Entre el ser o el no ser

Los seres humanos no somos individuos aislados del medio que nos rodea. Desde este enfoque, que también está relacionado con el aprender a ser, debemos analizar el impacto que nos producen los estímulos provenientes del entorno exterior. Así, comprobamos cómo los niños y los jóvenes buscan estereotipos, modelos que conforman su escala de valores y moldean su propio ser. Sin embargo, en los tiempos actuales, debido a que el mundo del espectáculo y del entretenimiento ha adquirido una gran importancia, gracias a la televisión, al cine y al resto de medios de comunicación, la transmisión de una correcta y ajustada escala de valores resulta cada vez más difícil.

En este sentido, es preocupante la tendencia “plástica” y de simples apariencias que se ha apoderado del mundo de la televisión y de muchos medios de comunicación, tanto al nivel de cada país como a nivel internacional —donde sólo se cuentan medias verdades, se intenta ocultar los problemas reales a los ciudadanos y, si se tratan los problemas, se hace de manera banal y un tanto cínica.

En nuestros días, nos encontramos con que, muchas veces, lo que parece que es, en realidad, no lo es. Todo es pura inventiva o ficción. Así, es muy posible que existan cantantes que son muy famosos pero que, a duras penas, saben cantar — de hecho, algunos tienen unas voces que dejan mucho que desear— pero tienen, tras de sí, un amplio aparato propagandístico y mucho dinero para promoción, vídeo-clips, apariciones en la televisión y espectáculos masivos. En el mundo del gobierno y de la política, sucede algo similar.

Los dirigentes políticos actuales apenas lideran nada pues tampoco tienen ideas, ni estrategia para encarar los grandes retos a los que tenemos que hacer frente. Los dirigentes políticos actuales — provenientes de las negociaciones que de forma poco trasparente se realizan en la cúpula de los partidos— parecen, más bien, unos productos de marketing, promocionados por los medios masivos de comunicación —y los poderes que controlan dichos medios— que unos verdaderos dirigentes para un mundo tan conmocionado e incierto como el que vivimos, hoy en día.

De este modo, cuando vemos por la ‘tele’ a un político, dirigirse a nosotros con los ojos fijos puestos en la pantalla, nunca sabremos si dice lo que piensa o si dice lo que las encuestas le han dicho que nosotros queremos oír para que nos lo cuente y, de este modo, gane más puntos entre los ciudadanos. Lo cual quiere decir mucho de los niveles de estupidez humana que padecen los ciudadanos para que les hagan comulgar con ruedas de molino de un manera tan fácil.

Como decía Michelet —y que repetiría Gramsci, más de una vez— “el viejo mundo todavía no ha muerto, y el nuevo todavía no acaba de nacer”. Todo se debe a que hemos, si no nacido, sí crecido en el nuevo paradigma, que Toeffler llamaba “La Tercera Ola”. En este nuevo paradigma societario, los modelos de identificación para la niñez y la juventud —tan importantes en el proceso de construcción de la identidad personal y social— son muy débiles como para asumir los desafíos a los que nos tenemos que enfrentar como son el cambio climático y la transición al nuevo modelo energético y productivo.

A su vez, también os diré que, en nuestra cultura occidental contemporánea —y bajo el dominio del individualismo, de la maximización de los beneficios de las empresas y de la propiedad privada que postula el neoliberalismo— hoy en día, existe un fuerte dominio del tener sobre el ser. Generalmente, se supone que somos lo que tenemos, lo que compramos y lo que consumimos. En cambio, según nuestros propios términos conceptuales, el ‘ser’ se refiere a la experiencia, al estar activos —aunque sólo interiormente— y no, necesariamente, significa estar ocupados —con un resultado externo que sea verificable— en la búsqueda por tener más propiedades y dinero o mayores cotas de poder. Si relacionamos nuestra identidad con la posesión de las cosas, llegaremos también a sentir, al principio, que nuestra existencia es insegura sin ellas, para más tarde, constatar que si seguimos sin ellas, tampoco somos nada.

