de interpretar lo que cada gobierno entiende por sostenible, hay muchas diferencias entre unos países a otros. Existen países como España donde la sostenibilidad se asocia casi exclusivamente al medio ambiente. Éste no es el caso de otros países europeos, donde el concepto de sostenibilidad incorpora también las dimensiones económica y social de la sostenibilidad, por lo que depende de Presidencia y, debido al fuerte componente que ocupan la energía, el I+D+i y el desarrollo sostenible, el ministerio de Industria y Energía suele tener un papel de liderazgo claro. Para el Ministerio británico de Hacienda, HM Treasury, este concepto quiere decir que el crecimiento económico debe ser tanto estable como sostenible. Además, admite que se debe medir también la calidad del crecimiento económico, no sólo la cantidad —algo que, desgraciadamente, no se hizo cuando se apostó por la ‘economía del ladrillo’.

Aunque ahora, con la crisis económica, algunos sectores rentistas infravaloren el desarrollo sostenible y que algunos de nosotros, ni apenas lo tengamos en cuenta, el desarrollo sostenible es fundamental para poder salir de la crisis económica actual en la que nos encontramos. Insistiré en que el desarrollo sostenible es el que nos proporciona el mejor marco posible para redefinir el progreso y redireccionar nuestras economías, de modo que permitan que todas las personas puedan satisfacer sus necesidades básicas, al tiempo que mejoran su calidad de vida. Este objetivo se tiene que realizar, a la vez que se asegura que los recursos y la biodiversidad de los sistemas naturales —de los que nosotros dependemos hasta la vida— se mantienen y mejoran para beneficio nuestro y el de las futuras generaciones.

En relación con el desarrollo sostenible, conviene señalar que una gran parte de las cuestiones de debate son cuestiones que plantean una significativa confrontación con aquellas actuaciones que son contrarias y antagónicas al desarrollo sostenible y que la mayoría de nuestros dirigentes políticos, sociales y económicos han preferido no tocar, hasta ahora, para evitar problemas con los sectores rentistas del sistema. Sin embargo, ha llegado el momento en el que ya no hay lugar para la esquiva y el disimulo. La compatibilidad entre el crecimiento económico —tal como lo conocemos hoy— y el desarrollo sostenible ha sido quizás el problema más difícil de resolver, de todos aquellas cuestiones que se consideran como temas peliagudos.

Actualmente, nadie niega que el crecimiento económico no traiga consigo, de manera simultánea, unas externalidades, tanto económicas y sociales como ambientales, que varían de clase y de niveles de gravedad, según los casos. De hecho, y en ciertos casos, estos costes externos, cuando son bastante grandes, pueden llegar a ser mayores que las ganancias que nos proporcionan.

Los ecologistas argumentan que estas externalidades son muy graves —en términos de impactos sobre el agotamiento de los recursos de los ecosistemas, cambio climático, biodiversidad etc.— ya que ponen en peligro las capacidades de autorregeneración de la propia naturaleza. Lo más grave es que, durante este proceso de deterioro ambiental, también ponen en peligro la propia capacidad de reacción de los seres humanos para mejorar nuestros niveles de calidad de vida. En efecto, intentando limitar los impactos negativos debidos a estas externalidades, los diferentes gobiernos ha ido desplegando una serie de medidas políticas que, raras veces, han conseguido alcanzar sus objetivos.

Así, las estrategias de reducción de las emisiones de GEIs, causantes del calentamiento global, han sido, en general, un verdadero fracaso. Son medidas que tampoco han servido para realizar una readaptación del modelo de progreso que partiera desde las propias raíces del problema.

En el corazón de la crisis ambiental debida al Cambio Climático que hoy va empeorando se sitúa una sistemática mala percepción sobre la relación que existe entre la tierra y la economía global y que se ha expandido, de manera tan dramática, durante los últimos cincuenta años. Para la mayor parte de los economistas y de los políticos, la economía global se ha convertido en el centro de la realidad, en el sistema que lo abarca todo y donde todo lo demás queda subsumido o considerado como parte de un conjunto más amplio. De este modo, las sociedades humanas —la Humanidad— los ecosistemas y los hábitats son todos contemplados como si fueran partes de un sistema económico que lo abarca todo. Si ello fuera cierto no habría ninguna razón para dudar de que la capacidad del sistema económico pudiera continuar aumentando indefinidamente, con constantes aumentos en el rendimiento, tanto en lo que se  refiere al rendimiento de la energía como en el relativo al de las materias primas.

En términos de la economía política que predominaba hasta hace muy poco, se tenía una opinión muy generalizada de que los precios de las viviendas irían creciendo indefinidamente y, por tanto, se podrían construir tantas como se pudieran, sin problemas, porque el mercado se encargaría de comprarlas. Una visión retrospectiva non indica que tal como evolucionamos los últimos años, este pensamiento no es nada sorprendente puesto que muchos dirigentes pensaban —y con ellos, las mayoría de la gente— que los precios de los pisos irían creciendo indefinidamente. Lo que demuestra que la estupidez humana también puede crecer sin límites.

En los momentos actuales, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, podemos apreciar cómo, a pesar de nuestro conocimientos, los seres humanos podemos cometer grandes disparates.  Una visión de la situación actual, inmersos en una profunda crisis económica como estamos, nos señala hasta qué punto apostar por la llamada ‘economía del ladrillo’ —que implicaba a los sectores construcción, inmobiliario y bancario— fue un tremendo disparate.

Lamentablemente, este desarrollo basado en la ‘economía del ladrillo’ ignoraba las leyes físicas más básicas, tanto las leyes de la termodinámica como las leyes de la naturaleza, y sobre las que dependen todos los sistemas que dan soporte a la vida. Sin embargo, también ignoraba sí que puede ser ya que la economía global es, en primer lugar, un subsistema de la sociedad humana, que, a su vez, es, en sí misma, un subsistema que engloba a la totalidad de vida que hay sobre la Tierra.

Este hecho también quiere decir que la mayoría de los economistas —y de los políticos a los que ellos aconsejan— aunque la salida a la crisis actual obligue a que se replanteen muchos temas relacionados con el funcionamiento de los mercados, por ahora, desconoce el hecho de que existan límites físicos al crecimiento para el subsistema económico del Planeta Tierra. En caso de que dichos límites al crecimiento no se asuman, diremos que la crisis se habrá curado en falso. A la larga, el subsistema económico no podrá crecer más allá de la capacidad que tenga el ecosistema circundante para sostener este crecimiento.

Tampoco podemos admitir la idea de que todo el crecimiento económico sea, intrínsecamente, insostenible, ni mucho menos. Pero lo que sí es cierto es que, fundamentalmente, tenemos que replantearnos el predominio que tiene el crecimiento económico, de índole cuantitativa, como factor clave de las políticas económicas. Tenemos que ser mucho más rigurosos en la distinción que existe entre el tipo de crecimiento económico que sí es compatible con la transición hacia una sociedad sostenible y el tipo de crecimiento que no lo es, en absoluto.

Hasta hace un par de años, los más optimistas en la lucha contra el Cambio Climático tendían a señalar la existencia de una supuesta ‘mano invisible ambiental’, donde, gracias a ella, el crecimiento económico podría ayudar a reducir la emisiones de CO2 a la atmósfera, siempre que lográramos acelerar la productividad de los recursos a un ritmo más rápido que el del consumo de los recursos y que el del aumento de la población.

El incremento del crecimiento económico genera externalidades cada vez más negativas que amenazan con abatir los sistemas que son soporte de la vida natural y de los cuales dependemos. Igualmente, el incremento del crecimiento económico no hace, necesariamente, que la gente sea un poco más feliz. Obviamente, estos dos dilemas están, intrincadamente, unidos, pero se necesita que cada uno de ellos sea tratado separadamente.


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Una respuesta a Redefiniendo el concepto de prosperidad

  1. nombre dice:

    Me equivoqué y puse esto donde no tocaba, así que lo añado aquí también y lo completo.

    El PIB no mide el progreso, ni la mejora de la calidad de vida ni siquiera el aumento de riqueza: mide el valor de los intercambios de un grupo de humanos sin preocuparse del contenido de ese intercambio. Es una magnitud que agrega aquello que los humanos valoran, por eso su aumento significa que aumenta eso que ese grupo de humanos valora.

    Si los humanos se dedicaran, por ejemplo, a comprar derechos de emisión de CO2 porque fuera algo que les pirrara, el PIB estaría formado por derechos de emisión y si se compraran y vendieran sonrisas o abrazos una sociedad con un PIB alto sería una aociedad sonriente. El problema no está en si el PIB es una buena medida o no, está en qué deseamos los humanos. ¿Por qué van todos de cabeza por un 4×4?

    Lo malo no es que suba el PIB, es que sube porque la gente se gasta el dinero en 4×4 y gasolina para moverlos.

    Las valoraciones del crecimiento en términos que no sean el PIB tienen el inconveniente de que incorporan subjetividad de criterios, pongamos por caso “días de vacaciones al año”, al analista le puede parecer que una persona con más días de vacaciones es más feliz que otra con menos, pero puede no ser así y en cambio con este otro criterio de valoración se tendería a maximizar los días de vacaciones.

    ¿Puede crecer indefinidamente el PIB? desde luego. No puede crecer indefinidamente el consumo de recursos energéticos fósiles, la cantidad de comida que se produce etc. pero el valor de lo que intercambiamos sí, es más, los intercambios no tienen que ser necesariamente bienes físicos. ¿Alguien ha oído hablar de los servicios?

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