Sin embargo, para poder ser, la posesión de las cosas tiene muy poca importancia. Es más, cuando uno se despega más de las cosas materiales se dice que su ser crece y se amplifica. Para poder ser se requiere también independencia, libertad y vivir de acuerdo con lo que dicta tu razón. Somos cuando trascendemos la prisión del ‘ego’ aislado en la que nacemos. Somos cuando nos renovamos, fluimos, crecemos —aunque, exactamente, no sea en tamaño— incrementamos nuestros grados de libertad, amamos y es, precisamente entonces, cuando sacando lo mejor que hay de nosotros, nos entregamos a los demás.

Un cristal verde aparece como verde cuando la luz que brilla a través de él, absorbe todos los demás colores, y solamente refleja o nos ‘ofrece’, el color verde. No sería ninguna tontería si los niños aprendieran que los humanos, en cuanto a seres que somos, deberían ser clasificados como los cristales, en función de lo que cada uno ofrece a los demás. Si hiciéramos ese esfuerzo ¿A los profesores y maestros que hemos tenido a lo largo de la vida, qué color elegiríamos para clasificarlos?. ¿Y a ti mismo, siendo honesto, con qué color lo harías?.

Las experiencias repetitivas y rutinarias, es decir, la negación de las experiencias —la gran mayoría de las actividades laborales basadas en el paradigma de la ‘Segunda Ola’, la de la industria de las chimeneas, la del fordismo y el taylorismo— no contribuyen a la construcción del ser. Una cosa es trabajar veinte años en una empresa —y suponer con ello que se tienen veinte años de experiencia— y otra es verificar que, en realidad, sólo se tiene una experiencia de seis meses, cuarenta veces repetida.

Otra interesante acepción de lo que significa ser, es cuando se plantea este concepto por oposición a lo que representa el concepto de apariencia. Recordemos a Platón en el ‘Mito de la Caverna’ cuando afirmaba que las sombras del fondo de la caverna —que eran las que usualmente los seres humanos veían, estando allí dentro— diferían radicalmente de los objetos reales que pasaban por la entrada de la caverna. Recordemos a Carlos Marx cuando decía: “Si la apariencia de las cosas y su esencia coincidieran, la ciencia no tendría sentido y estaría de más”.

Esta visión del enmascaramiento de la realidad se encuentra en casi toda la epistemología occidental. Spinoza, y el propio Freud, tanto en lo que se refiere al concepto de lo que es ‘verdadero’ como al concepto de lo que es ‘reprimido’, realizaron aportes y métodos interesantes para realizar este desenmascaramiento con muy pocos márgenes de error. De igual modo, la teoría de Marx acerca del fetichismo de las mercancías —en la que observamos que las mercancías, por naturaleza, ocultan su pasado, su origen, su forma de producción— es otro buen ejemplo de cómo las formas aparentes de las cosas deben ser siempre cuestionadas.

Durante los años 1960, el movimiento ‘situacionista’ planteaba duras críticas a la sociedad contemporánea, principalmente, a través de tres libros: “El Pequeño Libro Rojo de la Escuela” de Hansen y Jensen, “La Sociedad del Espectáculo” de Guy Debord, y “Le Traité de Savoir Vivre á L’usage de Nouvelles Generations” de Raoul Vaneigem, en los cuales se encuentra quizás la más dura crítica a la burocracia, tanto socialista como capitalista. Ambos sistemas persiguen la sumisión del individuo a los intereses de las oligarquías dominantes. Por ello, se asemejan en la permanente manipulación de la información, de los pensamientos, sentimientos y gustos de las personas, a través de los medios de comunicación y del sistema escolar.

En este sentido, el trabajo del ‘no ser’ consiste en el trabajo de la desinformación, el de la tergiversación, el de la creación de ficciones y apariencias falsas que oculten la realidad. También se trata de sojuzgar, impune y injustamente, a quienes osen criticar el “status quo”. Por el contrario, el trabajo propio del ser es la afirmación personal, la búsqueda de la verdad, la independencia, la transparencia en la información, la interactividad, la justicia, la igualdad y la solidaridad.

El distanciamiento entre la conducta y el carácter, entre lo que se piensa y lo que se dice —e, incluso, entre cómo se piensa y cómo se vive— son aspectos cruciales tanto para la definición como para el crecimiento del ser. Cuando en la pantalla de la tele, la intriga, la crítica por la crítica y la estética se vuelven más importantes que el sentido de la ética, la crítica constructiva, los méritos, las capacidades y los aportes reales de cada uno, las sociedades se colocan en contravía, en lo que se refiere al crecimiento del ser. El “Cogito ergo sum”= “Pienso luego existo” —con que nos iluminara Descartes— fue una idea fuerza a la se le comenzó a dar una gran importancia, en los comienzos de la sociedad moderna. Hoy en día, y por el derrocamiento de los principios y valores inmateriales, las ideas fuerza apenas tienen gran valor porque tanto la información como el conocimiento no se pagan en nuestra sociedad. Se valora la acción y, sobre todo, la acumulación de capital. “Tanto tienes, tanto vales”. Lo que más se valora es la posesión tanto de poder como de dinero. La sabiduría y el conocimiento no se valoran apenas.

De cualquier modo, no siempre fue así. Hubo veces, en nuestra historia reciente, en las que el conocimiento y la inteligencia estuvieron mucho más valorados que ahora. Como diría, en su época, Albert Eisntein —y luego repetirían otros muchos— “en nuestra sociedad, hay salidas para todos, incluso, hasta para las personas que son poco inteligentes pues siempre éstas tendrán la oportunidad de dedicarse a la banca y al comercio”. Lo malo es que, hoy en día, esas personas, que son la expresión palpable del no-ser, se han convertido en el ejemplo a seguir para las nuevas generaciones. El engaño de los medios de comunicación y de la escuela hace estragos.

Como consecuencia de ello, y por desgracia, los millonarios que se dedican a la banca y al comercio no sólo son las personas que más ganan sino que —a pesar de apenas transmitir valores positivos a la sociedad y, muchas de las veces, ser personas vacías de virtudes pues les pesa demasiado la codicia— paradójica y lamentablemente, estas personas son unas de las más reconocidas y apreciadas en nuestra decadente sociedad, en especial, en el mundo de la política y de los negocios que son mundos que, últimamente, debido a la corrupción imperante, suelen ir muy unidos.

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3 respuestas a Entre el ser o el no ser

  1. Dalmata 102 dice:

    Totalmente de acuerdo con el articulo. Tener principios y valores molares está bastante mal visto y te llaman antigualla. El que es justo o tiene una ética, en principio, es sospechoso en la empresa. Lo que interesa es que cuestes muy poco a la empresa, que seas listo, chupes el “culo” a tus jefes y tengas pocos principios a la hora de timar a tus clientes. ¿Principios, ética…?. Por favor no me lo digais a mi que tengo a los jefes más imbéciles y cretinos de España dándome órdenes absurdas y que si no obedecemos nos amenazan con irnos a la “puta” calle. Me pagan por obedecer y no por pensar. Así funciona la banca y el milagro es que sacamos cada vez más beneficios. ¿Alguien sabe por qué?

    Saludos cordiales

  2. Dalmata 102 dice:

    Lo siento pero quise decir: Tener principios y valores morales

  3. Sirenita dice:

    Espero que los principios y valores morales sigan teniendo mucha importancia en los tiempos tan aciagos que nos aguarda. Es patético escucharle al ministro de economía Solbes decir que los que viene será peor y que no nos diga lo que va a hacer para evitarlo. Mejor si se fuera a casa y dejara el puesto a otro que, por lo menos, se esforzara algo. Dalmata 102, con políticos como ese no me extraña que la banca gane cada vez más. Ya sabes… a río revuelto ganancia de pescadores…

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